LA PRINCESA MENDIGA (II)

     

Y transcurrieron los meses y una mañana, cuando reflexionaba en medio de las bajas temperaturas sobre el sentido de aquella prueba tan singular, un hombre vestido con elegantes ropajes se paró delante de ella, se arrodilló hasta ponerse a su altura y le habló:

—Joven mendiga, permitid que me presente: mi nombre es Wilfred, soy comerciante y por fortuna, he alcanzado una buena posición económica y social en la ciudad. Bien sabe Dios que mi trabajo perseverante y mis esfuerzos han tenido relación con mi riqueza, pero me gusta ser agradecido por todo lo que he recibido. Os lo comento porque mi esposa y yo, cuando alcanzamos la fiesta de la Navidad, gustamos de invitar a cenar y dormir a alguien que como vos vive en las calles en situación de necesidad. Espero que os lo toméis a bien, que lo percibáis como una oportunidad de hacer algo distinto en tan especial noche. Os aseguro que a mi familia le gustaría contar con vuestra presencia. Ya sabéis lo que enseñó Jesús, del que sin duda habréis oído hablar, que todo el bien que hiciésemos con el prójimo en verdad se lo estaríamos haciendo a él. Aunque solo se trate de un día, nos sentiremos muy complacidos. ¿Qué decís?

—Agradezco vuestro ofrecimiento, caballero, que gentilmente aceptaré. Creo que al menos una noche me vendrá muy bien cenar y dormir en un lugar diferente al albergue para pobres como yo. Así viviré una experiencia distinta.

—Cómo me alegro de vuestra decisión. ¿Podíais decirme si no es molestia cómo os llamáis?

—No tengo nombre, caballero. Cuando era muy pequeña quedé huérfana de padre y madre, pero como desde niña era una cría que hacía muchas preguntas, acabaron por bautizarme con el nombre de “Curiosa”.

—Pues sí que es “curioso” ese apelativo así como vuestro lenguaje. Cualquiera diría que incluso por vuestra mirada no tenéis relación con la profesión que practicáis.

—Habría tantas cosas que contar, Wilfred, pero ahora no es el momento. Por cierto, ¿dónde vivís, mi señor?

—Claro, lo había olvidado. Perdonad. ¿Veis esa construcción grande que se sitúa enfrente de vuestra vista?

—Claro, es una gran casa.

—Muy bien, pues ahí tenéis vuestro hogar. Os espero en la puerta en cuanto se ponga el sol. Buenos días, joven.

—Buenos días, señor. Agradecida soy en el nombre de Dios.

Y pasaron las horas y al ocaso, la princesa se trasladó expectante hasta la entrada de aquel edifico señorial donde le esperaba el gentil comerciante.

—Os doy la bienvenida de todo corazón a mi casa, Curiosa. Habéis sido puntual.

—Buenas noches, señor. Desde luego, no me gusta hacer esperar a nadie. Es una descortesía hacia alguien que te invita a cenar y menos aún tratándose del aniversario de nuestro Señor Jesucristo.

—Decís bien; entrad, por favor, mi esposa Isolda os está esperando. No obstante y si os apetece, os ofrezco primero la posibilidad de tomar un baño de flores para aliviar sin duda, ese mal olor que arrastráis debido a vuestro estado. Si cuento con vuestro beneplácito, he dispuesto una estancia donde atendida por una criada podréis asearos correctamente. Después, bajo vuestra voluntad, os ofrezco un vestido digno y adecuado a la celebración de la fecha.

—De nuevo acertáis, Wilfred. Será para mí una gran honra tomar ese baño y aceptar vuestros ropajes.

Al rato y hechas las presentaciones, los tres se sentaron en una amplia estancia alrededor de una mesa, donde el calor de la hoguera mitigaba el severo frío invernal. Varios criados se dispusieron a servir los platos y las bebidas.

—Perdonad, mis señores, mas debo entender que solo hay tres comensales para esta cena.

—Así es, Curiosa —respondió con una sonrisa Isolda—. Ya veis, mi marido y yo siempre quisimos tener hijos pero la voluntad de Dios no nos concedió ese regalo.

—Entiendo. Si me lo permitís, preferiría beber agua. Aunque no dudo de la calidad de vuestro vino, a mí no me haría bien.

—Desde luego. Como le comentaba a Isolda, esto no deja de ser otro dato extraño que añadir al de vuestra actitud. Nunca se ha dado esta situación, es decir, la de rechazar un buen caldo para amenizar la comida. Con seguridad, las personas que viven en la calle no rechazan nunca una gustosa bebida como forma de “evadir” las penas vinculadas con su realidad.

—Disculpadme, no pretendo ser grosera, pero el vino me nublaría el pensamiento. No podría llevar una mínima conversación coherente con la cabeza aturdida.

—Mi esposa y yo lo entendemos, Curiosa. No os sintáis agobiada al respecto.

—Agradezco de nuevo vuestra gentileza.

—Mirad, llevamos ya veintitrés años celebrando la Navidad a través de la invitación a un mendigo de la calle —comentó Isolda—. Somos agradecidos con la vida, sobre todo en estas fechas, al igual que nuestro Señor lo hizo al descender a la tierra para dejarnos su mensaje y consolarnos con su ejemplo. Esta cena, lo único que pretende, es recordar tan magno evento. ¿No lo veis así?

—Eso está muy bien, queridos amigos. Ambos habéis convertido en una maravillosa rutina una tradición que no deja de ser un acto de amor.

—Querida —expresó el señor dirigiéndose a su esposa—. ¿No te parece increíble el perfil de nuestra invitada de esta noche?

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *