SONIA Y LEÓN (42) Jugando a detectives

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—¿Eso es todo? —exclamó León con asombro.

—¿Te parece poco? Al final de todo, contemplé al novio de Carmen tirado en el suelo, sin moverse. Creo que estaba tan mal, que ese hecho rebajó la furia de aquel extraño que luego lo levantó con sus brazos y se lo llevó, pero no sé a qué lugar. Mi mente solo se movió en el vestuario donde ocurrieron los hechos y después, la visión se cortó.

—Impresionante esa aproximación que tuviste. Parece un caso hecho para detectives que precisan ir reuniendo datos, atando cabos hasta alcanzar las causas del ataque.

—Ten en cuenta que estamos hablando de una paliza, no de un homicidio. Por fortuna, Joaquín está dolorido, pero sano y a salvo en el hospital. Lo que tengo claro es que él miente, o que al menos, solo ha contado una parte de la historia. Lo único en lo que concuerdo con su versión es que estaba en un gimnasio y en que fue agredido. Lo demás, no lo ha dicho por pura conveniencia.

—Creo que la pregunta fundamental es: ¿por qué ese misterioso hombre se ensañaría de esa manera con Joaquín?

—Sí, es cierto. Dijo que no le conocía y que por eso no iba a denunciarlo, pero me parece muy raro que alguien penetre en un gimnasio con un claro objetivo en su cabeza: agredir a un hombre que está allí y que está teniendo sexo con una mujer. Además, aparte de ella, ni un solo testigo. Más extraño todavía.

—Así es, salvo que…

—Venga, cuéntame ese golpe de intuición que acabas de tener.

—El hecho de que no hubiese nadie por allí me lleva a pensar que el gimnasio, en esos momentos, estaba cerrado al público. Eso explicaría también que esa pareja pudiese estar en pleno acto sexual, algo impensable si hubiera habido por allí otras personas.

—Es verdad, qué buena deducción. Recuerdo que en el café se recibió una llamada cuando estábamos almorzando y claro, a esa hora, los gimnasios cierran hasta que vuelven a abrir por la tarde. La otra pregunta básica sería: ¿quién dio el aviso para que Joaquín fuese conducido hasta el hospital? No pudo ser él, porque según mi visión, permaneció en el suelo aturdido, sin poder moverse por los tremendos golpes recibidos. Como al final fue evacuado, eso me lleva a concluir en que debió ser el propio agresor el que lo sacó de allí y lo dejó en otro lugar.

—Veamos, Sonia. ¿Estás sugiriendo que el mismo atacante fue quien avisó a emergencias para que le atendiesen? Eso sería un cambio de actitud sorprendente.

—Sí, aparentemente sería ilógico, a menos que…no fuese él, sino la mujer que desapareció de la escena, pero que alarmada por la paliza que había recibido su amante, llamase a alguna ambulancia.

—Puede incluso que no fuese ni ella, sino que se lo dijese a alguien ante la gravedad de la situación.

—Sí, es posible. Veamos: ¿cuál es el rasgo de Joaquín que más altera a Carmen?

—Pues según me dijiste, su fama de donjuán —asintió con certeza León.

—De hecho, lo que estaba haciendo con esa rubia era algo más que flirtear. ¿No crees? Lo vi con los ojos de mi alma. Fue como viajar al lugar de los hechos.

—Aporto más a este complicado caso: ¿quién es el principal afectado cuando se produce una situación de cuernos?

—Está claro, la pareja del afectado por la infidelidad del otro, hombre o mujer.

—Lo cual nos conduce… a creer que quizá el agresor pudiese ser el marido de la rubia.

—Es una buena hipótesis —respondió pensativa Sonia.

—Supongamos entonces que el agresor era el marido de esa señora.

—De acuerdo. Se trata de un esposo cabreado cuando se entera del adulterio.

—Sin embargo, ¿por qué en un gimnasio? Si a esa hora estaba cerrado ¿cómo estaban allí fornicando? Alguno de ellos tendría la llave.

—A lo mejor, algún empleado del gimnasio o un mismo usuario puso en alerta al marido de la rubia.

—El atacante era de complexión fuerte y se comportó como un profesional de la lucha, bien entrenado, en otras palabras, que le dio un escarmiento brutal al hombre que se había liado con su esposa.

—Creo, León, que nos estamos aproximando a la verdad de este asunto. Ahora comprendo que Joaquín silenciara todos esos aspectos, dando a entender que no conocía de nada a ese individuo. Aquello no fue una casualidad o una equivocación. Tenemos a los tres actores principales: un marido despechado, la mujer infiel y nuestro Joaquín.

—Mucho me temo que si fuesen interrogados, ninguno de ellos diría la verdad para no quedar comprometidos.

—Has sido sutil. Creo que por eso debemos parar aquí nuestra “investigación”, hasta que no poseamos más datos.

—Estoy de acuerdo, señora “comisaria”. Qué emoción. Seguiremos avanzando más adelante, a la espera de informaciones relevantes.

—Muy bien, señor “inspector”. Le auguro un futuro brillante en su labor.

—Y ahora, ¿podemos tomar un vino para festejar el éxito de nuestras pesquisas?

—Por supuesto, ya verás cómo esclarecemos todo este asunto. Al tiempo.

…continuará…

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