MARÍA, LA RATA Y LA FLOR AMARILLA (II)

María cogió entre sus manos y con extrema delicadeza la desconocida flor que la rata le ofrecía y en cuanto sus dedos la palparon con ternura y la acariciaron con afecto, su rostro desenvolvió siete sonrisas que mudaron sus ojos hasta hacía poco tristes en una expresión tan bella como los pétalos de la desconocida flor…
 
—Un momento, amiga… ¿Qué es esto que me has dado? En cuanto la he tocado es como si una energía hubiese recorrido mi cuerpo. Me siento como distinta… qué tranquilidad… qué serenidad… y qué satisfacción a la vez…
 
—Claro, María. Te contaré un secreto que no habrás de revelar a nadie para que esa flor no pierda su efecto “reconstituyente”…
 
—¿Secreto? ¿De qué estás hablando, “mente constructiva”?
 
—Esta flor fue creada con mucho amor y solo se ofrece a personas muy especiales, como tú, querida. Eran tantas tus lágrimas y tus súplicas que pedí permiso a mis superiores para acudir junto a ti y regalarte este “objeto” tan maravilloso que ahora poseerás para siempre.
 
—¿”Superiores”? ¿Acaso trabajas en una empresa, en una fábrica o sirves a una organización?
 
—María, como te dije al principio, no puedo entrar en detalles sobre mis orígenes ni mis cometidos porque eso nos llevaría horas, días o semanas y creo que tú lo que tienes es prisa… ¿Me equivoco?
 
—Es cierto, tengo urgencia por resolver mis grandes problemas…
 
—Pero, es preciso que conozcas un punto muy importante…
 
—¿De qué se trata?
 
—Es que verás, la flor amarilla que te he regalado no resuelve ninguno de tus problemas, ni de ti ni de nadie…
 
—¿No? ¡Qué gran decepción! Pero, aguarda… entonces ¿cómo actúa?
 
—Lo vas a entender bien si te digo que esta flor no cambia nada de fuera sino que solo actúa sobre tu interior.
 
—Me temo que no acabo de comprender, “mente constructiva”…
 
—¿Sabes distinguir entre lo que es externo y lo que es interno?
 
—Pues claro que sí —contestó la muchacha con cierto tono de enfado—. Puedo ser una chica triste o incluso pesimista, pero no tonta.
 
—No creas, querida. Es muy frecuente que las personas se busquen complicaciones y sufran porque no saben diferenciar bien esos dos aspectos. Esto es algo que tendrás que considerar con atención si deseas cambiar tu vida.
 
—Entonces ¿qué me sugieres que haga?
 
—Es hasta cierto punto una cuestión sencilla. Te aconsejo que la lleves puesta en alguna prenda de ropa de la que uses a diario.
 
—De acuerdo, pero si solo me va a servir como objeto de adorno… no le veo yo la utilidad.
 
—En absoluto, María. Eso forma parte del gran secreto del que antes te hablaba. Para que actúe a pleno rendimiento es necesario que la tengas cerca e incluso que la palpes. De este modo, cada vez que la tristeza, las lágrimas o la desesperación acudan a tu cabeza deberás tocarla y comprobarás cómo esa aflicción de pronto se dispersa hasta desaparecer. Si te entrenas, si practicas con la flor, llegará el día en que incluso la peor noticia no te alterará mucho, sabrás reconducirla y la paz llegará pronto a tu mente. No sé si me he explicado lo bastante bien. Por favor, me gustaría que me expusieras tus dudas, ya sabes que dispongo de poco tiempo…
 
—Mira, “mente constructiva”, voy a ser directa contigo. Me abro a ti porque confío en ti. ¿Quieres saber cuáles son mis dos problemas principales, los que más me hacen sufrir?
 
—Claro que los conozco, querida, es por eso por lo que vine en tu ayuda. No obstante, me gustaría escucharlos desde tu propia voz, tu versión de todo ello…
 
—De acuerdo, ya que eres tan inteligente y observadora, sabrás que en mi clase del instituto hay un chico que se llama Andrés que me encanta, la verdad es que no puedo dejar de pensar en él, para mí es como la otra mitad de mi vida y me paso horas y horas imaginando escenas diarias junto a él, cogidos de la mano paseando, comiendo o bebiendo juntos, besándonos… Dios mío, no sé ni por qué le estoy contando a una rata mis intimidades pero noto algo dentro de mí que me empuja a confiar en ti…
 
—Muy bien, te has explicado perfectamente. ¿Cuál es esa segunda preocupación que tanto te afecta?
 
—Verás, es que se halla totalmente relacionada con la primera cuestión, es decir, con este chico. No sabría cómo explicártelo para que lo entendieras bien…
 
—Inténtalo y ya veremos…
 
—Es que cuando me miro al espejo, no sé cómo expresarlo, pero es que no me veo lo suficientemente guapa, por eso aparto mi mirada y esta no dura más de un segundo… Qué rabia me produce, me gustaría ver mi imagen reflejada y ser distinta, más atractiva, tener una cara que fuese más fina, como más deseable para quien me contemplase. Mi problema no es mi cuerpo, del que no me quejo, sino mi rostro… Dios mío, si fuera un poco más bella, si pudiese reducir un poco el tamaño de mi nariz, si pudiese agrandar el grosor de mis labios para que fuesen más voluminosos… Ah, y también pediría unos ojos azules, me favorecería tanto ese color para caer mejor, para atraer más a los chicos y sobre todo a Andrés… ¿Ves? Es lo que te decía… ¿Te das cuenta de cómo estas dos terribles inquietudes se hallan profundamente relacionadas? Resumiendo, “mente constructiva”, esas son las dos cosas por las que lloro tanto y por las que siempre estoy frustrada y hastiada de la existencia. Cuando deseas algo con todas tus ganas y no lo alcanzas… ¿acaso no es para estar amargada? Yo quisiera el amor de Andrés y estoy totalmente segura de que si la naturaleza me hubiese dotado con un poco más de belleza, es indudable que ya llevaría tiempo siendo su novia.
 
—Muy bien, María. Veo que a tu forma, te has expresado, pero mucho me temo que te has limitado a describir una situación y no a resolverla o cuando menos, a contemplarla desde otro punto de vista.
 
—Ahora mismo no sigo tu discurso, “mente constructiva”…
 
 
…continuará…
 
 
 

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