SONIA Y LEÓN (14) Elisa, la camarera

Justo antes de cerrar sus ojos, León se prometió a sí mismo ahondar en su amistad con aquella misteriosa mujer que tanto le había deslumbrado en su segunda aproximación. En ese estado de duermevela, presagió que algo favorecedor para ambos surgiría si los dos continuaban tratándose y dándose a conocer. Siendo la primera vez que se había cruzado con una persona tan enigmática, se durmió con el fuerte deseo de profundizar en el alma de la dueña de aquel coqueto café.

***

En lo que parecía una escena repetida veinticuatro horas antes, León penetraba en el local del día anterior. Sin embargo, como no observó a la propietaria por allí, preguntó a una de las camareras mientras que se acomodaba con parsimonia en uno de los taburetes de la barra.

—Perdona, ¿has visto a Sonia? Me dijo ayer que me acercara aquí sobre esta hora y me extraña no haberme cruzado con ella.

—Ah, sí. Ya me avisó. Ha tenido que salir a un sitio cercano a comprar no sé qué, pero no creo que se demore mucho. ¿Quieres que te sirva algo mientras tanto?

—Ah, pues ya que lo dices, sí. Como ya es fin de semana, me tomaré un gin-tonic, con hielo y un poco de limón.

—De acuerdo, en cuanto termine con esa mesa, estoy contigo.

Pasados unos minutos…

—¿Ves? La paciencia tiene premio. Ya te sirvo.

—Oye, el otro día estuve comiendo aquí y Sonia me dijo que trabajaba con otras dos mujeres. Al final, no conseguí hacerme con vuestros nombres.

—Yo soy Elisa y aquella que está con los clientes es Carmen. Ya ves, las tres juntas llevamos el negocio adelante. Y tú… tú eres León, claro.

—¡Caramba, qué aguda! ¿Y cómo es eso que sabes mi nombre si ni siquiera hemos hablado antes?

—Pues no tiene nada de “paranormal”, como la jefa. Espero que no te decepcione, pero es algo más sencillo que eso: simplemente, Sonia nos dijo que ibas a venir.

—Ah, ahora lo entiendo. Y dime, Elisa, ¿ella te ha contado algo de mí?

—Uf, si supieras. Esta mañana nos ha reunido a las dos y nos ha relatado los aspectos más importantes de tu pasado y de toda tu vida, incluyendo todos los detalles. Así que ya lo sabes, a partir de ahora, ten cuidado con lo que hablas, porque yo ya tengo mucha más información de ti que tú de nosotras.

El joven no pudo impedir atragantarse con el primer sorbo de gin-tonic que se deslizaba sobre su garganta. Así fue su espontánea reacción ante las palabras que acababa de escuchar.

—Casi se me va el líquido por la otra parte. Venga ya, debe ser broma, no creo que ella te haya desvelado mis secretos. Además, eso significaría que tú piensas que yo he intimado con ella hasta el punto de darte todos los pormenores de mi existencia.

—Vale, tranquilo, muchacho. Solo se trataba de una pequeña novatada para ponerte a prueba. ¡Qué voy yo a saber de ti! Relájate, hombre, que no tengo ni idea de cómo eres, solo que tienes un acento muy extraño del norte y que eres muy atractivo. ¡Vamos, que eso se aprecia a primera vista! ¿Ves? Ya te he dicho algo positivo para que no te enfades por la broma de antes.

—En eso tienes razón, Elisa. Aún no he pillado ese lado tan divertido que soléis tener aquí en el bar, en vuestras conversaciones. Es cierto que soy un tipo serio, quizá demasiado, pero no aburrido. Ah, y gracias por el elogio; que una chica te diga eso sin conocerte, pues es para alegrarte la tarde. Cambiando de tema, no es muy normal abrir un negocio regentado solo por tres mujeres. ¿No te parece?

—Qué anticuado estás, León o como te llames. Ya iba siendo hora de que las mujeres nos valiésemos por nosotras mismas. Que después de tantos años de dictadura, ya hemos entrado en democracia y eso se tiene que notar en las calles, en las familias y por supuesto, en los trabajos.

—Sí, supongo. La gente ya puede votar, pero supongo que un sistema democrático no consistirá tan solo en depositar una papeleta en una urna cada cuatro años.

—Uy, esa cuestión es demasiado seria como para discutirla a esta hora.

—Vale, mujer, entonces te dejo continuar con tu labor.

—Ah, no pasa nada. ¿No ves que estoy fregando estos vasos? A mí no me importa seguir con la charla con alguien tan distante de esta ciudad. Siempre se pueden aprender cosas nuevas, sobre todo con los hombres más guapos.

—Vaya, qué graciosa eres. Y digo yo, que tú ya sabrás que tu jefa posee un don especial.

—¿Un don? ¿Qué don? ¿Acaso sabe tocar el piano con su nariz o convierte las pesetas en billetes de mil?

—Ay, por favor, no me digas que no sabes nada de lo que le ocurre.

—Ah, ya veo por dónde vas. Tú te refieres a su capacidad para “ver”.

—Sí, justo eso. Por fin nos entendemos. A mí me “vio” el otro día y lo cierto es que me dejó temblando, desconcertado.

…continuará…

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