SONIA Y LEÓN (13) Removiendo el pasado

—De veras, León, alégrate. Hay cosas en la vida que al principio parecen horribles, pero que transcurrido un tiempo, se asimilan y se comprenden en su justa dimensión. Lo que al inicio puede suponer un duro golpe, como tú comentabas, luego se convierte en una magnífica oportunidad para progresar y continuar con tu trayecto; porque la vida, después de todo, es avanzar. ¿No estás de acuerdo? Puedes discrepar de mi postura, que conste. Venga, anímate, que te noto un poco abatido.

—Sí, tú me hablas de progreso. Y estoy de acuerdo, pero ¿hacia dónde? Perdona mi pesimismo, pero es que toda esta charla me ha hecho rememorar cosas que ya creía alejadas de mi interior. Lo cierto es que me he dado cuenta de que no, que aún existen ahí ciertos aspectos que me siguen doliendo muy adentro. Vale, tienes razón, Sonia. A veces, me meto en un papel negativo que no me conviene para nada. Tu explicación a lo sucedido ha sido dura, pero terapéutica.

—Buena reflexión. Me alegro por ti. Ya sabes, las vivencias que al principio te duelen, luego te curten. Es ley de vida. Sin establecer comparaciones y de cara al aprendizaje en este camino de la existencia, a mí me ha marcado mucho perder a mis padres siendo yo tan joven. Puede que a ti te pase algo parecido, al haber desaparecido ese vínculo que te unía a esa mujer. No todo se acaba por haberte alejado de Marta. Ella seguirá con su aprendizaje y tú, con tu camino…

—Supongo.

—¡Uf, después de esta conversación, me siento cansada! ¿Lo comprendes? Es como si mi energía se hubiese escapado por mi boca. De ahí el agotamiento.

—Vaya, no sé ni lo que decir. Jamás habría imaginado hace unas horas que este encuentro y este diálogo tan curioso se iban a producir. Perdona por mi expresión, pero de alguna manera has removido esa suciedad que llevaba por dentro y ahora que lo pienso, te estoy agradecido por esta conversación tan fructífera. Creo que fue una gran idea venir a almorzar esa tarde que crucé la puerta de tu café. Siendo más concreto, qué suerte que tropezaras conmigo, pues gracias a ese contacto hemos podido profundizar más en nuestro conocimiento mutuo.

—Ja, ja, ja… tienes toda la razón, León. Resultó un tropiezo proverbial. Si te parece bien, podríamos hacer una cosa. Yo cierro ya todo y me voy a casa. Mañana a la misma hora, te acercas por aquí, y si te apetece, nos vamos a dar una vuelta por ahí, fuera del trabajo. Hoy ya no puedo con mi alma y me toca volver aquí mañana sábado. Anda, mira que si ahora le empiezas a dar vueltas al asunto y te acabas enfadando conmigo, mira que si ya nunca más vuelves por aquí… Ya te avisé antes que había personas, que tras una charla conmigo, jamás aparecían de nuevo por el café. A mí, con la mano en el corazón, me apenaría mucho no volver a escuchar ese acento gallego tan peculiar que tienes.

—Claro, no puedo prever lo que me va a pasar de aquí a unas horas, pero no tengas dudas: mañana estaré en el café Ágata a la misma hora. Venga, te ayudo a recoger y ya me marcho. ¿Vale?

—Muy bien, León. Encantada por tu amable colaboración. Te vas a reír, pero por un momento, se me ha venido a la cabeza la idea de que éramos socios y que compartías el trabajo conmigo.

—¡Muy bueno! —expresó el joven mientras que se reía—. Ya veo que vives en tu mundo. Eres incorregible, Sonia.

***

Cuando el joven llegó a casa y se introdujo en la cama, le costó horrores dormirse. Y eso que llevaba acumulado sobre sus espaldas todo el cansancio de la semana. Su cabeza pasaba de una escena a otra con rapidez, como si no pudiese olvidar la reciente e intensa conversación que había mantenido con aquella mujer a quien apenas conocía. No dejaba de extrañarse por la inusual familiaridad que había alcanzado con la dueña del local en su segundo encuentro. Tampoco sospechaba que aquella mujer le iba a remover con sus palabras tantas cosas de su interior, de su historia más cercana. Percibía esa sensación de desnudez que se tiene cuando alguien, sin saber exactamente el cómo ni el porqué, puede disponer de un acceso tan fácil a tu intimidad, a tus secretos, a tu relación afectiva con una antigua novia.

¿Cómo era posible que esa chica, con tan solo rozarle la piel, hubiese tenido acceso a su memoria, a unos recuerdos que para él no resultaban agradables? ¿De dónde provenía aquella capacidad para atravesar las barreras que todos desarrollamos para mantener a salvo nuestra confidencialidad? Incluso solo con tocarle, la joven ya había descubierto el verdadero motivo por el que él había decidido rehacer su vida hasta alejarse de su lugar de nacimiento y viajar hasta el otro extremo de España. Se trataba de innumerables preguntas sin respuesta, de unos interrogantes que precisaba contestar antes de volverse loco con esa extraña historia que le había sucedido delante de su propio rostro.

Ya más calmado, después de mil vueltas en la cama, hubo un momento en el que se concentró en la cara positiva de aquel encuentro. De ese modo, se abrió a la posibilidad de pensar que aquella conversación no era sino el inicio de un nuevo período, una invitación a dejar atrás la más triste memoria de su larga relación con Marta, con la que incluso había proyectado planes de boda y un futuro juntos. Tal vez Sonia, con esa profunda reflexión sobre su pasado, le había destapado la vista a una nueva realidad, una etapa donde debería permanecer más receptivo a la influencia de otras personas. ¿No sería su ofuscación con su antigua novia una razón para acomodarse y evitar nuevos desafíos en el futuro? ¿No constituirían sus quejas el perfecto argumento para no tener que luchar por un novedoso vínculo y acostumbrarse a una soledad sin correr los riesgos que toda relación humana implica?

…continuará…

2 Replies to “SONIA Y LEÓN (13) Removiendo el pasado”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *