SONIA Y LEÓN (1) La llamada

Eran las cinco de la tarde cuando el teléfono sonó en aquel apartamento con vistas al mar. El piso resultaba coqueto, sobre todo por su cuidada decoración, lo que hacía de aquel lugar un espacio confortable para ser habitado. A su dueña le encantaban las flores, pues tanto en la terraza como en el interior, abundaban las plantas variadas que proporcionaban a aquel sitio un ambiente de eterna primavera. Un canario de plumaje azafranado, que con su agudo canto alegraba las horas del día, completaba aquel escenario tan acogedor.

Aquella mujer de aspecto mayor y que se encontraba leyendo una novela en su mullido sillón, se dispuso a atender la llamada.

—Sí, dígame…

—Buenas tardes. Deseaba hablar con la señora Sonia González. ¿Es usted?

—Sí, soy yo. ¿Qué quería?

—Antes que nada, me presentaré. Mi nombre es Darío Rojas y soy periodista. Verá, estoy preparando un artículo extenso sobre su figura, Sonia. Me gustaría publicarlo en el suplemento semanal de mi periódico y añadirle alguna que otra foto de su vida, antigua o actual. Eso último lo dejaría a su elección. En función del tiempo que empleásemos para la entrevista, tendría que calcular en qué fin de semana podría publicarse. No se alarme; la recogida de datos no me llevaría mucho tiempo. El formato que utilizaría sería el de preguntas abiertas que abarcasen aspectos sobre su trayectoria vital. En fin, se trataría de mostrar a los lectores que usted continúa siendo historia viva de esta ciudad. ¿Qué tal, qué le parece la idea?

—Ah, pues por mí encantada —respondió de forma rápida la señora—. Parece un proyecto interesante. Así ocuparé el tiempo y me divertiré. No obstante, le diré una cosa. A mí, esto de hablar por teléfono, me cansa. Si le soy sincera, casi preferiría que fuese cara a cara.

—Ah, genial. Gracias por su amabilidad, doña Sonia. Estoy seguro de que vamos a llegar a un buen acuerdo. Si le apetece, podríamos citarnos para que usted se pasara por aquí, por la redacción. Luego, nos ubicaríamos en una habitación cómoda y silenciosa para charlar con tranquilidad y así, yo haría las anotaciones.

—La verdad es que no sé…

—Sí, creo que la entiendo —comentó Darío ante las dudas expresadas por la mujer—. Tal vez usted prefiera que nos veamos en un hotel cercano o en una cafetería. ¿Sería un mejor escenario?

—Es que verá, Darío, últimamente salgo poco a la calle. Estos dolores que me sobrevienen por todo el cuerpo no me dejan en paz y si me da una crisis fuera de casa, para mí… sería más que complicado. ¿Lo comprende? Déjeme pensar un momento… Y ¿qué le parecería si nos viésemos en mi propia casa? Para mí, resultaría mucho más cómodo y a usted, no creo que le suponga ningún inconveniente o al menos, eso creo yo. No tendríamos que aguantar ruidos, estaríamos tranquilos y la charla podría fluir sin impedimentos ni distracciones innecesarias.

—Caramba, pues ahora que lo ha dicho, tiene usted toda la razón. Me sorprende, doña Sonia. No es muy habitual que a su edad, se le abra la casa a un desconocido, por muy periodista que sea.

—Ya, lo entiendo. Sin embargo, haciendo uso de mis habilidades, creo que es usted una persona de confianza. Aunque le parezca increíble, yo percibo todo eso incluso a través de las ondas telefónicas, o tal vez, solo se trate del tono de su voz que me transmite la suficiente tranquilidad.

—Sí, de usted no me sorprende nada, ja, ja. Tengo conocimiento de sus aptitudes. Gracias por su franqueza.

—Oiga, joven. ¿Qué opina si nos tuteamos? ¿No estaríamos como más naturales?

—Por mí encantado, Sonia. Lo que pasa es que usted era y es un mito y por eso, quería mantener una posición de respeto. Sin embargo, haré lo que me dices.

—Muy bien… Darío. Ya verás cómo pasamos un buen rato. Yo, ahora, tengo mucho tiempo libre, o sea, que no me importa adaptarme a tu horario de trabajo.

—Pues estás siendo muy cordial, Sonia. Creo que no has perdido absolutamente nada de esa simpatía que tenías cuando trabajabas. En verdad, es lo que he oído decir de ti y no pienso que hayas cambiado en ese aspecto. Con haberte escuchado tan solo unos minutos, ya me he percatado de ello.

—Sí, es cierto. Aún conservo esa actitud. Ya ves, Darío, que existen personas de todos los caracteres, faltaría más, pero digo yo, que siempre se vive mejor con un poco de encanto y amabilidad. Los gestos agrios no facilitan la comunicación, precisamente. Y nosotros, lo que vamos a hacer es justo eso, comunicarnos. En fin, pues ahora y con tu permiso, voy a seguir leyendo este libro tan absorbente que tenía entre manos. Dime un día y una hora y ya quedamos. Ah, y no te olvides de traer tu acreditación como periodista, que me gusta comprobar que todo está en regla.

—Por supuesto, cómo no, Sonia. Me llevaré mi carnet profesional para que sea lo primero que veas. Un momento, que voy a examinar la agenda y ya te ofrezco las posibilidades para efectuar la entrevista…

…continuará…

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