SONIA Y LEÓN (8) Accidente previsto

—Magnífico, Sonia. Está claro que has acertado. Te felicito y te animo a que no decaigas, a pesar de todos esos obstáculos que has debido superar. Será la mejor garantía de que esto saldrá adelante y de que quizá, en el futuro, puedas ampliar este negocio y elevarlo hacia cotas más altas.

—Agradezco tu reflexión. Como ya te dije, la muerte de mis padres en esas terribles circunstancias me ha hecho casi de hierro y no pienso desfallecer ante lo que venga. He visto tanta amargura a mi alrededor que es como si me hubieran vacunado ante los disgustos. Cada persona reacciona de modo diferente ante los mismos hechos. Entiendo que hay algunos que se derrumban; sin embargo y gracias a Dios, ese no ha sido mi caso. Ahora, ya lo sabes.

—Se trata de una historia que habla bien de ti y de tu valor como mujer. De todas formas y ahora que lo pienso, ¿qué tiene que ver lo que me has contado con el incidente del otro día en el que casi te desmayas?

—Inteligente apreciación, León. Pues ahora, pasaré a relatarte lo más asombroso de toda esta biografía. Sí, no pongas esa cara. Ya sé que te ha sorprendido lo que has escuchado hasta este momento, pero aún hay más.

—¡Caramba, eres un pozo de sorpresas! Lo digo porque apenas si nos conocemos, pero está claro que esto no ha acabado todavía.

—Te lo voy a demostrar. ¿Estás preparado?

—Plenamente. Te escucho.

—Al poco de desaparecer mi madre, empezaron a suceder cosas extrañas. Al principio, empecé a experimentar unos sueños muy vívidos, de esos que recuerdas con todo lujo de detalles en cuanto te despiertas. ¿Sabes una cosa?

—No —respondió el joven con cara de intriga.

—¿Te puedes creer que yo ya sabía que mi padre iba a morir antes de su fatal accidente?

—¿De veras? ¿Acaso te estás refiriendo al fenómeno de los sueños premonitorios? He oído hablar de ellos, pero yo no tengo ninguna experiencia al respecto. ¿Es posible que exista gente con esa capacidad?

—Yo te hablaré de mi caso, claro. Nunca me he topado con alguien que me haya revelado una de esas experiencias. Como te decía, unas semanas antes de ese maldito viaje que mi padre debía efectuar a Sevilla, una noche, me desperté agitada, nerviosa y sudando, debido a las imágenes que se me habían presentado. Vi perfectamente a Gabriel conduciendo su coche y cómo, de repente, ante la visión de una curva tras finalizar una recta prolongada, él aceleraba más y más, en vez de reducir la velocidad. Para mí, esa visión resultó angustiosa. Aunque él iba solo en el vehículo, yo tenía la sensación de ir sentada a su derecha. Instintivamente, le decía a mi padre que levantase el pie del acelerador, que fuese prudente. Sin embargo, Gabriel estaba obcecado, con la idea fija de poner en riesgo su vida. Se estaba desarrollando un pulso entre el poder de mi pensamiento y la fuerza de su voluntad autodestructiva. Ya sabemos quién ganó aquella desgraciada batalla. Imagina cómo me levanté aquella mañana con el recuerdo claro en mi mente de ese sueño. Fue una preocupación que rondó mi cabeza durante toda esa jornada. Evidentemente, traté de restarle credibilidad a esa serie de imágenes funestas. Sin embargo, todas mis alarmas se encendieron el día que mi padre me comentó que tenía que viajar en su coche hasta Sevilla por asuntos profesionales. Tú te preguntarás por qué no traté de avisarle, pero mis motivos eran patentes. Él, en aquella época, no estaba en actitud de escuchar y mucho menos, a su hija. Piensa por un momento en su contestación si yo le hubiese advertido del peligro que corría.

—Ya, me imagino. Se hubiera reído o simplemente, te habría ridiculizado por el contenido de tu intuición.

—En verdad, León, sí que llegué a avisarle. Me explico. Solo le comenté si podía posponer ese viaje para otra jornada. Para justificar mi propuesta, le propuse pasar ese día en su compañía, como cuando éramos más jóvenes y me llevaba a dar un paseo o terminábamos comiendo en algún lugar cercano a la playa. Como ya te figurarás, me dio evasivas y me dijo que me dedicase a estudiar, que para eso estaba en la universidad. La verdad es que… no me atreví a contradecirle. Por más que lo pienso, no sé qué otra cosa podría haber hecho en esa situación.

—Te entiendo perfectamente. No te imagino diciéndole: “Mira, papá, no vayas a Sevilla, porque he tenido un sueño premonitorio en el que he observado que te ibas a estrellar con el coche y que te morías”.

—Así es. Yo estaba convencida de que con independencia de lo que dijese, él ignoraría mi consejo. Me dio mucha rabia observar su incredulidad ante mi ruego, me callé y, a pesar de mi amargura, recé en silencio para que mi sueño no se cumpliera. Ahora, ya conoces el triste final de aquella historia ocurrida hace más de un año y medio.

—Qué experiencia más reveladora. Escuchándote, no sabría cómo catalogar esa habilidad, si como una bendición o una maldición… Digo esto porque, dependiendo del punto de vista desde el que lo examines, ese fenómeno de saber lo que va a ocurrir podría considerarse como un privilegio para unos, y para otros, como una verdadera tragedia.

—Sí, es cierto. Todo es interpretable según la óptica desde la que mires. En mi caso y como te habrás dado cuenta, mi conocimiento previo no alteró ni un milímetro el curso de los acontecimientos. Después de la llamada telefónica en la que me confirmaron el fallecimiento de mi padre en accidente de tráfico, no pude evitar sentirme terriblemente culpable. Mi cabeza estaba a punto de estallar con el siguiente planteamiento: “Sonia, por Dios, si sabías lo que iba a pasar ¿por qué no se lo impediste?”.

…continuará…

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