SONIA Y LEÓN (72) Un texto inmortal

5

—Fue una sacudida tremenda. Intuí que en esas líneas encontraría numerosos hallazgos y especialmente, la explicación definitiva a todo aquello que, hacía poco, había desorganizado por completo mi vida. Ya sabéis a lo que me refiero. De pie, sobre la madera que cubría el suelo, entre tanto libro y estantería, quedé como absorto. Fue empezar a leer el capítulo de la vida después de muerte que, de repente, cerré con fuerza el ejemplar que tenía entre mis manos y me dirigí a paso rápido a la caja del establecimiento para pagarlo y llevármelo.

—Dios mío, me siento tan emocionada con su historia… No puedo dejar de preguntarme por cómo habría reaccionado yo si hubiese estado en esa coyuntura.

—Quién sabe, Sonia, cada persona es un mundo. No transcurrió mucho tiempo hasta que llegué al hotel y me encerré en mi habitación. Ni siquiera bajé a cenar al restaurante para evitar distracciones. Siguiendo mi instinto, antes de subir, me compré un bocadillo en una tienda cercana por si notaba hambre. No os lo vais a creer, pero a pesar de que me tenía que levantar temprano, permanecí despierto y leyendo en un sillón, junto a la cama, hasta las tres de la madrugada. Y que conste que dejé la lectura porque el sueño me venció y estaba ya agotado. Cada página que pasaba resultaba como un mazazo sobre mi conciencia, un despertar a una dimensión desconocida a la que nunca le había prestado demasiada atención. Os confieso que fue una experiencia arrebatadora. Me acordaba tanto de mi Carmina, asociaba tantos conceptos de ese texto con su existencia, que me maldije múltiples veces por no haberle prestado más atención cuando ella me hablaba de esos asuntos. Y pensar que junto a ella, había tenido durante años y años abierta la puerta de acceso a la verdad, justo delante de mis narices… Y sin embargo, con mi actitud displicente, había permanecido distraído ante mi mujer y su relación con el plano invisible; un mundo, que en esa noche, ya sentía más cercano. Fue curioso, pero a la mañana siguiente, aunque había dormido muy poco, yo me encontraba absolutamente lúcido, sereno, como si el conocimiento más profundo se hubiese instalado en mi cabeza para no perderlo jamás. Recuerdo aquellas horas de curso, porque tan solo deseaba que transcurriesen los minutos deprisa para enclaustrarme de nuevo en mi habitación y acabar con la lectura de “El libro de los espíritus”.

—Pero, jefe, ¿acaso pensaba usted leerse toda esa obra en tan solo dos jornadas? Parece una locura…

—Es cierto. Yo mismo me lo he preguntado muchas veces. Fijaos que esa obra tenía más de mil preguntas con sus respuestas correspondientes y sin embargo, en la madrugada del jueves, yo había finalizado su lectura. Resultó uno de los días más dichosos de mi vida, sobre todo al relacionarlo con todo ese pesar que se había apoderado de mí en los últimos meses.

—Cualquiera diría, don Hipólito, que hallar ese libro y profundizar en su contenido, le cambiaron la existencia —añadió la joven.

—Tú lo has dicho. No obstante, todavía no os he contado lo mejor, lo más trascendente, una escena única que me sucedió a las pocas horas y que jamás olvidaré por mucho tiempo que pase.

—¿Aún más interesante que todo lo que nos ha revelado, jefe?

—Así es. Lo vais a entender en breve. A pesar del “atracón” de conceptos que me di en esas dos noches, yo me sentía extrañamente consciente, tal era la claridad y la fuerza mental que esa lectura me había proporcionado. No podía hallar una explicación a eso, considerando el poco descanso que había tenido. Qué falta de sueño y sin embargo, qué mente más despejada notaba. Tras terminar, dejé el libro en la mesita de noche, cerca de mi cabeza, como si no quisiera alejarme de aquella obra y de su poder magnético. Imposible calcular el tiempo que pasó. Solo sé que al poco de cerrar mis ojos, algo maravilloso sucedió. Resultó el sueño más clarificador y vívido de mi historia. Justo en ese momento, me levanté de la cama. Mi cuerpo prácticamente no pesaba nada, por lo que me percibía muy ligero. Incluso podía apreciar muy bien la sensación de la alfombra en mis pies desnudos. De pronto, giré mi cabeza hacia atrás y me vi a mí mismo tumbado en la cama mientras dormía. Fue una sensación de lo más rara. Al mover mi vista hacia delante, de pronto contemplé la imagen más prodigiosa que yo recuerde. ¡Se trataba de Carmina, ella había aparecido justo delante de mis ojos, como a un metro de distancia! Empecé a temblar, preso del nerviosismo por aquella impresión tan impactante y la fuerza del amor, como nunca antes había experimentado, me invadió por completo. Qué viveza contenía esa visión, la de mi esposa en todo su esplendor vital, como si nunca se hubiese ido de mi lado. Era su figura, pero no la que tenía antes de morir, avejentada por el sufrimiento impuesto por el cáncer, sino ella en su expresión más joven, llena de color, inmensamente feliz. Esa era la más viva expresión de la inmortalidad, demostrando con su presencia que nada se acaba, sino que solo nos transformamos al constituir la muerte una mera ilusión de los sentidos. Os lo podéis imaginar con facilidad: sorprendido, paralizado, estupefacto, no sabía ni cómo reaccionar ante aquello que estaba ocurriendo en la habitación de mi hotel.

—Dios, estoy más ansiosa que usted. ¿Y qué le dijo ella, cómo reaccionó Carmina?

—Ella me miró con la más absoluta ternura y sin dilación, dio dos pasos hacia mí y me envolvió con todo su cariño en el más bello abrazo inmortal. Jamás, insisto, jamás, he vuelto a experimentar una sensación tan dichosa. Lo que viví en aquellos precisos instantes de conmovedora emoción, me hizo tener la convicción de que lo que percibimos aquí, en este plano terrenal, es insignificante en comparación con lo que podemos sentir en la dimensión espiritual. Doy testimonio de ello, amigos, os lo aseguro desde mi alma.

El silencio se hizo en la casa del Delegado de Hacienda. Ninguno quería contemplarse directamente, los tres distraían sus miradas hacia el suelo o hacia la mesa, pero las lágrimas caían lentamente por el rostro de los tres protagonistas, testigos directos de aquel extraordinario relato. Tras unos segundos inenarrables de pausa, la historia prosiguió.

…continuará…

5 comentarios en «SONIA Y LEÓN (72) Un texto inmortal»

  1. Muy Interesante las experiencias de Hipolito! y que bueno que no se asustó! Una vez ví mi cuerpo en la cama y yo consciente que estaba fuera de el, que sentí mucho panico! debe ser porque ya había absorvido el conocimiento del libro y por lo que seguramente le contaría carmina.Todo lo que Hipolito tenía guardado!!

  2. Que pena pero estos comentarios los hago sin plagiar a nadie.los creia mas abierto de mente,mil disculpas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SONIA Y LEÓN (73) El mejor regalo

Jue May 20 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Tras abrazarme con su mayor muestra de amor, me dijo: “Hipólito, bienvenido a mi mundo, a tu mundo desde ahora. ¿Recuerdas lo que hablamos en el hospital antes de despedirnos? Ahora ya lo sabes. Estúdialo, profundiza en él, conócelo. Es tu destino. Sé fuerte, esto solo ha sido una […]