LA MUJER DE PIEDRA (III)

—Si supieras todo lo que una ciega puede percibir de la persona que tiene a su alrededor y más si se trata del ser al que ama…
 
—Hemos leído, hemos compartido tantas lecturas juntos que puedo comprender perfectamente cómo te sientes. En verdad, cuando yo te contaba todas estas historias escritas en los libros es como si tú estuvieses haciéndolo conmigo a la par. En este caso, mi voz eran tus ojos…
 
—Dices bien, Edward. Sabes expresar lo contenido en los libros porque tú vives también en esas obras, porque es tu alma la que pone voz a esos relatos…
 
—Escuchándote, pienso que ambos nos hemos liberado de una gran carga interior que guardábamos y que teníamos pendiente de mostrar el uno al otro. Por eso, siempre te agradeceré que hayas sido tú la que retiraras el velo de la pintura que constituía nuestro sentimiento mutuo, una pasión que habitaba por debajo de nuestros ropajes y que solo al desnudarnos ha aparecido con toda su belleza.
 
—Gracias, mi amor.
 
Y la piedra que componía mi fachada de cara al exterior se hizo añicos, la oruga se transformó en mariposa y voló alto tratando de aligerar la carga de los demás. El amor de Edward me hizo “ver” todas las posibilidades que había perdido en lo que había sido mi vida hasta el momento de experimentar ese sentimiento inmortal que se llama amor. Y las potencialidades que dormían en las páginas de los libros se convirtieron en actos de caridad. Sus besos y sus caricias me impelían a hacer el bien y yo me notaba encantada. Comencé a interesarme por la situación de todas esas personas, para mí desconocidas, que trabajaban en mis empresas. Definitivamente, cambié la lectura compulsiva por la escucha activa y pude oír de forma directa la descripción que la gente hacía de los problemas que acechaban su existencia. Mi administrador se mostró encantado con mi nuevo proyecto: por un lado, fundé una Institución donde se atendiera convenientemente a las personas invidentes y se estimulara la investigación para superar esa limitación. Por otro, creé un Club de Lectura en la ciudad dirigido por los mejores profesionales, para que se incentivara el gusto por los libros y por todo el aprendizaje que se podía extraer de las obras humanas plasmadas en esas letras eternas que han pasado a la historia. Eso sí, invitando a todos los nuevos socios a que aplicaran todas esas enseñanzas a sus vidas, para que no les ocurriera como a mí, que durante tantos años había cultivado la erudición y no había sido consciente de que vivía en la más absoluta ignorancia, al ser incapaz de traducir en buenas obras todo ese aprendizaje que los libros me transmitían.
 
Y transcurrieron los años. Seguía leyendo a través de la voz de mi Edward, aunque cada vez menos, dado que debía invertir mi tiempo en atender otras obras. Cuando vi cerca mi final, me sucedió una de las experiencias más maravillosas de mi paso por esta dimensión. Una noche, salí de mi habitación junto a mi amado para dar un paseo por el jardín y cuando giré la cabeza hacia mi izquierda, pude contemplar perfectamente todos los rasgos de su rostro, desde sus tiernas arrugas hasta sus lindos ojos verdes. Fue una sensación tan fascinante que mis manos no podían dejar de palpar todos los poros de su cara, desde sus cabellos hasta los labios de su boca. ¡Dios mío, fue como volar al recuperar la vista con los ojos de mi espíritu! Al despertar del sueño me sentí ansiosa por compartir mi experiencia con Edward, el cual no salía de su asombro al escuchar de mi voz todos los detalles que yo ”vi” de él en esa madrugada y que coincidían por supuesto con su fisonomía en aquella época.
 
Emocionado hasta el éxtasis, me hizo prometer algo muy importante. Él creía en la inmortalidad del alma y en que nuestras vidas, de algún modo continuarían conectadas a pesar de la ausencia del cuerpo. De este modo, llegamos a un acuerdo magnífico entre personas que se amaban. El primero que falleciese debía tratar de encontrar la forma de comunicarse con el otro para demostrarle que efectivamente, los lazos del amor permanecían intactos a pesar de la desaparición del envoltorio físico.
 
Y llegó el supremo instante de decir adiós o un hasta luego a mi casa, a mi jardín, a mi ceguera, a mis empresas, a mis empleados, a mis libros, a mi Edward… No podía sentirme más satisfecha y di gracias en el lecho de mi muerte de que al menos, durante los últimos años de mi estancia en la tierra, podía de alguna forma haber compensado el tremendo egoísmo que había consumido la primera parte de mi existencia, donde al obcecarme con el manoseo de tanto libro había evitado rozar la piel de tantos y tantos seres que me rodeaban y de los cuales yo no era ni siquiera consciente. ¡Quién sabe lo que hubiera sido de mí sin aquella fatídica caída por las escaleras de mi casa! Tal vez hubiera seguido con la vista de mis ojos pero negando la visión hacia los demás. Ese “descenso a la oscuridad”, a la larga, había resultado providencial al tiempo que me había permitido contactar con mi auténtico trampolín hacia el bien, mi
amadísimo Edward.
 
No sé exactamente qué tiempo transcurrió desde mi “mudanza de casa”. Probablemente debieron pasar algunos meses pero la ocasión fue propicia. Conmigo estaba una presencia maravillosa que actuaba a modo de preceptora, un espíritu con forma femenina, hermosísima, que desde los primeros instantes se encargó de guiarme y de aconsejarme por mi nueva morada. De este modo, una noche, cerca ya del amanecer, me condujo a mi antigua vivienda donde cerca de la puerta principal me esperaba el alma desprendida de mi querido Edward. Fue así como dimos juntos de la mano, imitando nuestras viejas caminatas mientras él me leía, un paseo por el jardín entre árboles y bellísimas flores que ahora me parecían más lindas que nunca.
 
 
…continuará…
 
 
 

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