LA MUJER DE PIEDRA (y IV)

—Mi amado, tal y como acordamos en aquella jornada de promesas compartidas, yo te antecedí en el tránsito hacia esa luz primigenia que nos muestra el don de la inmortalidad y que duerme en nuestros corazones. Ahora quiero que conserves el recuerdo intacto de este nuestro encuentro, de esta reunión entre criaturas que se quieren y que se extrañan cuando no están cogidas de la mano. Mi amor, cuando despiertes, dirígete hacia el salón central. Allí, cerca de la chimenea, hallarás una vitrina de cristal y dentro de ella una caja de palo de rosa adornada con polvo de oro. En su interior hallarás una edición ilustrada de “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo, obra que fue escrita en 1831, una de las cumbres de la literatura romántica y de la que tanto gozaba. Ya sabes, la historia de Esmeralda y  Quasimodo en la Notre Dame del siglo XV. Por unos instantes, te preguntarás el porqué de ese libro y no otro. Cuando lo abras, sabrás el motivo. Consérvalo como mi mejor regalo, como la prueba definitiva que demuestra la supervivencia de mi alma, ese testimonio del más allá por el que tanto suspiramos y por el que nos conocimos. Ahora debo marcharme. He de regresar con mi mentora. Antes de despedirnos, dame otro abrazo de ese amor que no cesa, de esa chispa que traspasa fronteras y que nos une desde el pensamiento…
 
Pasaron unos minutos cuando Edward se despertó en su cama con el recuerdo imborrable y deleitoso de su encuentro con su amada. Sin tiempo para otro asunto que no fuese ese, se dirigió con premura hacia el salón, localizó la vitrina y la caja de rosa, la cual, entre nervios, abrió. Al contemplar el libro, observó un pequeño hueco entre sus primeras páginas, como si un objeto estuviese escondido allí. Al descubrirlo, varias lágrimas cayeron lentamente de sus ojos y mientras atravesaban sus mejillas, multitud de recuerdos acudieron a su mente, un torrente de sentimientos compartidos con su mujer en los que no podía dejar de pensar. Con la caja entre sus manos y “Nuestra Señora de París” dentro, a modo de tesoro que jamás se atrevería a perder, atravesó el jardín corriendo hasta alcanzar el despacho del  viejo y leal administrador que en esos momentos de la mañana ya estaba trabajando.
 
—Buenos días, John. Perdona que te interrumpa en tus tareas, pero he de hacerte una pregunta muy importante…
 
—Pues el señor dirá…
 
—¿Reconoces este objeto que tengo entre mis manos?
 
—¡Cómo no, señor! ¡Qué recuerdos tan inolvidables! —expresó John mientras miraba con atención la caja.
 
—Contiene un libro de Víctor Hugo en su interior…
 
—Claro. Permítame que le cuente… Esa preciosa caja de palo de rosa fue un regalo de los padres de la señora Elisabeth que le hicieron cuando esta alcanzó su mayoría de edad al cumplir los dieciocho años. Tristemente, eso sucedió unos días antes de que ellos emprendieran un viaje en el que por desgracia fallecieron tras un brutal accidente. Señor, su esposa guardaba un fervor casi religioso por ese objeto, como es fácil de comprender. La fecha de su percance, aquella en la que cayó por las escaleras y perdió la vista, ella estaba leyendo precisamente “Nuestra señora de París”. Yo sabía que esa obra ilustrada de edición especial le hacía muchísima ilusión, porque me había encargado a mí en persona que se la comprase la jornada anterior. Ya sabe que Elisabeth tenía veneración por la lectura de libros románticos. Cuando fue evacuada al hospital y le dijeron que ya no volvería a ver, yo personalmente me encargué de guardar ese libro en la caja de palo de rosa, por el especial significado que tenía y por las circunstancias a las que siempre quedaría vinculado. Nadie puede ignorar que usted y la señora se conocieron poco después de tan terrible suceso, cuando al ya no estar ella en disposición de leer le contrató a usted para que lo hiciese en voz alta. Con sinceridad, creo que tomó la decisión más sabia de su vida.
 
—Gracias, John. Es increíble, ahora lo entiendo todo…
 
—Señor, recuerdo perfectamente que aquella mañana la señora se despertó temprano, salió con prisa hasta el jardín y arrancó una rosa tan roja como la sangre que utilizaría a modo de marcador, para no olvidar qué página estaba leyendo. Al regresar del hospital tras su accidente, yo dejé el libro en la caja tal y como estaba, con la rosa roja entre las páginas doce y trece, justo el tramo del libro que estaba leyendo cuando tropezó y rodó escaleras abajo… Eso es para mí un detalle que jamás podré borrar de mi memoria.  Compruébelo, por favor…
 
—En efecto, John, es tal y como tú lo has contado. Es más, casi me atrevería a afirmar que esta flor está ahora más hermosa que cuando fue arrancada. Parece como si tuviese en sí misma el contenido de la historia de esta casa y de sus moradores —afirmó Edward no pudiendo contener más la turbación que notaba en su pecho…
 
Seguidamente, Edward  le contó al administrador el relato detallado de su sueño con Elisabeth. Resultó un momento mágico en el que ambos, emocionados, se dieron un largo abrazo de amigos… La promesa se había cumplido, sin duda y Edward, en recuerdo de su amor y de su encuentro espiritual con su esposa, hizo levantar una esbelta estatua de piedra en medio de la más bella alameda del jardín, ese espacio multicolor que había sido testigo durante tantos años de sus paseos, de sus lecturas y de su enamoramiento. Y siempre que le apetecía leer, Edward acudía a la alameda Elisabeth, pues así la nombró, donde sentado en un banco y con la estatua de ella frente a frente, dejaba mecer su espíritu por el viento y soñaba con abrazar cuanto antes, a esa mujer que había perdido su vista pero que había abierto su corazón al mundo.
 
F I N
 
 
 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *