SONIA Y LEÓN (17) Congeniando

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—Pero ¿qué tontería es esa que acabas de decir? —interrumpió el discurso de la compañera la otra camarera—. Solo soy una mujer a la que le gusta preservar su intimidad y nada más. Lo que a ti te pasa, Elisa, es que respiras hablando en voz alta y claro, así te va. Yo, sin embargo, hablo después de respirar y pensando lo que digo, como debe ser. A ver si dejamos las cosas claras, que ya no me quiero ni imaginar lo que este señor del norte pensará de nosotras.

—Bueno, bueno, haya paz entre todas —intervino con gracia Sonia mientras que alzaba sus brazos.

—Sí, sí, eso digo yo —replicó Elisa—. Vamos a ir terminando de recoger, que este caballero estará ansioso por salir  a divertirse un poco con una dama a la que conozco bien. Esta noche, parece que una tal Sonia y un tal León se lo van a pasar en grande. ¿Sí o no? Y cuando acabes, jefa, deja algo para las demás, a no ser que ese tal león te haya devorado a ti primero, ja, ja, ja…

Fue así, como entre grandes risotadas, las mujeres acabaron por dejar a punto el café, de modo que estuviera presentable para el comienzo de la semana siguiente. Finalmente, León, contagiado por el buen ambiente a aquella hora de la noche, optó por unirse al tono guasón de las tres trabajadoras y a la conversación hilarante que escuchaba, lo que abrevió su espera hasta el cierre definitivo del local.

Al cabo del rato…

—Bueno, al fin solos, querido visitante llegado de tierras extrañas. Como comprenderás, no voy a salir a la calle un sábado con estas ropas de trabajar. En el cuarto del otro día, donde hablamos, tengo un pequeño ropero en el que guardo algún que otro vestido para las ocasiones. Si me das cinco minutos, me cambio de atuendo, me arreglo un poco y ya estamos listos.

—Vale. Oye, Sonia, si no te importa, ¿podemos seguir charlando mientras que te cambias? ¿Podías dejar la puerta abierta?

—Claro que sí, que te veo con ganas de conversación, pero no te vayas a asomar que hay algunos hombres demasiado curiosos. Tú ya me entiendes…

—Tranquila, mujer, que no pienso moverme de la barra. Verás, quería hacerte una pregunta, pero tenía que esperar a que se marcharan tus graciosas compañeras. Son incorregibles, sobre todo la tal Elisa…

—Ah, ya te comprendo. Lógico, después de la diversión que hemos tenido. ¿Y qué es eso por lo que me quieres preguntar, señor fisgón?

—Pues es muy simple. ¿Tú tienes novio, Sonia? Es que me noto un poco confuso y la verdad, no tengo ni idea de a qué atenerme.

—¿Eh? Pero ¿qué estás diciendo, loco? Por supuesto que no. ¿Por quién me tomas? ¿Crees que iba a salir con un extraño si ya estuviese comprometida? ¿No recuerdas nuestra conversación del primer día? Te dije con claridad que estaba soltera, al igual que tú.

—Ya, ya. Lo que pasa es que los tiempos cambian aceleradamente y ya conozco a algunas parejas que conviven bajo un mismo techo sin estar casados. Lo que ayer no se admitía, hoy ya se contempla.

—Sí, en eso tienes razón. Pero ya sé que en tu caso y debido a tu última experiencia afectiva, conservas cierto recelo hacia las compañías femeninas. Ahora ya lo sabes: soy tan libre como las olas del mar.

—Clara, como el agua. ¿Y eso quiere decir que en el pasado no tuviste novio o que no has estado comprometida?

—Ja, ja, sabía que la próxima pregunta que me ibas a hacer era esa. ¡Qué previsible eres, hombre! Soy joven, León. No olvides que me llevas cuatro años de edad. Para satisfacer tu curiosidad, te diré que nunca he tenido una historia como la tuya, es decir, una relación durante un tiempo prolongado e incluso con planes de boda. Lo mío ha resultado más breve. Fueron tres enamoramientos, mas insisto, de corta duración. Es curioso, pero todos se produjeron con una cadencia regular. Con cada curso en la facultad, iniciaba un nuevo romance. Sin embargo, a los pocos meses, la llama del amor se iba apagando. Después de montar el negocio y de organizar un nuevo plan de trabajo, parece que mi mente estaba tan ocupada que ya no disponía ni de tiempo para enredarme con los asuntos del corazón. Por decirlo con otras palabras, la cuestión del enamoramiento y de los hombres pasó a un segundo plano.

—Te has explicado muy bien. Al menos, ya he sido nombrado “cliente especial” del café. Sin embargo, no tengo claro si eso significa que también podría llegar a ser “amigo especial” de la señorita que dirige el local.

—Eh, qué impetuoso, mi buen León —expresó Sonia mientras abría sus ojos con gesto de sorpresa—. Podrías, claro, pero aún es pronto. ¿No te parece?

—Sí, es cierto; se ve que la ginebra me ha abierto un poco la circunferencia de mi boca. Además, como tú decías antes, ahora mismo estoy enfadado con el género femenino desde lo ocurrido no hace mucho. Imagina la coyuntura. Si a ti te hubiera pasado algo similar ¿no te sentirías un poco resabiada con los hombres? Sé sincera, por favor.

—Vale, no lo niego. Tras una decepción tan gorda como la tuya, admito que quizá yo habría reaccionado del mismo modo. De todas formas, esa desconfianza, yo no podría mantenerla durante mucho tiempo. No es mi naturaleza y eso sería como hipotecar una futura relación pensando que me va a suceder lo mismo, con independencia del personaje que tuviese enfrente de mi vista y de las circunstancias.

…continuará…

2 comentarios en «SONIA Y LEÓN (17) Congeniando»

  1. Tanto Sonia quanto León mantêm um diálogo informal. Isso colabora para a aproximação de ambos.

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SONIA Y LEÓN (18) Intimidades

Dom Nov 1 , 2020
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Sí, al menos tu planteamiento es más constructivo que el mío. Espero que en breve, a mí me pase lo mismo y que me centre más en el presente que en una historia que ya se acabó. Quiero pensar que haberme trasladado a más de mil kilómetros de mi […]