SONIA Y LEÓN (33) La mejor respuesta

—Así fue, León. En la tarjeta, se añadía que esa misma tarde ambos se pasarían por el local.

—Me pongo a pensar y creo que la escena debió ser tremenda.

—Cierto, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Yo, que he vivido la desgracia hecha carne en mi propia familia, me abracé a ellos como si fuera una más en la vida de aquella pareja. Resulta que el padre de Ana y abuelo de Pablo, era un importante bodeguero de la ciudad de Jerez, el cual realizó las oportunas pesquisas para dar con ese doctor. Su hija se lo había comentado a modo de anécdota, recordando la escena acontecida en el café, y ese señor se quedó pensativo y en vez de dejar pasar la ocasión, efectuó las indagaciones más convenientes hasta localizar a ese galeno que, por supuesto, era pediatra y que para más información, se había especializado en el tratamiento de las alergias infantiles. En una de las conversaciones mantenidas por el tal Pacheco y Ana, el doctor le comentó a la madre del crío que él mismo había sufrido mucho durante su infancia a causa de las alergias y que eso le había llevado de mayor a dedicarse a fondo a ese campo de la medicina. Una vez examinado el caso del niño, todo se resolvió satisfactoriamente. En los meses que llevaba de tratamiento, el pequeño había efectuado grandes progresos y el recuerdo de aquella patología iba poco a poco desapareciendo. Por fin y gracias a Dios, madre e hijo podían dormir un poco mejor con cada noche que pasaba. Aquella mañana, me hizo tanta ilusión el regalo de esa señora, que sabiendo que iban a volver por la tarde, acudí a una pastelería cercana y encargué una tarta que luego, acompañamos de un delicioso chocolate los tres juntos. Qué gracia, pero el pobre de Pablo no sabía por qué tenía que soplar sobre una sola vela cuando él era ya mayor. Le expliqué, a mi manera, que para él y su mamá, aquello representaba el comienzo de una nueva vida.

—Ja, ja, y que lo digas, Sonia.

—Desde luego. Le manifesté a Ana que su obsequio había sido excesivo y que no tenía por qué haberse molestado en enviarme todas aquellas cajas de vino. Simplemente, con haber entrado de nuevo en el local y haberme comentado las novedades, yo me hubiese sentido la mujer más feliz del mundo. Sin embargo, ella insistió, advirtiéndome de que el abuelo de Pablo no habría permitido una negativa por mi parte en aceptar ese regalo. La buena mujer me explicó también que poco le importaba cómo yo había intuido o adivinado la existencia de ese médico, sino los resultados obtenidos. En fin, como has podido escuchar, una bella historia con final feliz… ay, qué recuerdos tan gratos.

—¡Qué educada fue esa señora!

—Creo que había sufrido tanto con la enfermedad de su hijo, además del golpe recibido con el abandono por parte de su marido, que para ella, aquello era como nacer de nuevo. No quiero ni imaginar lo que supondría para mí meterme en la cama y no poder descansar bien una y otra noche. Figúrate el ánimo que yo tendría por las mañanas para abrir el café y atender a la clientela. Otro tipo de personas con las que he hablado me preguntan por el secreto de ese mecanismo para que esas respuestas aparezcan en mi cabeza; los más delicados me llaman vidente y los más groseros me acusan de bruja. No te quiero recordar lo que habría sido de mí hace unos siglos.

—Pues habrías sido quemada en plaza pública para dar ejemplo y a la vez, meter miedo en el resto de la gente.

—Sí, está claro. Otros se ponen un poco pesados, en el sentido de que desean oír una respuesta válida frente a la ignorancia del fenómeno. Yo no sé darles explicaciones y aunque tuviera un veredicto para mi caso, no creo que eso les satisficiera. Ana, en cambio, fue elegante y no quiso profundizar en esa cuestión. Se sentía tan agradecida, que ella tan solo deseaba compartir esa felicidad conmigo. Aún tengo en la memoria sus palabras cuando se despidió de mí.

—¿Sí? Y ¿qué te dijo esa buena señora?

—Lo recuerdo con exactitud: “Sonia, da igual de dónde te venga ese don, pero Dios está contigo”.

—¡Qué respuesta más maravillosa! ¿Le dijiste algo?

—Sí. Le expresé lo primero que se me vino a la cabeza: “Ana, Dios está con todos, pero sobre todo, con los que más sufren”. Fue una contestación automática, no necesité pensar para verbalizarla. A día de hoy, aún no sé si algo o alguien habló a través de mí. En fin, misterios de la ciencia…

—Impresionante, qué marejada de experiencias llevas por dentro. Me has dejado conmovido con ese relato. Confieso que ahora mismo soy todo corazón, sentimiento.

—Me alegro de que estas historias provoquen en ti reacciones tan tiernas. Quizá tú lo ignores, porque a veces es difícil mirarse en el espejo con sinceridad, pero ya te lo digo yo: eres un hombre con una gran receptividad y eso, no tiene precio.

Tras unos segundos de un penetrante silencio, León se levantó de la silla lentamente y comentó:

—Sonia, por favor, ¿puedo darte el mejor abrazo de mi vida?

—Pues claro, bobo. Pensé que no me lo ibas a pedir. Mira qué sensible te has vuelto desde que me has conocido. Te estoy aportando cosas buenas, al igual que tú a mí al escucharme y al comprenderme. La gente “rara” como yo necesitamos de ese cariño que tú me das con tu mirada. Anda, ven a mí y disfrutemos de este momento.

…continuará…

4 Replies to “SONIA Y LEÓN (33) La mejor respuesta”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *