SONIA Y LEÓN (7) Huérfana

—Un momento, Sonia ¿acaso estás sugiriendo otra alternativa a la muerte de Gabriel?

—Si te digo la verdad, yo estoy convencida de que él deseaba morir y que halló en ese viaje la excusa perfecta para desaparecer del mapa. Eso sí, sin constituir una muerte tan visible y tan impactante como la de mi madre; ya sabes, un suicidio en su propia casa, en su propia cama… Me preguntarás por las pruebas que tengo. Evidentemente, no desarrollo labores de detective y no puedo demostrarlo. El reloj ha seguido su curso, hace ya más de un año de aquello, pero en el fondo, sabía que mi padre había perdido el interés por vivir, que todo carecía de sentido en su existencia una vez desaparecida la figura de su ser más querido, de Ágata.

—¡Dios mío, qué momento tan fundamental en tu historia…!

—Pues sí, León. En poco tiempo, me había quedado huérfana por completo. No viviendo mi familia paterna o materna cerca, decidí mirar de frente, asumir el reto que tenía ante mi vista y que no era otro que el de llevar una existencia independiente. Ya había cumplido los veinte años y pese al horror de lo acontecido, de esa sensación de que te han arrancado tus vínculos más íntimos, no me iba a dejar arrastrar por unas circunstancias tan duras.

—Aunque no te conozco y visto lo que me has contado, está claro que hay un gran mérito en tu decisión de plantarle cara a esa situación tan cruel. A esa edad, tampoco tenemos toda la experiencia del mundo y existen muchos aspectos en la vida por aclarar.

—En mi caso, he aplicado ese dicho que habla de que «cuanto mayores son las dificultades, más fuertes nos hacemos». No sé exactamente el cómo, pero sé que mi mente se ha acostumbrado a sobrevivir en el día a día, a superar los obstáculos que surgen y que resultan inevitables.

—Sí, desde luego. Comparto plenamente tu reflexión.

—Mira, ahora te preguntarás por qué te cuento todo esto. Como tú decías antes, me he desahogado con casi un desconocido, alguien que solo ha entrado dos veces por esa puerta y del que no sé nada de su intimidad. Quizá pienses que estoy loca por revelarte esos aspectos tan profundos de mi historia, que me he quedado traumatizada por un pasado muy incómodo. Sin embargo, creo que te equivocarías si pensases eso acerca de mí.

—Te entiendo; es como si tuviera la sensación de que esto va muy deprisa. Sin embargo, te confieso que escucharte ha resultado para mí una experiencia muy intensa y que por supuesto, me ha interesado. Nunca he conocido a una persona con esos antecedentes tan problemáticos en su biografía. Sé que hay gente, que al escuchar tu relato, hubiera salido corriendo. Muchos huyen incluso de las dificultades ajenas, porque los problemas de otros, a menudo nos asustan… Desde mi perspectiva, yo me solidarizo con tu sufrimiento, tal vez porque piense, que si a mí me hubiese ocurrido lo mismo, estaría en tratamiento psiquiátrico o muy desequilibrado en mi estado de ánimo. Y es que no es fácil ser hija única y perder a tus dos referentes más importantes en tan corto espacio de tiempo. Además, a tu edad, siendo alguien tan joven, no todo el mundo ha madurado su personalidad.

—Bien. Voy a terminar con la crónica más reciente para que llegues a entender cómo he llegado hasta aquí, hasta el momento presente. Mi padre, al observar el estado de salud tan delicado por el que iba pasando su esposa, suscribió un seguro de vida en previsión de incidentes. Él pensaba en su hija, porque de alguna forma, si las cosas se complicaban, ese dinero podría ser para mí, para mis estudios, para apoyarme económicamente en el futuro. Y así fue. De mi madre, a Gabriel no le correspondió nada porque ninguna compañía paga en caso de suicidio. Sin embargo, sí cobré la parte que me correspondía cuando él falleció en accidente de tráfico. Piensa una cosa: desde la terrible desaparición de mi madre, mi padre redujo su vida social, casi no salía, por lo que apenas gastaba. Al morir, además de la cantidad del seguro, me legó un suculento peculio producto de su trabajo y de sus ahorros. Fue así, como con poco más de veinte años, la que te habla poseía en su cuenta bancaria una cantidad elevada de dinero.

—Y… ¿qué hiciste con todos esos ahorros, Sonia?

—Pues digamos que “sufrí” un ataque de madurez. Estaba sola en el mundo y casi de la noche a la mañana, me hice una buena adulta, capaz de tomar graves decisiones y de invertir ese capital en algo práctico. Como ya te podrás imaginar, me puse a pensar y después de meditarlo mucho, me dije a mí misma: ¿y por qué no?

—Y ¿”por qué no”, qué?

—Pues ya lo ves. Tú mismo lo contemplas. Ni siquiera esperé a terminar mis estudios. Lo importante, tras el brutal impacto sufrido, era vivir, no pretender tener colgado un título universitario en la pared de mi habitación. Decidí ser mi propia jefa y abrir este café con el nombre bien claro de alguien que durante años, había sufrido tanto en su silencio. Contraté a mis dos compañeras y desde ese instante, caminamos hacia delante. Y ¿sabes qué?

—Dime.

—Que no me puedo quejar. No me he hecho millonaria ni esa era mi intención, pero esto era justo la confirmación de lo que yo quería: trabajar y que otros trabajasen conmigo, ser independiente y despertar mi vocación.

—Ya veo. ¡Qué buen proyecto! Y transcurrido ese tiempo, ¿cuál sería la calificación que le pondrías a este negocio desde que lo inauguraste hasta el día de la fecha?

—Hum, siendo franca, un notable alto, casi rozando el sobresaliente.

…continuará…

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