SONIA Y LEÓN (54) El fenómeno

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Una vez que la pareja se acomodó alrededor de la mesa…

—Escúchame con atención, León. Aunque han pasado unas horas del hecho, aún no sabría cómo catalogar lo que me ha ocurrido esta mañana. Será que todavía no he podido reflexionar lo suficiente. De ahí mis dudas.

Sonia trató de elaborar un discurso lo más descriptivo posible sobre la experiencia que había tenido con Alberto Ruiz, sin pretender introducir elementos demasiado subjetivos que pudiesen desvirtuar la realidad de lo acontecido en la visita del empresario sevillano a su café.

—Bueno, tampoco has de sorprenderte en exceso, mi amor. Desde el primer día en que te conocí, nunca mejor dicho, tuve que ser testigo de tu trayectoria como persona… en fin, no sabría cómo clasificarlo: mujer superintuitiva, consejera particular, investigadora profunda del alma, conocedora del futuro… todas esas definiciones servirían.

—Eh, guapo, por tu tono, me parece que estás diciendo todo eso como si supusiera un gran sacrificio para ti. Venga, no me digas que ya te has cansado de hacer un seguimiento de mi biografía más íntima.

—Perdón, pero no hay nada ofensivo en mis palabras. Desde mi perspectiva, todo este tiempo junto a ti ha supuesto un grandísimo reto y un período de aprendizaje inigualable. ¿Qué podría expresarte yo, Sonia? Para mí, todos estos fenómenos que te suceden no dejan de ser una gran novedad, algo a lo que jamás me había enfrentado, aunque me voy acostumbrando, como es lógico. He de admitir que pese a mi escepticismo inicial, cada vez me atraen más estas cuestiones. No estoy hablando solo de esa fenomenología que se desarrolla en torno a tu presencia, sino también porque he comprobado que existe una evidente conexión entre tu vida, la mía y esos asuntos. Por la forma que tuvimos de conocernos, ya eso quedó claro desde nuestro primer encuentro. ¿Acaso lo has olvidado? Esa famosa cerveza que derramaste sobre mí, ese tacto inicial y ¡zas!, todo lo que aconteció después. Creo que me he adaptado a ti y a esas circunstancias tan particulares que te rodean, lo que incluye, por cierto, mi interés por estudiar tu trayectoria.

—Ah, bien, ese es otro discurso que me place escuchar, sobre todo, porque te sale del corazón.

—Volviendo al asunto y por lo que me has detallado, hoy se ha producido un hecho relativamente diferente a lo de otras ocasiones. Yo diría que tu “capacidad” se ha intensificado y que, en este caso, tú te has comportado como una protagonista distinta.

—Estoy de acuerdo. Y ¿cómo interpretas eso?

—Según mis reducidos conocimientos, tengo la impresión de que hoy, un espíritu o como se diga, en este caso el de esa mujer muerta llamada Trinidad, se introdujo en ti y habló a través de ti.

—Vale. No obstante, yo matizaría esa conclusión, León. Recordando lo sucedido, nadie ha penetrado en mí, ni me ha ocupado, ni se ha apoderado de mí. Soy tan tajante porque así lo siento y así lo note hace tan solo unas horas. Esa figura de mujer se me aproximó hasta situarse junto a mí y me habló y al comunicarse conmigo, sus palabras salían por mi boca para que su marido se enterase bien de lo que pretendía manifestarle.

—Un momento, aclaremos las cosas. ¿Tú fuiste en todo momento consciente de cómo se iban desarrollando los acontecimientos?

—Por supuesto. Por si tenías dudas, en ningún momento me abandoné a su voluntad ni su voluntad se apoderó de mí como si yo fuese una autómata que obedecía sus órdenes. Ay, no sabría cómo expresarlo, pero una buena forma de entenderlo sería afirmar que ella tomó prestados y de buen grado, los órganos de mi voz. Eso sí, si yo hubiese querido, podría haber cesado en mi actitud receptiva en cualquier momento.

—Y ¿por qué no lo hiciste?

—Buena pregunta. Mira, al principio, confieso que estaba un poco asustada, sobre todo, porque ignoraba cómo podía terminar aquello y también por la sensación de quemazón que apreciaba en la zona de mi pecho. Sin embargo, una vez que transcurrieron unos segundos, empecé a notarme más cómoda, consciente de que aquella presencia necesitaba transmitirle algo fundamental a don Alberto. Me sentí importante, un eslabón necesario en esa cadena de comunicación y retirarme o negarme en ese instante a que esa mujer se expresara habría resultado muy egoísta por mi parte. Al desaparecer las señales de alarma en mi interior, cedí y dejé con entera libertad que aquella alma se expresara en toda su extensión.

—Y ¿qué sensaciones tuviste mientras tanto? Vamos a descartar que ese ente te poseyera, pero si hablaba a través de ti, debiste percibir algo cuando menos extraño.

—En efecto. Eso quería comentarte. Notar a esa señora tan cerca de mí, podría compararse a que se incorporó en mí, pero ella nunca dejó de ser ella y yo, nunca dejé de ser yo. No sé si me estoy explicando bien, León. Verás, no resulta fácil describir con palabras este tipo de hechos.

—No te preocupes. Creo que puedo ponerme en tu lugar.

—Lo que sentí es como si esa mujer me transmitiese la energía que llevaba dentro, así como sus pensamientos. Piensa en que a los ojos de cualquier observador, en este caso aquel empresario, allí no se veía a nadie. Recuerdo a la perfección esa sensación de ahogamiento y la quemazón por todo mi pecho, como si yo misma fuese la enferma o tuviese algún tipo de afección en esa parte de mi cuerpo.

…continuará…

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