SONIA Y LEÓN (41) Visión en el hospital

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—Venga, Carmen, no seas exagerada. El éxito de nuestro trabajo se basa en que seamos solidarias y que nos llevemos bien entre nosotras. Lo ocurrido ha sido una mala noticia, pero esto le podía haber pasado a cualquiera. Habrá que reajustar los horarios, a ver cómo nos apañamos y si no es posible, tendré que llamar a alguien para que te sustituya por un período.

—Bueno, jefa —dijo Elisa—, esperemos que no haya que llegar a eso. Vamos a organizarnos para seguir siendo competitivas y sacar el negocio adelante.

—Bien dicho, amiga —concluyó Sonia—. Voy a despedirme de Joaquín. Me da tanta pena verle en ese estado…

Tras aguardar un rato a que la habitación quedase libre, las tres mujeres volvieron a entrar.

—Ay, Carmen —expresó con gesto quejoso Joaquín—. Siento causarte todo este trastorno. Por más que le doy vueltas, no logro explicarme lo sucedido.

—Claro. De todas formas, ahora mismo, lo más importante es tu recuperación y que salgas de aquí cuanto antes para volver a la normalidad.

—Bueno, Joaquín —intervino Sonia mientras que le daba un toque de ánimo en su hombro—, Elisa y yo nos vamos. Ya nos veremos otro día y ojalá que ya te encuentres mejor. Cuídate mucho. Supongo que Carmen presentará la oportuna denuncia en comisaría. Esto no puede quedar así. Hay que arrestar al responsable para que no lo vuelva a hacer con más gente.

—Ya, pero yo me pregunto, que cómo voy a denunciar a un desconocido. Ni sé su nombre ni dónde vive. Además, no quiero complicaciones. Creo que me podría perjudicar de cara a mi trabajo.

—¿Perjudicar? —preguntó la dueña del café—. ¿De qué modo?

—Mira, no deseo líos. Soy una persona que vivo de mi imagen y de mis habilidades como vendedor. Tampoco me gustaría que los jefes me hiciesen demasiadas preguntas al respecto de este desagradable incidente. De veras, lo mejor será olvidar este lance cuanto antes y retornar pronto a mi ritmo de trabajo. Una vez que uno se ha metido en aguas turbias, lo recomendable es no removerlas.

—Pues no lo acabo de entender, amigo, pero bien es cierto que la responsabilidad es tuya. Tú has sido el perjudicado y tendrás que tomar la decisión que consideres oportuna. Venga, descansa. Ya Carmen nos contará en los próximos días las novedades que se vayan produciendo.

—Gracias por visitarme a las dos. Creo que voy a dormir un poco. El médico me dijo que las pastillas para el dolor me darían somnolencia.

—Ahora llegará su madre —comentó Carmen—. Ella se quedará esta noche con él y mañana me tocará a mí el turno. Adiós y gracias. Ya os informaré.

Una hora después, en la casa de Sonia…

—Pues me has dejado helado con esta historia que me acabas de contar. Y ¿dentro de un gimnasio? Si al menos hubiese habido testigos, todo sería más fácil. Sin embargo, hay algo que no entiendo. ¿Quién llamó a emergencias o a la policía para que le llevasen al hospital?

—Es verdad, León. Tienes toda la razón. Es una pregunta interesante porque me temo que con tanto jaleo, ni siquiera Carmen le ha preguntado por eso. Espera un momento, que mi mente está atando cabos… ¡Ya está!

—¿En serio? ¿Has llegado a alguna conclusión?

—No estoy al cien por cien segura, pero creo adivinar lo sucedido. Aunque te resulte increíble, lo sé desde antes de salir del hospital. Como comprenderás, tú eres el primero en saberlo.

—Me tienes impaciente, Sonia. Veamos: el último dato que tengo de tu anterior encuentro con Joaquín es el ocurrido en el café. Allí tuviste esa visión en la que le apreciabas en compañía de una mujer rubia de unos treinta años, los dos en actitud de estar muy apasionados.

—Exacto. No obstante, ignoras que hoy por la tarde, al visitarle, me cercioré de darle unos pequeños toques de despedida en su hombro. Y en ese momento, aunque disimulando, me ha venido a la mente una información aclaratoria sobre lo acontecido.

—Dios mío, esto es extraordinario. ¡Quién se iba a esperar que esa intuición se te presentara en aquel escenario de un hospital! Pues cuenta, cuenta…

—Mira, he visto con nitidez a Joaquín en un lugar que parecía justamente el vestuario donde se produjo el incidente que él le relató a Carmen. Lo sé porque había unas taquillas para guardar la ropa y unos bancos de madera para sentarse. También surgió de repente la imagen de aquella mujer treintañera, la misma que observé cuando le abracé en el café. Yendo al grano de la escena, te puedo asegurar una cosa: ellos estaban manteniendo una relación sexual. Más claro, imposible.

—¿En ese lugar? ¿En un vestuario?

—Curioso ¿no? Al instante, ambos dejaron bruscamente sus jueguecitos de amor, porque un señor con aspecto brutal y furioso penetró en ese lugar y comenzó a golpear de forma salvaje al pobre de Joaquín, el cual bastante tenía con defenderse como podía de aquel sujeto misterioso que parecía un profesional de la lucha libre.

—¿Y la chica? ¿Pudiste ver lo que sucedió con ella?

—Según entiendo, huyó. No la he podido contemplar más. Tengo la impresión de que salió de allí corriendo para evitar cualquier percance con el agresor.

…continuará….

4 comentarios en «SONIA Y LEÓN (41) Visión en el hospital»

  1. Carmem, não se sinta rejeitada, embora a sensação é dolorosa, mas é passageira. Outros amores acontecerão. Foi legal ter apanhado.

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