SONIA Y LEÓN (16) Momentos de esparcimiento

—Calma, amigo —expresó la joven mientras espiraba con fuerza—. Tengamos un sábado tranquilo, aunque a lo mejor, te aburres conmigo. Es cierto que sé algunas cosas de ti, pero ignoro tu carácter, cómo te diviertes, qué piensas de la vida y qué quieres hacer con ella.

—¡Vaya, cuántas preguntas! Solo espero que no me sometas a un interrogatorio. Tú, en plan policía, con autoridad, y yo, en plan detenido que ha hecho algo malo.

—Pues no creas, León, no parece una mala idea, je, je. Oye, disculpa. Un cliente “normal” acaba de entrar y me está llamando. Estamos en el trabajo y me temo que no puedo dejar de atenderle. Luego hablamos, guapo. ¡Ya voy, señor!

—De acuerdo y tranquila, que esperaré mi turno pacientemente. Este gin-tonic me está sentando de maravilla.

Llegado el cierre, Elisa y Carmen se dispusieron a ordenar el local y a dejarlo preparado para su apertura el siguiente lunes.

—Perdona, pero tú debes ser León, el que no se despega de la barra.

—Y tú, claro, por eliminación, tienes que ser Carmen. Sonia ya me ha hablado algo de ti. Encantado, pero como comprenderás y respecto a lo de la barra, no me iba a poner a dar vueltas a lo largo del local como si fuese un loco. Mejor aquí, sentadito, disfrutando de un buen trago. ¿No te parece?

—Sí, por supuesto —admitió Carmen—. Oye, la jefa ha tenido contigo un buen ojo clínico. ¡Qué buen aspecto tienes, caramba!

—Pues esto parece una apuesta, la verdad. Ya eres la segunda persona que esta tarde me hace el mismo comentario. Te resultará gracioso, pero en mi tierra, las mujeres no me halagan tanto. Debo plantearme muy en serio el quedarme en este lugar para siempre. Tanto elogio me sube la autoestima.

—Me alegraría de que te quedases, la verdad. A ti lo que te ocurre es lo del refrán, ya lo conoces: “nadie es profeta en su tierra”. Bueno, guapo, dicen que Sonia ya te ha leído los pensamientos.

—¡Eh, Carmen! —dijo en voz alta la jefa mientras que recogía una de las mesas—. No te pases con León y déjale en paz, no vaya a ser que te pegue unos rugidos, ja, ja, ja…

—Escuchadme: ¿otra vez estáis de broma con mi nombre? Que fue idea de mi padre, ni siquiera sé el motivo por el que lo hizo. A lo mejor, quería tener en casa a un niño que fuese una fiera. Pero ya veis que ni tengo zarpas ni me abalanzo sobre nadie para comérmelo. Soy un hombre pacífico y profundo.

—Tonterías, chaval —intervino Elisa—. Tú lo que eres es una pieza de caza mayor, que tampoco te enteras de lo que te ha dicho mi compañera. Funcionario de hacienda, con un buen puesto de trabajo asegurado. ¿Sabes una cosa? Aquí no vas a durar mucho tiempo como soltero, salvo que no quieras complicarte la vida. Te lo digo yo. Ya sabes que cualquier relación implica dificultades, aunque se compense con otros momentos más apasionados… ¿A que ahora me has entendido? Y no te hagas el despistado, por favor, que no acabas de cumplir los dieciocho.

—Bueno, como visitante y recién llegado a esta ciudad, lo que sí compruebo es que os lleváis muy bien entre las tres y que os habéis tomado este trabajo de forma muy divertida, pero eficaz al mismo tiempo. ¿No es así?

—Ah, interesante apreciación, León —, pero yo no voy a comentar nada de eso que para eso soy la que manda. ¡Que hablen mis compañeras! Venga, chicas, ¿os atrevéis a dar vuestra opinión al respecto delante de un desconocido?

—Pues yo aquí estoy muy bien —respondió Carmen muy convencida—. No pienso irme de este café salvo que me echen. Con eso ya está todo dicho. Es estimulante trabajar aquí y que conste que no estoy exagerando. Venga, Elisa, qué raro que no hayas abierto tu boca antes que yo. Gracias a este amable caballero, la jefa nos está haciendo una encuesta laboral. Mide tu respuesta que tú eres muy lanzada y a veces, no hay agua en la piscina.

—¿Lanzada? ¿Yo? No. Lanzada es la jefa que mira al tío que se ha ligado. Vino hace unos días a comer, a tomar copas ayer y a tomar copas hoy. Y mira lo bien que se le ve, ahí sentado con su culito precioso en la barra, como si estuviera en el salón de su casa. Por lo demás, yo me siento contenta en este sitio, pero confieso que soy una fan envidiosa de Sonia. Mira que he piropeado a nuestro recién llegado y nada, ni caso, y sin embargo, algo especial debe tener la que manda porque mira al forastero, cómo se queda embobado cada vez que ella abre su boca. Vamos, que la vista de ese tal León no solo sigue el cuerpo de la jefa, sino hasta su sombra.

—Pero, por Dios —intervino con prontitud el joven—. Ahora sí que te he comprendido perfectamente. Hay que ver lo exagerada que puedes llegar a ser y aun así, es que no tengo más remedio que reírme con esa gracia improvisada que te sale de los labios. ¿Eres siempre así en tus declaraciones? Es que tú, antes de juzgar, ya has emitido sentencia. ¡Qué mujer!

—Bien, León —interrumpió Sonia entre aplausos—. Esto se pone interesante. La has golpeado duro donde más le duele, en su orgullo, ja, ja, ja… no sigas por ese camino o me temo que nos vas a poder regresar a este local en años.

—Caramba, jefa, qué mala reputación me echas; que una es vehemente, pero no ha perdido el juicio. Además, el hecho de que yo sea la más abierta de las tres no implica que sea la peor. Por ejemplo, Carmen, ahí donde la veis, es la más callada, pero por dentro, es un volcán…

…continuará…

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