SONIA Y LEÓN (3) El incidente

—Pues ya va haciendo un poco de calor. ¡Y eso que aún quedan unos meses para el verano! Me apetece algo frío, como una cerveza. De donde yo vengo y a estas alturas del año, me pediría un vino, pero con esta temperatura, está claro que pediré una cerveza.

—Claro, tendrás que acostumbrarte. Aquí, en el sur, tenemos temperaturas agradables casi todo el año y a veces, dependiendo del viento, puede hacer bastante calor. Hmmm… por tu acento, ya veo que no eres de aquí.

—Ah, no. Soy del norte, ¿se nota? Cualquiera diría que he doblado el mapa hasta alcanzar el sitio más meridional de la península. En fin, son las circunstancias que hay.

—Vale. Hoy te atenderé yo hasta que salgas del local. Espero que disfrutes de tu primera visita y que vuelvas, claro. Es la filosofía que aplicamos en esta pequeña empresa.

—Me parece una buena filosofía, aunque si me lo permites, te daré mi opinión al final.

—Faltaría más. Me gustará escucharla. Venga, te traigo ya la bebida que tienes pinta de sediento.

Al poco, la dueña del bar se dirigió de nuevo hacia el desconocido, portando en su mano derecha una bandeja con una cerveza, que por su aspecto, debía estar bien fresca. Algo debió pasar por la mente de Sonia, que de pronto, dio como un paso en falso y al tropezar, provocó que parte de la cerveza se derramase sobre la camisa de aquel joven.

—Vaya por Dios, comenzamos bien la comida —comentó el hombre con una sonrisa en sus labios intentando mitigar la tensión surgida por el pequeño incidente—. Menos mal que no era un café hirviendo; en ese caso, me habrías achicharrado.

—¡Cuánto lo siento, de veras! Discúlpame, por favor. No sé cómo ha podido pasar. Verás, al acercarme a ti, me estaba fijando en el diseño tan curioso de la camisa que llevas puesta y de repente, me distraje hasta perder el equilibrio. Tranquilo, que voy a traer algo para secarte.

—Pero, mujer, no te preocupes. Además, la cerveza no mancha. En cuanto se seque, su rastro desaparecerá.

—Insisto, por favor, qué menos que ser cortés…

Sonia volvió rauda con un trapo en sus manos para tratar de limpiar la prenda de aquel cliente. Justo en el momento en el que puso sus dedos sobre el brazo de aquel joven, pareció entrar en una especie de shock. Su mirada penetró intensamente en los ojos del hombre y tras unos segundos de paréntesis, ella dobló su rodilla y se agarró a la mesa intentando de este modo no caer al suelo.

—Pero ¿qué te ocurre? ¿Te sientes mal, acaso? Déjame que te ayude a incorporarte.

—Ah, sí. Gracias. Vaya día. Uf, no sé lo que me ha ocurrido hoy pero… me temo que te vas a ir de aquí con la peor impresión. ¡Dios mío, no se puede ser más torpe! Primero, la cerveza y ahora, casi me desmayo.

—Eh, tranquila, creo que tan solo te has mareado. Eso debe ser todo. Cuando te has acercado más a mí, es como si te hubieras desvanecido. No sé, toma un vaso de agua a ver si te recuperas.

—Sí, ahora voy. Todavía no me explico lo sucedido. Entre el tropiezo y el mareo, vaya recibimiento que te estoy dando. Perdona por el percance. Te traigo otra bebida y el primer plato en cuanto pueda.

—Vale, Sonia, pero con calma. No te apures, mujer. Esto le puede pasar a cualquiera. En mi tierra, alguien habría dicho que por aquí hay meigas sueltas, ja, ja…

La mujer se sonrió con la afirmación del extraño, lo que pareció darle ánimos tras su caída. Sin embargo, ella bien sabía por dentro la razón de lo acontecido. Para Sonia, no era la primera vez que ese tipo de evento le ocurría en su vida, aunque, tal vez, no con tanta intensidad. Era perfectamente consciente que, tras haber perdido a su madre en la adolescencia, algo raro le había empezado a suceder. De este modo, algunas veces y sin tener control sobre esa capacidad, cuando tocaba con sus manos a alguien, de pronto entraba en una especie de aturdimiento momentáneo. Durante esos segundos, una serie de imágenes aparecían en su mente, siempre relativas a la persona que tenía delante.

Tras aquel breve lance, los dos jóvenes no volvieron a hablar más durante toda la comida, hasta que al final, el hombre pagó la cuenta…

—Bueno, como has podido comprobar, el almuerzo ha sido un poco accidentado —expresó Sonia mientras que abría sus manos en un gesto de disculpa—. Espero que, a pesar de lo sucedido, eso no te impida regresar pronto. Me encantaría tenerte como cliente habitual.

—Ah, dalo por hecho. No ha sido nada, incluso ha tenido su punto divertido. Imagina lo que podría pasar la segunda o tercera vez que apareciera de nuevo por aquí, ja, ja…

—Caramba, ya veo que te has tomado lo ocurrido con buen sentido del humor. Menos mal, qué alivio. Oye, antes de que te vayas, me gustaría saber tu nombre. Si no te molesta decírmelo, claro.

…continuará…

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