RECUERDOS DE UNA VIDA PASADA (4)

 

—Es una habitación muy sencilla —comentó Juan—. Apenas contiene objetos, salvo un mueble con manuscritos. Aquí solo vengo a realizar mi trabajo, nada más. Un momento, atención, oigo pasos y murmullos, parece que viene gente…

—¿Puedes describirme lo que está pasando?

—No sé, parece un grupo de personas que se aproxima. Sé que vienen atravesando el pasillo que está fuera de la estancia. No me levanto para verlas. Continúo con mi labor. No debo meterme donde no me llaman. ¿Eh? ¡Dios mío, la he visto…!

—¿A quién?

—Otra vez, es esa mujer, mi amor platónico, llevaba el mismo vestido. Me he quedado sorprendido. La verdad, no lo esperaba. He inclinado mi cuerpo para observar algún detalle más. Ella iba en el centro del grupo rodeada de otros señores con ropajes elegantes. Debían ser familiares o tal vez, sirvientes suyos que deben vestir de esa manera.

—¿Has podido cruzar tu mirada con la suya?

—No, no he tenido tiempo. Todo ha resultado rápido. Además, solo la he visto de espaldas, aunque la identifiqué por ese vestido azul que tan bien le queda.

—Vale. ¿Cómo te sientes?

—No sé qué emoción destacar. Noto por dentro la impotencia por el proyecto no alcanzado, pero pensándolo con más calma, todo eso no dejaba de ser una quimera de juventud, algo inviable para mí. Es verdad que sufro por ello, aunque he aprendido a reflexionar y a conformarme. No puedo luchar contra las circunstancias, contra esos elementos externos que me condicionan. Mi posición social es la que es y la suya, me resulta inalcanzable. Lo acepto y me resigno.

—Muy bien. Ahora vamos a dar otro paso. Voy a efectuar otra cuenta atrás y al acabar, quiero que avances hasta el momento preciso de tu muerte. Prepárate para realizar ese salto hacia delante…

—Ya.

—¿Qué está ocurriendo?

—Me encuentro en una estancia muy pobre. Tiene un suelo adoquinado y hay paja esparcida por toda la superficie. Hay una pequeña luz de antorcha que apenas alumbra. Es de noche. Estoy tumbado en el suelo. Mis manos se van una y otra vez hacia la zona del estómago. Me duele mucho…

—¿Qué edad tienes?

—Treinta y cinco años.

—¿Estás solo?

—Casi todo el tiempo. De vez en cuando, entra una mujer gruesa mayor que yo que me visita para ver cómo estoy. Pero se va una vez que comprueba que no hay nada que hacer.

—¿Y qué sientes ante esa situación tan preocupante?

—Nada especial. Asumo que ha llegado mi final. No pienso en nada. Me estoy yendo… Es la despedida de un mundo donde la vida no vale mucho, como si fuera un préstamo que te es concedido pero no por mucho tiempo.

—Vale. Cuéntame lo que observas ahora.

—Estoy de pie. Contemplo mi figura tendida en el frío adoquinado. No siento nada diferente. Mi tránsito ha sido dulce porque perdí la conciencia, me quedé como dormido y cuando me he despertado, he visto la escena que ahora estoy presenciando. No me encuentro angustiado, soy incapaz de hacerme preguntas sobre lo que ha pasado. Esta situación me parece hasta normal, es decir, abandonar ese refugio que era el cuerpo. Entiendo perfectamente el proceso. Lo asumo.

—De acuerdo. Dame algún detalle más sobre lo que ocurre tras dejar tu organismo.

—Cierto. Tras unos instantes más de meditación, algo sucede.

Se hizo un breve silencio, interrumpido por la voz del terapeuta…

—Venga, Henry. Continúa…

—Está llegando alguien. Se trata de una figura alta que viste un hábito marrón oscuro que le alcanza hasta los pies. Lleva una vara maciza de madera que porta en su mano izquierda y la apoya sobre el suelo. No le veo el rostro porque lo oculta bajo la capucha que le cubre. Da igual. Sé que es un hombre de autoridad, un sabio. Me toca con su mano derecha en mi hombro izquierdo como dándome ánimos. Tras hacer ese gesto, noto tranquilidad.

—¿Puedes comunicarte con él?

—Sí, pero no hablamos. Nos entendemos a través del pensamiento.

—¿Y qué te dice?

—Me comenta que debo seguirle. Es un mensaje amistoso, una invitación pacífica para cumplir con su indicación. Después de examinar por última vez mi silueta corporal tendida sobre el suelo, me dispongo a colaborar con ese fraile. Atravesamos habitaciones y muros hasta alcanzar el exterior. Al principio me sorprendo, pero en breve comprendo que ya no estoy utilizando mi organismo para moverme sino mi alma. De ahí que no tenga las limitaciones de mi antigua materia.

…continuará…

 

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