Diario de un «obsesor» (6)

       

Se me hacía insufrible comprobar cómo era mi dulce Carolina la que buscaba a la figura de ese malhechor para hacer el amor con él en un intento por consolarle, dado el bache anímico por el que estaba atravesando merced a mi esforzado trabajo por hundirle. Deduje que el influjo de ese bastardo era tal que le había lavado el cerebro por completo a mi amada mujer, hasta tal punto de que se olvidara de mí y poder tener así sexo con él.

Pero cuanto más me amargaba al pensar en ello, más me cargaba yo de razones para odiarle y darle su merecido a esa rata. No le dejaría escapar, le acorralaría como a un vulgar roedor hasta escucharle chillar para luego pisotearle. Y así fue como seguí con mi labor de servir frío el plato de mi deliciosa venganza. Cada vez que se vestía por las mañanas y se dirigía con su currículum bajo el brazo a alguna empresa para presentar sus credenciales en busca de empleo, yo me encargaba de recordarle lo difícil que lo tenía por ser una persona cercana a la cuarentena y le convencía de la imposibilidad de que contrataran a alguien de esa edad. Cómo me excitaba al machacarle su cabeza con la idea de que el mundo actual de los negocios precisaba solo de jóvenes recién licenciados y con conocimientos puestos al día.

Ja, ja, ja… Era así como el «pobre» de Roberto llegaba muy desmoralizado a las diversas entrevistas, pues él mismo empezaba a percibirse como alguien de escasa valía frente a otros candidatos que presentaban un mayor empuje y una mayor ambición. Me di cuenta de cómo podía arruinar perfectamente su jornada con mis intervenciones psicológicas que resultaban tan perturbadoras como magistrales en su objetivo de desestabilizarle. Yo sabía dónde le dolía más pues le conocía desde hacía mucho tiempo; no era alguien extraño para mí, lo que constituía una clara ventaja a mi favor. Podía atacarle en su línea de flotación y esa táctica de marchitar su autoestima me estaba aportando unos resultados extraordinarios.

Por si acaso y como yo era muy puntilloso en mi tarea, cada vez que iba a una empresa a entregar su historial, me ocupaba una y otra vez de convencer al entrevistador de la escasa competencia del candidato que tenía frente a sus ojos y sobre la poca fiabilidad que ofrecía alguien que había sido despedido fulminantemente de su último trabajo por discutir con su jefe directo. Cómo disfrutaba al leerle el pensamiento al encargado de la selección de aspirantes, cuando este llegaba a la conclusión de la nula confianza que le generaba una persona de características cuando menos conflictivas. Al final, siempre era invitado amablemente a salir del despacho con un frío “adiós” o con un hipócrita “ya le llamaremos” que sonaba por supuesto a expresión falsa en las orejas de mi adversario. Para disfrute de mi entendimiento, estaba logrando que la carga negativa soportada sobre los hombros de Roberto se hiciera a cada hora más y más pesada.

Otra buena inspiración que tuve fue persuadirle para que se observara a sí mismo como un ser apagado, como una criatura que a cada minuto que transcurría poseía menos competencia y desde luego menos ganas para disfrutar de la vida. A fuerza de presionarle por las mañanas y por las tardes, en el coche conduciendo o en casa cuando comía, viendo la televisión o incluso lavándose los dientes antes de acostarse, alcancé a acosarle de tal modo que empezó realmente a convencerse de que nunca más volvería a desempeñar un puesto de trabajo o que nunca más brillaría en su carrera laboral como antaño. Y es que con esa serie de pensamientos tan negativos instalados en su mente lo tenía más que difícil para sonreír de nuevo. Gracias a mi paciencia y a mis desvelos, la botella que contenía sus aptitudes se había caído al suelo y tras romperse en mil añicos, había desparramado sobre el pavimento su antigua colección de talentos.

Llegado a este punto, me tracé una meta todavía más ambiciosa. Aunque mi objetivo pudiera parecer muy perverso, resultaba perfectamente acorde a la naturaleza traidora de este sujeto, el cual había destrozado mis sueños existenciales. Así, me convencí para actuar con insistencia y arrastrarle a una fuerte depresión. Ya no me conformaba con arruinarle su futuro laboral, sino que debía encaminar mis pasos hacia un fin más profundo, más destructivo, cual era trastornar su salud mental. Organicé un plan maquiavélico y brutal para minar su resistencia. Dada mi facilidad para atravesar sus cada vez más débiles barreras defensivas, es decir, las del pensamiento, empecé a introducir en su mente la idea justa de que él había sido el causante directo, al cortejar a mi esposa, de haber provocado mi accidente y mi fatal desenlace. El propósito era tan claro como malévolo: inundar su cabeza de culpabilidad, una sensación que cualquier depresivo mantiene en sus esquemas y que le arrastra hacia el abismo.

Una y otra vez, sin descanso, le dejaba deslizar en su agobiado juicio un concepto de culpa tremendo, la imagen envenenada de que él era en última instancia el responsable de mi infortunio. Era la más sibilina forma que encontré para que poco a poco, fuera asumiendo la percepción de que yo me había matado porque había descubierto su idilio, esa relación que trataba de mantener oculta. Fue así como empezó a sospechar de la relación directa existente entre su cita secreta en aquel hotel a las afueras de la ciudad y mi fallecimiento a las pocas horas en la carretera.

A fe mía que lo conseguí. Para mí supuso una gran sorpresa darme cuenta del increíble poder que yo tenía después de muerto, en cuanto a cómo podía manipular los pensamientos de mi víctima hasta redirigirle hacia mis intereses. Tuve que reconocer que era mucho más efectivo manejar a un ser de carne y hueso operando sobre su mente que a través de la fuerza bruta más salvaje que se utiliza en la dimensión material. Lo más curioso de este fenómeno, a diferencia del empleo de la presión física sobre el sujeto, era que el propio individuo difícilmente se daba cuenta de que estaba siendo utilizado por una voluntad que era ajena a la suya. Aquí estaba la clave de este turbia, aunque en mi caso, justificada actuación. Mientras que él no se percatara de mi influjo, todo iría acorde a mis objetivos. Por fortuna, su inconsciencia acerca de mi presencia o mejor dicho, su ignorancia acerca del peso que podía ejercer sobre él un ser invisible como yo, eran mis mejores aliadas.

…continuará… 

 

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