SONIA Y LEÓN (34) Un nuevo año

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Y las semanas y los meses transcurrieron. Felizmente, para la recién creada pareja, el vínculo emocional entre ellos se reforzó. Para ella, León no era solo un hombre atractivo e inteligente, sino una persona que se interesaba mucho por su peculiar mundo, por sus experiencias más íntimas y sobre todo, por ese don paranormal que de vez en cuando mostraba. Para él, además de la atracción física y sentimental, aquella mujer le envolvía con su aura mágica llenándole de afecto. Actos tan sencillos como compartir mesa, pasear por la playa o simplemente, conversar durante un rato, se convertían en ocasiones para disfrutar de la vida, un conjunto de experiencias que se transformaban en momentos especiales gracias a la complicidad surgida entre los dos jóvenes. León no sabía lo que admirar más de ella. Por una parte, Sonia poseía una facultad extraordinaria, a través de su intuición y de sus golpes de ingenio, para ayudar a cualquiera con quien se cruzase. Por otro lado, se asombraba de cómo una chica que no había completado sus estudios de turismo en la universidad, había sido capaz de levantar y mantener con tan solo veintidós años un negocio de restauración a pleno rendimiento, en una época en la que la recesión económica aún acechaba a los países occidentales, años después de la llamada crisis del petróleo y que supuso un aumento considerable en los precios de esa materia prima. Él estaba seguro de que, a pesar de las dificultades, cuando alguien tiene la voluntad clara y pone lo mejor de sí mismo en un trabajo, este tiende a salir bien. Contemplando a Sonia y su modo de organizarse, quedó totalmente convencido de la veracidad de su argumento.

En el día de fin de año, dos personas brindaron por una nueva etapa…

—¡Cariño, feliz 1980 y que Dios te colme de bendiciones! —exclamó Sonia mientras que alzaba con alegría su copa.

—Lo mismo te deseo de todo corazón —gritó León brindando con entusiasmo—. Solo puedo decir que mi vida cambió el día que te conocí, en aquella primavera en la que noté ese impulso para penetrar en el Café Ágata. Ya ves, no eres la única en percibir cosas extrañas por dentro. Que este nuevo año sea una etapa de consolidación, de profundización en nosotros mismos. No voy a pedir por nada más. Me conformo con lo dicho.

—¡Cuánta razón tienes, cariño! Los seres humanos somos criaturas especiales y el amor nos sirve para ir quitando esas infinitas capas de cebolla que nos conducen a nuestra esencia. Lo importante es ir llegando al centro. Cuanto más cerca te sientes del otro, cuanto más descubres, más te implicas y más amas al ser que tienes enfrente.

—Está claro que no te hace falta beber más cava para que te salga esa vena filosófica que te viene de dentro.

—Claro, mi amor, no puedo evitarlo. Aparte de lo que traigo en mi interior desde que nací, pienso que el trabajo que tengo, el hablar con tantas personas y ese intercambio continuo de experiencias y de estados de ánimo, despiertan en mí ese tipo de reflexiones. Empezamos los años ochenta, una década que ansío esté marcada por nuestra relación. Si me hubiesen preguntado hace unos meses, jamás habría llegado a imaginar esta fase actual de serenidad y satisfacción. Es llamativo, ¿no te parece, León? Tantas cosas que me vienen a la mente del ayer, del hoy y del mañana, y fui incapaz de prever que este año iba a tener un feliz encuentro con alguien tan especial como tú. Cuanto más descubro de mí misma, más sorprendida me quedo.

—Oye una cosa y no es por polemizar, pero la década comenzará en 1981.

—No, querido, ya estamos en 1980 y por eso, hemos cambiado de decenio.

—Perdona que te lo diga, pero siendo matemático y exhaustivo, los romanos estaban en su año 753 de existencia cuando Jesús nació.

—¿Y?

—En fin, ya sabemos que se trata de un convencionalismo más, pero es que verás, el año 0 nunca existió. Hubo un uno de enero del año 1 y por tanto, siguiendo esa regla y añadiendo diez años más, la segunda década del primer siglo empezó el 1 de enero del año 11.

—Vaya debate en el que te has metido, cabezón. Todo el mundo sabe que justo dentro de veinte años, inauguraremos el siglo XXI, es decir, cuando acabe el 31 de diciembre de 1999.

—En absoluto, la gente podrá decir lo que quiera, pero no es así. Tendremos que completar ese año 2000 y el 31 de diciembre a las 24.00 horas, entonces y solo en ese momento, llegaremos al nuevo siglo, o sea, el 1 de enero de 2001. En fin, no quiero ser pesado, pero hasta el 1 de enero de 1981, no entraremos en la década de los ochenta, lo que no nos va a impedir disfrutar del último año de la década de los 70, mi amor.

—Caramba con el caballero llegado del norte. ¿No tienes otra fecha para realizar ese tipo de disertaciones? Te vas a salvar por lo último que has dicho, que mirándolo bien, es lo fundamental. Venga, anda, dame un beso y dejemos esa polémica para los estudiosos. ¿Qué? ¿Te lleno la copa de cava?

—Sí, gracias. De todos modos, mi argumentación no era para entrar en discusión. El tiempo no miente y por supuesto, hay que saber contarlo. ¿Qué me vas a decir a mí de cuentas? Lo contrario es ignorancia.

—Vaaaaale… lo que tú digas, cariño.

—Oye, Sonia, ¿me estás dando la razón como a los locos?

—Para nada. Lo que ocurre es que el señor, cuando se pone testarudo, a eso no le gana nadie.

…continuará…

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