SONIA Y LEÓN (30) Un nuevo caso

—Pues claro que te has explicado, mi amor —replicó de inmediato Sonia—, pero me parece a mí que en la vida hay que desenvolverse con un mayor equilibrio en todos los campos y no solo en las cuentas, pues en caso contrario, comienzan los desajustes. Venga, no te alarmes, que se te ha quedado cara de tonto. ¡Yo te enseñaré, no creas que te vas a escapar! Así aprenderás a manejarte. Ya sabes que me dedico a la restauración. Lo mismo te preparo un cóctel que te hago una paella. He tenido que espabilar porque no tenía más remedio.

—Claro, es de agradecer ese gesto de experta profesora. Sin embargo, todo esto se puede contemplar desde otra perspectiva.

—¿A qué te refieres, listillo?

—Imagina que yo fuese un diestro cocinero. ¿Qué piensas que habría ocurrido?

—Pues no tengo ni idea, León. A estas horas y después de catorce horas en el bar, no estoy para muchas elucubraciones.

—Pues es muy sencillo, querida. Yo no habría entrado en el café Ágata a almorzar aquella tarde de grato recuerdo. Tan solo me habría ido a casa y con mis capacidades, yo mismo me habría preparado un plato maravilloso.

—Vale, ha sido una devolución del golpe muy inteligente por tu parte. Probablemente no nos hubiésemos conocido. Por tu buen razonamiento, esta noche te vas a salvar, pero eso no te va a librar en el futuro de aplicar tus conocimientos al noble arte de guisar. Sí, sí, que me conozco esa sonrisita; y no pienses que son solo los números los que mueven la vida. Hay que comer para pensar y si es posible, comer bien.

—Lo acepto y me comprometo con tu desafío. Cambiando de tema, Sonia, he estado pensando sobre lo que te sucedía cuando estaba caminando y también llegué a la conclusión de que, si ese día no me hubieses derramado aquella cerveza, pues tampoco nos habríamos conocido.

—Ciertamente. Gracias a mi intuición, supe al instante quién eras y por qué habías aparecido por allí. No te quejes de falta de intimidad frente a mí, que te veo venir. Lo que se me vino a la cabeza sobre ti permitió que me atrajeses más, porque supe con rapidez que, pese a esa historia turbulenta de engaño y decepción, en el fondo eras un buen hombre. De la superficie, ya ni hablo, guapo, porque eso se ve a primera vista y se toca.

—Ja, ja, qué bien sabes combinar una dulce bronca con el elogio más ingenioso. Admiro tu capacidad. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Tú dirás.

—Lo que me contaste sobre esa experiencia con aquel hombre al que le pediste que fuese al médico, una vez que viste lo que le iba a pasar en tu mente, me impresionó. De todas formas, debió ser un hecho triste para ti, porque a pesar de tu buena voluntad por darle un consejo provechoso, él no te hizo ningún caso y las consecuencias que se desataron ya las conocemos. En este año que llevas con ese fenómeno y que coincide prácticamente con la apertura de tu negocio, dime, ¿has tenido alguna experiencia positiva con tu tema? Cuéntame, por favor, porque cuanto más sepa de tus capacidades, más sabré de ti.

—Qué gentil por tu parte, León. ¡Cómo sabes que estas cosas son mi debilidad! Vale. Te adelanto que, en efecto, sí ha habido buenos momentos. Sin embargo, nunca uno tan maravilloso como el caso que, mientras cenamos, te voy a relatar.

—Te escucho con atención. Qué extraño, pero a veces, tengo la impresión de ser un periodista que acaba de empezar a escribir la crónica de una persona extraordinaria, aunque te advierto que no pienso tomar apuntes. Y eso que, pensándolo bien, cualquiera diría que acabamos de presentarnos.

—Sí. Me satisface esa curiosidad que he despertado en ti. Otro, quizá ya habría salido corriendo o simplemente, se hubiese apartado de mí para evitar complicaciones con una mujer un tanto rara. Mira, hace algo así como unos seis meses, ya iniciado el otoño, una mujer y su hijo aparecieron por el local. El niño, que tendría unos seis años, se empeñó en tomar una taza de chocolate, pues al parecer, le encantaba. Como era octubre, el ambiente estaba más fresquito y a mí me gusta preparar esa bebida que, en verano, aquí sería una locura debido al calor. Te resultará peculiar, pero desde que aquella madre entró allí, me llamó mucho la atención su aspecto como de agotada, como si en sus gestos o en su rostro denotara una profunda sensación de cansancio. Fíjate bien, porque a los pocos minutos, la que te habla, ya se había dado cuenta de la causa de esa fatiga.

—¿De veras, Sonia? Eres increíble. ¿Y qué fue eso que observaste?

—Tranquilo, no te emociones mucho, que el motivo era de lo más lógico. El pequeño no hacía más que toser y de vez en cuando, también estornudaba. El pobrecito se pasaba más tiempo haciendo eso que actuando con normalidad. La mamá de aquel niño, un tanto agobiada, andaba de continuo con un pañuelo en sus manos para limpiarle la nariz. Aunque yo no soy doctora, era evidente que al crío le ocurría algo y por la forma de manifestarse, no se trataba de un simple resfriado contagiado en la escuela. Noté que allí existía un problema de salud serio, que sin ser algo grave, sí que le incomodaba bastante. Al pequeño, por sufrirlo y a la madre, por la ansiedad que aquello le generaba.

—Ah, ya te entiendo. Entonces, llegó el instante de tocar al niño…

—No, vamos por orden, León. Durante el tiempo que permanecieron allí, yo me fijaba en ellos y una vez que los dos terminaron con sus consumiciones, algo me vino a la cabeza. Fue un fuerte impulso el que sentí para regalarle algo a ese chiquillo, pues sus continuos accesos de tos habían despertado en mí un sentimiento de compasión. Por un segundo, parecía yo la mamá del crío. Entonces, recordé que, en la trastienda, tenía un bote grande de cristal lleno de caramelos, ya sabes, para cuando entraba algún niño travieso en el café a fin de que se quedase más tranquilo. No era ese el caso, pero no pude evitar dejarme conducir por ese instinto.

—Pues sí que se está poniendo interesante la historia…

…continuará…

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