SONIA Y LEÓN (50) El precio justo

4

—¿Ve esto? Mire, no se ofenda, porque eso es lo último que pretendería. Por favor, le ruego que sea usted misma la que escriba en el papel la cantidad que desee, la que usted considere justa por su cometido. Le digo una cosa desde el corazón: si es capaz de resolver mi problema, cualquier dinero invertido será poco.

—Ah, entiendo. Sin embargo, creo que ese amigo suyo que estuvo aquí hace ya un tiempo, no le informó bien sobre cómo funciona todo esto.

—¿Es posible? Lo desconozco. Lo único a lo que aspiro es a que me indique qué es lo que debo hacer con mi hijo para que esta pesadilla termine de una vez por todas. Si Miguel se recupera y vuelve a las andadas, me temo que ya no habrá más oportunidades de redención. Si él muriese, yo ya tengo decidido lo que hacer. Incluso ya he elegido el método: atar una buena cuerda a mi cuello, subirme en un banco y saltar hasta las tinieblas. No soy un estúpido ni he perdido la cabeza. Verá, Sonia, yo no tengo instintos suicidas, yo solo deseo acabar con mi sufrimiento, porque se lo digo claro, vivir así no merece la pena.

—Perdone por lo que le voy a decir, pero ¿de verdad está convencido de que ahorcándose todo se solucionaría? Yo, que sin ni siquiera ser adulta, viví tan de cerca la desaparición de mi padre y de mi madre, viniendo quien viniese aquí y fuese el que fuese el problema, jamás le recomendaría a nadie cometer esa acción. Dios no me lo perdonaría.

—No pretendo discutir ese extremo con usted —expresó el empresario mientras que una lágrima descendía por su mejilla derecha—. Estos días han sido terribles, ya no sé cuánto más pueden aguantar mi cuerpo y mi mente. Estoy a un centímetro de mandarlo todo a la mierda. Póngase en mi lugar, vivo en un estado de desesperación en el que ya todo está empezando a darme igual. Estoy tan agotado… Se lo pido por caridad, señorita. Si no quiere escribir ninguna cifra en el talón, da igual. Pídame lo que quiera por su boca, que yo se lo daré. Se lo juro, pero ayúdeme…

—Señor Alberto, antes de continuar, he de decirle que mis consejos no se compran ni se venden. Le ruego que no se moleste, pero esto no es una máquina expendedora en la que usted introduce una moneda y obtiene a cambio un producto. No tiene nada que ver con ello y deseo que lo entienda. De no ser así, no podríamos seguir con esta conversación.

—Perdóneme usted a mí, pues no era mi intención ponerla en un compromiso. Es cierto que el dinero repele a algunas personas porque se asocia al egoísmo o a lo material. Quizá haya otra forma de compensarle por sus servicios. Dígame entonces cómo podría pagarle, porque estoy dispuesto a todo. Si está en mis manos, yo lo buscaré, incluso debajo del mar. No ponga esa cara de sorprendida, respóndame, lo que sea, lo que prefiera, sin límites…

Sonia González esbozó ante su interlocutor una ligera sonrisa en la que abundaba la ternura. Arrastrada por la compasión que le había ocasionado aquel relato tan abrumador, ella le extendió su mano al empresario, como intentando mostrarle su empatía y su apoyo ante esas circunstancias tan horribles que había escuchado directamente de su boca.

—Gracias por su gesto y por la atención que me ha prestado durante estos minutos y ahora, muéstreme alguna certeza, deme alguna solución a mis males o saldré de aquí peor de lo que entré.

Numerosas lágrimas aparecieron también en el rostro de la joven. Apretando su mano sobre el brazo de aquel industrial, ella trató de consolarle a través de ese gesto. Fueron unos segundos muy especiales donde Sonia, muy afectada, trataba de solidarizarse con todo ese dolor que provenía del núcleo más íntimo de Alberto Ruiz, empresario de éxito y un desdichado hombre en su esfera más privada. De repente, aquel señor notó una sacudida muy fuerte en la mano de la mujer y que se le trasladó a todo su cuerpo.

—Pero, señorita ¿está usted bien? He notado como una fuerte convulsión en sus brazos y en el resto de su figura. Por favor, ¿le ocurre algo malo? Responda o tendré que avisar a sus compañeras… La veo muy rara…

—Ah, es como si me ahogase, me falta el aire. ¡No me suelte ahora, agárrese bien a mí!

—Me está asustando, Sonia; se le ha puesto una cara muy extraña.

—Arf, arf… Trini, Trini… ¿Quién es? ¿Le dice algo ese nombre?

—Pues claro —expresó Alberto abriendo sus ojos de par en par—; era el nombre de mi esposa. Se llamaba Trinidad.

—Entiendo —dijo entre jadeos Sonia—. Uf, qué sensación, es como si mi pecho estuviese ardiendo. Por favor, atienda, ella quiere decirle algo. Preste atención, va a usar mi voz para comunicarse, arf…

—Pero, no entiendo nada. ¿Eres tú, mi Trinidad? ¿Estás aquí para contarme algo? No me lo puedo creer…

—Cállese y deje que le hable…

—Alberto, soy yo —se escuchó una voz femenina, pero con un timbre distinto al de Sonia.

—Dime, mi amor, reconozco tu voz —respondió el hombre mientras que apretaba con fuerza la mano de la joven.

…continuará…

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (50) El precio justo»

    1. No momento que você menos espera, acontecem fenômenos como este. Temos de saber aproveitar. Beijos, Cidinha.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SONIA Y LEÓN (51) La buena madre

Mié Mar 3 , 2021
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—He recibido esta oportunidad de hablar contigo, pero no puedo abusar de la atención de esta chica por mucho tiempo. Deja que te diga una cosa, simplemente por la fidelidad que nos tuvimos, por las emociones compartidas y por los momentos vividos. Me he olvidado de mi muerte porque […]