SONIA Y LEÓN (32) El pediatra

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—Consulte en las guías de salud, en los seguros médicos, entre familiares o conocidos y procure averiguar si ese médico existe y en caso afirmativo, lleve a Pablo a su consulta.

—Pero, ¿qué está diciendo, acaso le conoce usted? No me diga que tiene un hijo y que le ha llevado a ese pediatra.

—No, Ana y a hora viene la parte problemática de este asunto. Yo no tengo hijos y si pudiera explicarle lo que me pasa sin que se me malinterpretara…

—Creo que no la entiendo del todo.

—Ya. Lo importante no es lo que me sucede a mí, sino a su hijo. Solo puedo darle esa indicación, la búsqueda le corresponde a usted, que para eso es la madre del crío y la persona más afectada, la que desea lo mejor para el niño. Como usted misma decía antes: ambos se merecen dormir tranquilamente. Por cierto, su marido ¿está por aquí? No le veo.

—Ni le ve ni le verá. Es imposible y además, eso es otra historia completamente distinta. No se lo va a creer y tampoco es un asunto del que me apetezca hablar. Lo único que le puedo decir es que al año de nacer mi Pablo, nos abandonó. Me imagino que usted entiende lo que eso significa para los dos. No tengo ni idea de por dónde andará y después de la preocupación por la vitalidad de mi hijo, tampoco invierto mucho tiempo en pensar en ese desalmado.

—Pues tiene toda la razón, señora. Bueno, Ana, que supongo que tendrán que marcharse. No la molesto más con mi charloteo. Solo les deseo a ambos lo mejor y que se cuiden el uno al otro.

—En fin, nunca se sabe dónde una puede encontrar la sorpresa más grande. Me deja usted intrigada con lo del médico ese que ha mencionado. En cualquier caso, le agradezco la atención que ha tenido con nosotros.

—Y yo espero que no se vaya preocupada, sino esperanzada. Adiós y buenas tardes.

—Adiós, señorita Sonia.

—Ah, y vuelva cuando quiera y si es posible, con el pequeño Pablo. Les estaré esperando para otra deliciosa merienda. No sabe qué ilusión me haría contemplar a su hijo ya recuperado.

León permaneció durante unos segundos mudo, pensando en la significación que podría tener el episodio que le había contado su novia.

—Ay, mi amor, qué sensiblero que eres. ¿Acaso vas a derramar alguna lagrimilla? Te aseguro que no he exagerado ni un ápice con este incidente. Es así, tal y como sucedió. No he omitido ningún detalle para saciar tu curiosidad. Recuerda que fuiste tú el que me quisiste preguntar.

—Sí, es cierto. Me he emocionado y tu relato me ha removido algo por dentro. Será que me he identificado por completo con el problema de ese chiquillo y desde luego, con el dolor de su madre. Es que existen personas que sufren una serie de problemas muy grandes y que, a menudo, ignoramos. Nos conformamos simplemente con que a nosotros nos vaya bien y ya ves el dolor que hay extendido por el mundo.

—Buena reflexión, León. Somos unos privilegiados y yo me siento aún más afortunada desde el momento en el que te conocí. No obstante, agárrate a tu silla, porque lo mejor de esta aventura que me tocó vivir aún no ha terminado.

—¿Lo mejor? ¡Eres fenomenal, Sonia! Uf, tengo la sensación de que me voy a emocionar de nuevo. Por favor, sigue.

—Sí. Mira, el tiempo pasó. Ocurrió lo habitual, es decir, con tanto trabajo, aquel hecho se me fue olvidando. Sin embargo, yo intuía que era imposible que aquella crónica desapareciera de mi vida. Hace así como unos dos meses, estaba atareada por la mañana con unos clientes, cuando de repente, una furgoneta aparcó junto a la entrada del local. Un hombre muy simpático descendió de aquel coche, entró y le preguntó a Carmen si conocía a un a tal Sonia González. Al ser avisada, le pregunté a ese señor el motivo por el que me buscaba. Me dijo que era repartidor de una bodega y que traía para mí una docena de cajas de vino. Imagina mi cara de asombro, porque yo no había realizado ningún pedido de ese tipo y aquel hombre insistía en que yo era la destinataria, tal y como figuraba claramente en el envío a la dirección del “Café Ágata”. En fin, 144 botellas de variadas clases que incluían vino fino, oloroso, amontillado, dulce e incluso brandy de una de las más famosas bodegas de Jerez.

—Pero, ¿qué me estás diciendo? Ahora solo me falta conocer la relación que existe entre ese estupendo lote que recibiste y la historia de esa mujer…

—Pues sí. Ese señor me dijo que se trataba de un obsequio personal y que a él le habían encargado que me lo entregase. Tan solo me dio un sobre que contenía una tarjeta.

—Bueno, y ¿qué había escrito dentro?

—Espera, cariño, no seas tan impaciente. Luego de despedirme de aquel repartidor, estaba ansiosa por descubrir lo que contenía aquella carta. En la tarjeta ponía exactamente: “De parte de Ana y de Pablo. Dos personas muy felices gracias a un tal doctor Pacheco”.

—¡Dios mío, impresionante! Ese médico que tú habías percibido en tu visión existía realmente. ¿No era así? No se trataba de un truco mental o de una fantasía que llegó de repente a tu imaginación, simplemente de una anticipación en el tiempo a una realidad que debía suceder.

…continuará…

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SONIA Y LEÓN (33) La mejor respuesta

Dom Dic 27 , 2020
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Así fue, León. En la tarjeta, se añadía que esa misma tarde ambos se pasarían por el local. —Me pongo a pensar y creo que la escena debió ser tremenda. —Cierto, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Yo, que he vivido la desgracia hecha carne en mi propia […]