SONIA Y LEÓN (20) Despertando juntos

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Cuando aún no había salido de su asombro, este llegó a más, al comprobar cómo la cabeza de Sonia descansaba junto a su hombro derecho. Con prontitud, mientras que terminaba por recobrar completamente la lucidez, intentó efectuar un certero análisis que le permitiese ubicarse en la coyuntura por la que estaba pasando. Notaba un apreciable dolor en sus sienes, que sin llegar a ser insoportable, le impedía cavilar al ritmo al que estaba acostumbrado.

Unos segundos después, hilando escenas y lugares, palabras y gestos, así como multitud de sonrisas, entendió que se hallaba acostado en la cama del piso de Sonia. Tendido junto a ella, ambos ligeros de ropa y con una sábana que apenas cubría el cuerpo de ambos, pudo recordar que, con cada minuto que transcurría de la anterior noche, la conversación se había intensificado mientras que la intimidad entre los dos jóvenes se había acentuado hasta el punto de aparecer los besos y las caricias a cada momento. Ganaron tanta confianza que con el paso de las horas, sus figuras se acercaron más y más hasta rozarse los labios, las pestañas e incluso sus almas.

Finalmente, embriagados por la contagiosa felicidad de aquellos instantes y por los vapores del dios Baco, los dos se habían acostado en el mismo lecho hasta convertirse en amantes de un solo cuerpo y de infinitas emociones compartidas.

—Hum… ¿ya te has despertado, León? ¡Qué tempranero eres! Anda, déjame un poco más que hoy es domingo. Piensa que este es el único día de la semana en el que no pongo el despertador.

—¡Ah, sí, sí, tranquila! —expresó el joven en voz baja—. Lo que ocurre es que una vez que abro los ojos, ya me cuesta mucho trabajo volverme a dormir. Si te parece bien, buscaré por la cocina y preparo algo para desayunar. Esta vez, yo seré el camarero y tú, la invitada…

—Vaaale, solo un ratito más, cariño.

Una media hora más tarde…

—¡Eh, Sonia! ¡Cómo me alegro de que ya te hayas levantado! Lo tengo todo organizado. Como he visto naranjas en la mesa, te he hecho un zumo. Supongo que te lo tomarás por costumbre.

—¡Ay, Dios, qué dolor de cabeza! Sí, me vendrá bien para beber algo que compense la resaca. Uf, creo que nos pasamos un poco de la raya anoche, ¿no crees?

—¿Te refieres a la bebida o a lo que sucedió después?

—A lo primero, hombre. No seas bobo. Lo otro fue genial, eso te lo aseguro.

—Comparto tu opinión, amiga.

—¿Amiga? ¿Acaso te cuesta dinero pronunciar esas palabras mágicas tan conocidas como “cariño” o “mi amor”?

—Sí, llevas razón, Sonia. Anda, coge esta tostada que me ha quedado perfecta. ¿Qué le vas a poner?

—Pues sí, está en su punto. Pásame el aceite de oliva, por favor. Estaba pensando que en tus ratos libres, quizá debería contratarte para trabajar en mi café. De ese modo, además de ayudarme, demostrarías tu afecto por mí.

—Lo veo difícil, pues ya sabes que los funcionarios tenemos la incompatibilidad, y por tanto, no podemos desarrollar más labor que la nuestra.

—Hum… por ahí te vas a librar, León —expresó la mujer con tono divertido.

—Aún no puedo creerlo, Sonia. Ha sido todo tan rápido. Llegar desde tan lejos, tomar posesión de mi puesto en la oficina de Hacienda, entrar a comer aquel día en tu café y al poco, fíjate, aquí estamos, en la intimidad de tu hogar como si fuésemos una pareja que se conoce desde hace mil años. No estoy juzgando nada, tan solo trato de describir una realidad que me está aconteciendo.

—Veamos una cosa, porque te voy a hacer una pregunta. No pienses que te vas a librar de mi curiosidad.

—Lo que quieras.

—Bien. ¿Te has acordado de Marta en algún momento de la noche?

—¡Anda, pues es verdad! Te aseguro que en ningún instante su figura ha aparecido en mis recuerdos. Es curioso, pero me hallaba tan concentrado en tus palabras, en la forma de tu rostro, en tu mirada y en tus besos, que parecía que ella no había existido en mi vida.

—Claro, espero que ahora lo entiendas. ¿Ves cómo yo llevaba mi parte de razón? Si tu mente se centra en un asunto que le resulta interesante y placentero, rápidamente te olvidas del resto del mundo, incluso de tu propia historia.

—Es lo que yo decía antes, que tendrías que poner una consulta sobre temas íntimos. Quién sabe, a lo mejor ganarías más dinero que con el café. No sería una mala idea.

—Creo que de esto ya hemos hablado. Primero, no poseo titulación para hacer de esa práctica una labor profesional y segundo, no pienso que obtener dinero por eso esté dentro de mi cometido. Además, el negocio va ahora de maravilla, una vez superadas las dificultades del principio. Si Dios quiere, a mi bar le espera un buen futuro.

—¿Dices eso por tus “poderes”?

…continuará…

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