SONIA Y LEÓN (39) Un mundo no tan agradable

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—Sonia, por Dios, no minusvalores tus cualidades. Mira tus antecedentes al respecto: son extraordinarios. Al escucharte, he notado que todo eso que contabas sobre Carmen y Joaquín era cierto. ¿Qué más podría decirte? Al principio de conocerte, quizá yo era algo escéptico sobre todos esos relatos que me detallabas. Sin embargo, ha ocurrido algo curioso. Antes de cruzarme contigo, yo no tenía ninguna fe en eso que la gente considera como corazonadas. Ahora, ya ves, mi criterio ha cambiado por completo y tus intuiciones han pasado a ser un fenómeno real, que por las razones que sean, tú eres capaz de percibir antes que nadie.

—Verás, cariño, creo que todos, en mayor o menor medida, tenemos esa posibilidad. En ti no se ha despertado nada, porque ya vivía en tus adentros. Lo único que ha pasado es que ahora le prestas más atención a tus sensaciones. Eso es lo importante. Estoy convencida de que todos poseemos esa facultad, pero en mí y por motivos que aún desconozco, es más ostensible. Si sigues así, querido León, un día de estos te vas a acercar a alguien y al tocarle, te vas a llevar una gran sorpresa.

—¿Eso crees? Sería maravilloso. Yo… un intuitivo, tan despierto como tú. ¡Qué gran noticia!

—Ya hemos hablado de ese tema. No te engañes. No es nada fácil vivir con esta capacidad. Piensa en lo último que te he contado sobre el caso de Carmen y su novio. ¿De veras que te gustaría experimentar ese tipo de sensaciones? No estoy yo tan segura. Se sufre y se pasa mal, aunque la gente, en general, no se dé cuenta. Esa cualidad que Dios me regaló al nacer no es tan maravillosa como parece. Te diré algo: cuanta más información manejas, más responsable te sientes. Y eso, te lo digo yo, supone un compromiso escrito con mayúsculas. Y si lo que percibo es negativo, ¿qué hago? A todo el mundo le gusta compartir las buenas noticias, ser el portavoz de la alegría, pero ¿qué ocurre en caso contrario? Se nota un agobio por dentro que resulta difícil de manejar. ¿Qué actitud tomar? Ahora soy joven y me siento feliz por estar a tu lado, pero no pienses ni por un solo instante que disponer de este don es algo que solo muestra una cara agradable. Existen una infinidad de claroscuros en las impresiones que percibo. A veces, me noto totalmente desubicada. Incluso me entran deseos de ser “normal” y no recibir ninguna señal de las personas con las que me encuentro. No soy mujer de quejarme ni de lamentarme de mis circunstancias, ni tampoco del tiempo en el que vivo, pero la tentación de querer ser tan común como el resto de los mortales vive dentro de mí. ¿Me entiendes ahora mejor, León?

—Sí, desde luego, Sonia. A la vista de los datos expuestos por una experta en la materia como tú, creo que voy a cambiar mis declaraciones de hace unos minutos. Mejor dejemos las cosas como están. Lo que queda claro es que cada uno vive la existencia desde su punto de vista y a veces, resulta complicado ponerse en la perspectiva de quien tienes enfrente. Ese fenómeno, que puede que esté en potencia en todo el mundo, tú lo vives de un modo especialmente intenso.

—Me vale con tu explicación y quedas disculpado, caballero. Tan solo pretendo que sepas, que el conocimiento del que yo dispongo, no es un piano que suena dulce y suave y en el que solo se interpretan melodías románticas y felices, sino que también se escuchan acordes oscuros y disonantes, donde la luz de la música que oyes se apaga y la inquietud aparece hasta en la médula de tu ser.

—Bien expresado, sin duda. ¿Me llenas la copa, por favor? ¿Qué te parece si por un momento dejamos estas profundas reflexiones para otra ocasión? Esta noche es de alegría y no de meditaciones tan serias. ¿Vemos un poco la televisión?

—Claro, mi amor. Sin embargo, recuerda siempre que esto que a mí me ocurre desde la muerte de mi madre no va a desaparecer y que vivirá entre nosotros, que formará parte de nuestro particular mundo y que tendrás que aprender a convivir con ello.

—Lo acepto, Sonia. Creo que desde el principio, nunca mejor dicho, hemos sabido afrontarlo con sabiduría y equilibrio. No nos ha ido tan mal ¿verdad?

—Pues claro que no, mi amor. Venga, hagamos otro brindis por nuestra plenitud, por dos seres que se sienten uno. Chinchín…

*****

Unas tres semanas después de acabar las fiestas navideñas, el teléfono del café Ágata sonó de un modo tal que parecía que alguien quisiera que lo descolgasen con rapidez.

—¿Diga? —contestó la dueña del local.

—Buenas tardes. ¿Podría hablar con Carmen?

—Sí, ahora mismo. ¿De parte de quién?

—Soy Mari, la hermana de Joaquín.

—Ah, bien, yo soy Sonia. ¿Ha ocurrido algo malo? Lo digo por el tono de tu voz…

—Perdona, pero preferiría hablarlo directamente con ella. Es urgente.

—De acuerdo. Ahora mismo se pone.

Unos minutos más tarde…

—Por favor, jefa, déjame irme. Necesito salir.

—Claro que sí, Carmen, pero, dime, ¿qué ha pasado? ¿Malas noticias?

—Peor aún —expresó la empleada mientras que algunas lágrimas se derramaban por sus mejillas.

—Ay, por favor, no me dejes con la incertidumbre. Dime de qué se trata.

…continuará…

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