SONIA Y LEÓN (71) El enigma de la librería

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—Me notaba agobiado, buscaba una liberación y me fui al hotel. Me tumbé en la cama y poco a poco, una sensación de sueño, acrecentada sin duda por el consumo de alcohol, se fue apoderando de mi cuerpo. Desconozco lo que ocurrió durante mi siesta, pero recuerdo perfectamente, cómo al despertar, me vino a la cabeza una idea obsesiva: debía comprar un buen libro con el que ocupar mis horas libres durante aquella semana, a modo también de alejar aquellos fantasmas de mi pensamiento que tanto me turbaban. Apreciaba tan fuerte ese impulso dentro de mí, que con rapidez, me vestí y me fui a dar un paseo. Guiado por una extraña intuición, mis piernas me llevaron a una de esas grandes librerías que existen en el centro de Madrid y donde puedes encontrar los libros más extraños o incluso algunos que se hallan descatalogados. Cuando subía por las escaleras hacia no sé qué nivel, pues aquella tienda tenía cuatro pisos llenos de ejemplares, una idea machacona surgió en mi mente. De repente, me sentí fatal, como si soportase un gran peso sobre mis hombros y me vi empujado hasta llegar a la última planta de aquel gran establecimiento, sin conocer exactamente el motivo. Al alcanzar el último escalón, me agobié. De pronto, pensé que había transcurrido ya un tiempo y que no estaba cumpliendo con el compromiso que mi esposa me había planteado poco antes de su despedida de este mundo. Lo que siguió, llegó a mi cabeza de forma inmediata. Crucé el umbral que daba acceso a aquella gran sala repleta de libros, dirigí mi vista hacia una estantería y me fijé en un cartel indicativo que había allí: “Espiritualidad”. Permanecí pensativo durante unos segundos, como preguntándome qué diablos hacía yo en aquel establecimiento y sin embargo, las sorpresas tan solo habían empezado. Avancé unos pasos por aquella sección y sin pretenderlo, tropecé con uno de los empleados que existía en la librería para atender a los clientes. Nos disculpamos mutuamente. Todavía no sé cómo sucedió, pero unas palabras muy curiosas salieron de mi boca. Os juro que no fui consciente de lo que estaba diciendo, incluso notaba un timbre extraño en mi voz con el que no me identificaba, como si mis cuerdas vocales actuasen de forma instintiva. Entonces, pregunté: “¿Tiene usted algo sobre el tema del Espiritismo?”. No sé si aquel hombre apreció algo extraño en mi rostro, pero en mi opinión, debí poner una cara de sorpresa tremenda. Ni yo mismo entendía cómo le había planteado esa pregunta.

—Dios mío —intervino Sonia con sus ojos abiertos de par en par—. Hacía tiempo que no escuchaba un relato tan interesante. Y ¿cómo reaccionó esa persona, don Hipólito?

—Aquel hombre no pudo ser más simpático. Primero, respondió con un gesto amable y luego, afirmó: “Mire, caballero. Se halla usted en la sección indicada para lo que busca. ¿Ve ese estante que está a su espalda? Pues allí encontrará multitud de libros acordes a esa temática. Como especialista de esta planta y si lo que pretende es introducirse en esa cuestión, yo le recomendaría la obra más completa y definitiva que se ha escrito al respecto. Échele un vistazo a “El libro de los espíritus”. Se lo digo porque ese texto se escribió a mediados del siglo XIX y a pesar del tiempo transcurrido, no va a encontrar usted algo mejor para entender la naturaleza de los espíritus y cómo funciona su particular mundo. Como profesional y respondiendo a su inquietud, se lo aconsejo”. Aquel empleado me dejó sorprendido por su habilidad y su perspicacia para orientarme. Se notaba que dominaba su trabajo. Le di las gracias con un gesto sonriente en mi cara y él asintió mostrándose satisfecho por haberme ayudado.

—Resulta increíble, jefe, pero parece que aquello debía suceder de ese modo. Tengo la impresión de que las piezas del rompecabezas están encajando. ¿Me equivoco, señor?

—Para nada, León. Así es. Siguiendo la indicación de aquel hombre, di unos pasos hacia atrás y me puse a buscar esa obra. No tardé mucho en hacerme con ella. ¿Allan Kardec? ¿Quién sería ese señor que figuraba en la portada? Era la primera vez que sabía algo de ese extraño nombre. ¡No me sonaba de nada! Sentí la necesidad de hojearlo, para comprobar realmente si me interesaba adquirirlo. Nervioso, como si me hallase ante una decisión fundamental en mi vida, consulté el índice para tener una idea general de su contenido. Me di cuenta de que se trataba de un libro donde las preguntas con sus respuestas se sucedían, lo que haría más fácil su lectura y comprensión. Mi interés se acrecentó. Me aislé de las personas que había por allí andando, de las conversaciones e incluso me olvidé de que me hallaba en esa ciudad para completar un curso de actualización laboral. Todos mis sentidos se concentraban en el enigma que suponía descubrir el significado de aquellas páginas. Alcancé un punto máximo de curiosidad cuando me di cuenta de que había un apartado que trataba sobre lo que acontecía después de la muerte. ¡No me lo podía creer, con lo fresco que aún tenía en mi memoria la falta de mi esposa! La luz se hizo en mí y mis pulsaciones aumentaron, señal de que estaba ante un fenómeno importante. Pese a mi ignorancia inicial, discurrí y pensé que algo debió suceder durante la siesta de aquella tarde en la habitación del hotel. Templé el ánimo por unos segundos para tomar conciencia de lo que realmente me estaba pasando. No era normal que yo hubiese salido disparado de mi hotel como un autómata a buscar un libro sobre una temática que, pese a haber convivido con una médium por veinticinco años, para mí no dejaba de ser un asunto secundario. Yo, un economista, un gestor de la hacienda pública que había vivido siempre sumergido entre cuentas y números, de repente me veía atrapado en aquel asunto tan intangible. La claridad que se despertó en mí me impulsó a interpretar las horas anteriores, como modo de despejar mis dudas y de hallarle un sentido a todo aquello que estaba sucediendo. Me fijé en la solapa de la obra, que contenía unos breves datos biográficos del autor y cuál no sería mi sorpresa cuando leí que aquel libro, en verdad, no había sido escrito directamente por ese tal Allan Kardec, sino que su contenido le había sido dictado por una serie de espíritus superiores y contenía las respuestas a los grandes enigmas filosóficos y morales planteados por el ser humano desde su aparición en este planeta.

—¿Y qué pensó usted cuando examinó ese libro sobre los espíritus? —planteó la joven.

…continuará…

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (71) El enigma de la librería»

  1. Que habrá encontrado Hipolito en ese Libro? Las Respuestas ante la partida de su Esposa? Sabía ya muchisimo antes que Leon le preguntase aquel día! Porquéno quizoadmitirlo en aquel momento? Prejuicio? Defenza? Sin duda, El Domingo sabremos mas!

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