SONIA Y LEÓN (51) La buena madre

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—He recibido esta oportunidad de hablar contigo, pero no puedo abusar de la atención de esta chica por mucho tiempo. Deja que te diga una cosa, simplemente por la fidelidad que nos tuvimos, por las emociones compartidas y por los momentos vividos. Me he olvidado de mi muerte porque no es tal, si no, ¿qué estaría haciendo aquí, conversando contigo? La vida es infinita y yo tan solo cambié de estado, no de esencia. No me verás, pero jamás ignores que sigo pensando y que sigo sintiendo. Fue así como me enteré de la muerte de nuestro hijo. Sufrí tanto, rogué tanto al cielo, que finalmente, me permitieron encontrarme con él, porque yo solo pretendía amarle y eso nunca se le prohíbe a una madre. Cree en mí y en mis palabras, porque sabes que sería incapaz de engañarte. Paso muchas horas con él, porque continúo siendo su madre y él mi hijo, aunque ahora no tengamos un cuerpo como el tuyo. Concéntrate en lo que te voy a expresar, pues me ha sido revelado por una buena causa. Lo vas a entender con prontitud. Aún nada está escrito para él, pero a nuestro Miguel le restan muchas cosas por hacer: de todas ellas, la más importante será reunirse con la mujer de su vida y la de tener un hijo, un futuro nieto para ti. Aunque se ha empeñado en hacerse daño, yo no soportaría ser testigo de su partida por tu negligencia. Bastante mal ya lo pasé con mi joven Alberto, aunque ahora me sienta feliz por poder cuidar de él y aconsejarle.

A aquel señor le costaba un gran esfuerzo admitir lo que estaba oyendo, pero algo en su interior le decía que el mensaje que llegaba a sus oídos no solo era real sino, además, verdadero, en sintonía con la situación por la que estaba atravesando. Nervioso, emocionado, sin soltar las manos de Sonia, se atrevió a abrir sus ojos, los cuales había cerrado involuntariamente nada más empezar a escuchar la voz de su otrora mujer, como queriéndose concentrar en la trascendencia de aquel maravilloso instante. Fue así como al mirar a la dueña del local, halló en su rostro la perfecta reproducción de los gestos y de la expresión de Trinidad, la cual y desde el más allá, se comunicaba con su antiguo marido en la existencia física.

—Alberto, si no quieres despeñarte por el más profundo precipicio, si no deseas añadir más negrura a tu sombra, tiempo es lo que requieres. No para tu empresa, no para tus negocios, sino para tu propio hijo que tanto precisa de la mirada de su padre. Ese deberá ser el vínculo que más te ate a la vida. Lucha por él, luchad por vosotros. Renuncia a la mayoría de tus horas y regálaselas a Miguel, que es quien más las necesita. Quedáis ahí la mitad de los cuatro y por lo que fuimos y por lo que somos, que no disminuya vuestra compañía, sino que sume valor a vuestra convivencia, a la familia que aún somos, da igual si nosotros hemos mudado de domicilio. Delega tu autoridad en la empresa, hay personas en quien confiar muy cerca de ti, solo debes buscarlas a tu alrededor. No te conviertas en un ciego de ojos sanos. Reflexiona, porque antes, yo no me daba cuenta. Mas ahora te digo, desde mi nueva perspectiva, que tu trabajo se transformó en la perfecta excusa para no afrontar tus responsabilidades más íntimas. Sin embargo, hay metas más altas, como las que te he dicho, y por las que serás valorado cuando llegue la hora del análisis. Nadie va a reemplazar ese cariño que tú le debes, por tu compromiso con él, porque Miguel ha sido ubicado como alma que precisa de tu guía. Haz tu auténtico trabajo en casa, el más valioso, y hasta las paredes de nuestro hogar te bendecirán. No hay mayor desgracia que no escuchar la voz de los que te precedieron, de los que te observamos desde la otra ventana de la realidad. Respeta esa memoria y déjate llevar por la voz de tu conciencia. Ella te indica siempre lo que debes hacer. Claro que puedes ignorarla, pero ahí está tu pasado más reciente como demostración de lo que digo y para que aprendas de sus consecuencias. No laves tus emociones en la inconsciencia de tu egoísmo. No vinimos al mundo para reforzar el ego, sino para aniquilarlo a través del amor. Y oye una cosa: Miguel no precisa de más caprichos, apenas de la atención de su padre. No son bienes lo que él demanda, sino solo unas gotas de tu afecto, que pueden ser muchas. Dios mío, no olvides que su destino va ligado al tuyo y que tu desinterés puede propiciar su perdición. Libre eres de seguir los consejos de quien bien te quiere. Estate tranquilo que, aunque sea en sueños, yo te recordaré tu compromiso, para que no alegues sordera ni falta de memoria. Son las promesas del alma las que deberán ocupar tu atención. Al principio te costará, luego, se convertirán en buenos hábitos que se cultivarán con menos sacrificios, al haber apostado por la mejor tierra y la bendita agua de tu tiempo. Te lo ruego de nuevo, cuida de nuestro hijo, que nació del amor y de la vida, y que no debe sucumbir. Ten dignidad para envolverle entre tus brazos y no con caricias de manos llenas de monedas. No hay mayor curación que la que te he expuesto, ni mayor redención frente a la pasividad que tuviste con respecto a tu primer hijo. Hablaré con Alberto en el hospital, compartiré tu labor, aunque me quede afónica de tanto gritarle para que se levante, que el trabajo de los dos, cada uno desde su lado, sumará más que el de una sola inteligencia. Su receptividad a tu afecto aumentará conforme sienta que no le has abandonado. Solo espero que seas fuerte y que la responsabilidad sea tu guía. Tras lo sucedido, es el reto más esencial que te queda. No gastes tus energías y tus dones en actividades inútiles. Céntrate y da lo mejor de ti. Ahora he de irme, mi querido Alberto. Despierta, cariño, abre las puertas de tu corazón, aún estás a tiempo de encontrarle un sentido a todo. Adiós, esposo mío. Tu “Trini” te sigue amando.

La mano inconsciente de Sonia, guiada por aquella presencia, se movió hacia arriba envolviendo de caricias el rostro del empresario, el cual derramaba lágrimas que, aunque se vertiesen por sus ojos, provenían directamente de su espíritu.

Pasados unos segundos, el silencio volvió a reinar en aquella pequeña estancia existente en el café Ágata. La joven pareció entrar en un sopor que la llevó a reposar su cabeza sobre la mesa, como intentando descansar de la intensidad que le había supuesto aquel acontecimiento, mientras que aquel hombre de mediana edad, quien había cargado con el peso de la tragedia en sus más recientes años, permanecía ensimismado, sin saber cómo reaccionar, pero tratando a toda costa de darle un sentido a aquella impactante escena a la que se había enfrentado. Fuera lo que fuese, llegó a la convicción de que la experiencia vivida supondría un antes y un después en su camino terrenal.

…continuará…

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