SONIA Y LEÓN (82) La nueva camarera

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—Sí, claro, Sonia —respondió Carmen con un gesto convincente—. Hay tiempo para ver cómo responde. Yo también colaboraré con Elisa. No le voy a dejar todo el peso de controlar a la nueva, por mucha prima suya que sea. Anda, ¿habéis oído? Alguien ha abierto la puerta. Tranquilas, ya me encargo. Voy a atender al cliente mientras que vosotras termináis con este asunto. Luego me informáis…

—Vale, de acuerdo. Bueno, Elisa, llama hoy mismo a tu prima y si acepta, dile que se pase por el café mañana. Tengo que hacerle una entrevista y luego, ya veremos lo que ocurre.

—Sonia, estoy convencida de que no te va a decepcionar.

—Sí, lo deseo tanto como tú. Venga, te invito a un café para celebrarlo, que a esta hora no me apetece tomarme una copa. Es demasiado pronto. Solo espero que todo esto sirva para darle un mayor impulso al local. Como se suele decir, que sea para bien.

—Lo mismo digo yo, jefa. Que sea para bien. Estoy pensando en la cara de Julia. Verás qué ilusión le va a causar enterarse de esta noticia, saber que alguien se ha fijado en ella para abrirse paso en lo profesional. Y a mi tía, claro.

Aquel viernes por la noche, durante la cena…

—Oye, cariño, lo había olvidado por completo. Es que hoy tuvimos un día agitado en Hacienda. ¿Qué tal resultó la entrevista con esa chica nueva? Tengo curiosidad. El que disfrutes de unas tardes tranquilas a partir de este momento va a depender mucho de que la candidata sea efectiva en su labor. Bueno, la recomendación de Elisa lo puso todo más fácil ¿no? Venga, cuenta, cuenta.

—Pues siendo sincera, he de reconocer que el asunto fue mejor de lo que esperaba. No obstante, creo que me han «ayudado».

—¿Eh? —expresó sorprendido León—. ¿De veras que has utilizado tus «poderes» para filtrar convenientemente a la aspirante? No me lo puedo creer. ¿Qué va a pensar de ti?

—Pues sí, pero déjame que te lo explique, que te veo muy lanzado. La chica apareció por allí esta mañana, a la hora fijada. Parecía más bien tímida o tal vez fuese por los nervios que tenía ante su primera oportunidad laboral. Cuando pasó al reservado, ese lugar donde tú y yo tuvimos nuestra primera charla seria, le di un abrazo a modo de bienvenida. No me mires así, lo hice de forma amistosa; después de todo, no era una absoluta desconocida, sino un miembro de la familia de una de mis compañeras.

—Vale, seguro que pasó algo llamativo. Me apuesto lo que quieras.

—Ya, no apuestes tanto, a ver si vas a perder, listo. En fin, aparte de las bromas, lo cierto es que en cuanto la abracé, una curiosa sensación de armonía se apoderó de mí. Eso fue una buena señal. Al sentarnos, la miré de frente y tuve la impresión de que se trataba de una persona que transmitía serenidad, a pesar de su juventud. Me fijé en los rasgos de su rostro y en esa coyuntura, mi imaginación voló. De repente, la vi en la cumbre de una montaña, rodeada de árboles y de abundante vegetación. Quise percatarme de cuál sería ese lugar y comprobé que a su alrededor existía una gran masa de agua. Estaba claro que ella estaba en una isla en la cual había una montaña desde la que se observaba un cielo azul y precioso. Tras unos segundos, esa imagen idílica cesó, pero la sensación de paz continuó todo el tiempo que duró la entrevista. Veamos, León, te pongo tarea. ¿Cómo interpretarías tú esa experiencia que tuve?

—Uy, así de pronto, no sé qué responder. Espera, creo que si yo hubiera presenciado esa escena, para mí habría resultado una sensación inmejorable, o en otras palabras, una señal positiva en cuanto a estar delante de una mujer adecuada para ese puesto.

—Bien por ti, mi amor. Aprendes rápido. Como te habrás dado cuenta, a veces no hay que darle muchas vueltas a las cosas, sino dejarse llevar por el primer impulso intuitivo que surge en tu mente. Coincido contigo. Eso fue lo que yo noté también. Por cierto, no hables de «poderes», que no soy una hechicera ni la heroína de una película de ciencia ficción. Si te escuchase tu jefe, te echaría la bronca. En fin, yendo a lo concreto, esa chica me ha caído bien, me ha causado una grata impresión. No he necesitado meditarlo mucho: le he dicho que el lunes a primera hora esté allí para empezar. Ah, y tuvo un gran gesto.

—¿A qué te refieres?

—Pues por propia iniciativa, sin yo pedirle nada, se quedó allí más de una hora para que Elisa le explicase la mecánica del trabajo y cómo funciona el café. No está mal ¿verdad? La vi con mucho empeño y con ganas de agradar.

—Bueno, eso es normal, sobre todo al inicio. Además, seguro que Elisa la adiestró a conciencia para que supiera lo que decir y cómo comportarse. En cualquier caso, creo que acertaste con tu decisión. Te felicito por tu nueva contratación. La vida sigue y has dado un paso importante como profesional de la restauración y como persona. Cada vez te veo más en tu nuevo papel como administradora y supervisora. Tu ritmo va a cambiar y todo esto te va a regalar más tiempo libre, para lo que surja en tus tardes, que ahora serán de tu exclusiva propiedad.

—Pues sí, tienes toda la razón. Brindemos por estos tiempos que surgen. Empiezo a pensar que ese encuentro con tu jefe me dio suerte. Y mira que yo no creo en el azar, ya me conoces.

Las jornadas siguientes a la incorporación de Julia resultaron muy favorables de cara a desarrollar los planes que Sonia albergaba en su cabeza. La jovencita se adaptó bien a sus quehaceres en el café y si le entraba alguna duda, consultaba a sus compañeras, lo que constituía un magnífico augurio de la prudencia de la nueva camarera. Por otro lado, la dueña del negocio fue empleando las tardes libres en estudiar a conciencia «El libro de los espíritus». Sonia se notaba distinta, más cómoda consigo misma y a esto había contribuido, sin duda, la reorganización que había efectuado en su trabajo, ahora en su rol como gestora. Con el paso de las semanas, se dio cuenta de que la contratación de Julia había resultado todo un acierto.

…continuará…

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