SONIA Y LEÓN (53) La magia de la bondad

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—Sea sensato, señor, vaya poco a poco. Las grandes empresas, quién mejor que usted para dar testimonio de eso, no surgen de la noche a la mañana. ¡Cuánto más esta, la más sublime, recuperar a su propio hijo! En esta excelsa tarea, yo me dejaría aconsejar.

—¿A qué se refiere en concreto, señorita?

—Cuando menos lo espere, recibirá nuevos mensajes o indicaciones acerca de su desafío. No crea que le van a llamar por teléfono o que va a recibir una carta con instrucciones detalladas. No es eso; me refiero a su conciencia, ese instrumento esencial que todos poseemos y donde a menudo, nos llegan las informaciones pertinentes y adaptadas al reto en el que estamos sumidos. Hágales caso, porque aparecerán como golpes de intuición, recomendaciones que le ayudarán en la solución a su problema. Por favor, no piense que la suerte le va a ayudar. Tampoco adoptar una actitud pasiva le beneficiará. Justo, todo lo contrario. No creo que su negocio inicial se desarrollase tanto mientras que usted se fumaba un puro tumbado cómodamente en su sillón favorito.

—Ja, ja, qué buen apunte, Sonia; ya le digo yo que eso hubiera resultado imposible. Se lo garantizo.

—En efecto, el azar no interviene en estas cuestiones. Se trata de reflexionar y de tomar las decisiones más oportunas acordes a cada momento. Y por supuesto, de trabajar mucho. Sea disciplinado y desenvuelva la paciencia con el joven Miguel. Ya verá cómo su hijo se alegra al contemplar la férrea voluntad de su padre. ¡Mucho ánimo!

—Oiga, antes de irme, le confesaré algo. Fíjese que la conozco desde hace tan solo un rato, pero he desarrollado una enorme confianza en usted. Verá, me siento ridículo por el ofrecimiento económico que le hice antes. Ahora que lo pienso, resultó tan absurdo pretender comprar sus consejos a través de una cifra escrita en un papel… Viendo su rostro, tratando de entrar en su corazón, vaya disparate que cometí. ¡Tengo tantas cosas que aprender! Le pido disculpas. He vivido una existencia donde las cuentas tenían que cuadrar y el dinero lo compraba todo. En fin…

—No se preocupe por eso, don Alberto. Hay mucha confusión al respecto de estos temas, pero usted no tiene la culpa de tanta desinformación. Al contactar con su esposa, ha recibido un regalo que no cotiza en Bolsa ni tiene precio. Por raro que le parezca, es muy simple: hay cosas que sí se pueden comprar con dinero y existen otras que no. La sucedida hace unos minutos pertenece a la segunda categoría. Por eso, es importante distinguir el terreno por el que nos movemos. Desde que siento esta capacidad en mí, noté que debía separarla por completo del tema material. Si no tuviese claridad en esta cuestión, podría confundirme a mí misma y lo peor, confundir a los demás. En esta vida, cada cual lleva cargando un macuto de más o menos peso. Lo que no pretendo es aumentar esa carga con mis actos, en todo caso, aligerarla. De eso se trata y para ello, solo hay un camino. Creo que me explico, señor.

—Claro que sí, está claro. Qué bien habla, Sonia. Pareciera que la luz habita en su cabeza y la compasión, en su corazón.

—Yo me alegro mucho de haberle servido, aunque sea un poco, en la consecución de sus fines. Todo lo que suponga hacer el bien, suma a nuestra causa, la de la felicidad.

—Pues muy bien, ya me marcho, le he ocupado mucho tiempo y no sabe cómo se lo agradezco. Una última cosa, si es tan amable.

—Lo que quiera, don Alberto.

—¿Me permitiría darle un abrazo, de esos que atraviesan el alma?

—Claro que sí, encantada.

Fue así como terminó aquella reunión, la de un hombre que contaba con todos los bienes del mundo, pero que no había podido evitar la pérdida de su esposa y de su primogénito. Para Sonia, aquella prueba supuso un antes y un después que anticiparía nuevas consecuencias en su devenir. Esa noche, después de haber vivido una de las jornadas más intensas de sus últimos años, ardía en deseos de llegar a casa para compartir aquella experiencia con León.

Más tarde…

—Ah, ya te has cambiado —afirmó León—. ¿Y esa cara? Estoy preparando algo exquisito para cenar, dentro de mis limitaciones culinarias, claro. Tú, sin embargo, por tus gestos, veo que hay algo que te incomoda. ¿Debo preocuparme, cariño?

—Ah, gracias. Desde que te encontraste conmigo, te has convertido en un buen observador. Me congratulo de ello. De todas formas, creo que lo que me pasa va más allá de un estado de incomodidad.

—Entiendo. Tenemos toda la cena para hablar sobre ello.

—Cómo me alegra oír eso. Te aseguro que no existe una mejor sensación que llegar a tu hogar y comprobar que hay alguien dispuesto a escucharte, o incluso a consolarte. Pues en cuanto nos sentemos, te contaré algo muy fuerte que me ha sucedido hoy. Me gustaría escuchar tu opinión.

—¡Eh, conociéndote, eso tiene pinta de constituir un enigma interesante por descubrir! ¿Me equivoco?

—No, no creo que te equivoques. ¡Uy, eso ya está casi listo! ¡Qué bien huele! Voy poniendo los platos y los cubiertos.

…continuará…

6 comentarios en «SONIA Y LEÓN (53) La magia de la bondad»

  1. Toda una enseñanza este capitulo!!! «Hay cosas que se pueden comprar y Otras No…..» Que Claridad la de Sonia! En una sociedad donde todo tiene un precio! hasta los asesinatos! La Gente paga a la familia y hasta ahi llega todo!

    1. La verdad es que en esta cuestión, resulta muy conveniente tener las cosas claras. Se corre el riesgo de perjudicar más que de ayudar, incluso a uno mismo. Abrazos, Samora.

      1. Vine emocionada buscando mi capitulo 54!!!Aun no ha salido del horno por lo visto!!!!!A Esperar el Domingo entonces!!

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