EL ABRAZO DEL SILENCIO (1)

Había un hombre rico y feliz que vivía en armonía con su esposa. Los dos se enamoraron cuando eran adolescentes y con el paso del tiempo, una vez adultos, decidieron casarse para unir sus destinos. Tal era su pasión sostenida, mas también la serenidad y la paz que ambos encontraban cuando estaban juntos. Transcurrieron unos años de dicha en los cuales ella se convirtió en una famosa escritora que vendía miles de libros a través de sus novelas de amor, lo que hizo que aumentara enormemente su patrimonio. Él era un sencillo administrativo que trabajaba para el gobierno de su país y que admiraba profundamente la creatividad de su mujer, pues gustaba mucho de la literatura así como de leer los enardecidos relatos de ella.

Un día, cuando la prosperidad iluminaba a la bendita pareja, ocurrió lo inesperado. La mujer regresaba a casa conduciendo su propio coche, después del acto de presentación de su último libro en una ciudad lejana y cuando menos lo esperaba, en el viaje de vuelta, un accidente inoportuno le quitó de forma violenta la posibilidad de continuar viviendo en este plano.

Un año después, ella comenzó a entender la causa de aquel terrible suceso. Tras muchos días de reflexión y de lágrimas, un espíritu amigo consiguió convencerla de que su muerte tan solo había sido un reajuste en la ley de causas y efectos que gobierna la vida de las personas. Animada por el aprendizaje recibido, por las palabras y el afecto de aquel ser, este le preguntó si deseaba trazar algún plan concreto para su futuro más cercano. Después de reflexionar, le rogó a aquel sabio espíritu que le concediese la oportunidad de ayudar a su antiguo marido, al que veía muy abatido y triste.

En efecto, él, al conocer la terrible noticia, cayó en una melancolía muy profunda que le rompía el alma en mil pedazos. No aceptaba lo ocurrido y aunque le preguntaba al destino, no recibía respuesta sobre la tragedia que había roto su felicidad, tan solo el abrazo del silencio. La expresión “¿Por qué?” anidó en su mente como hiedra en la ventana, convirtiéndose en martillo que golpea al hierro. Así, una tarde de sábado, decidió aliviar sus penas y evadirse de la realidad con el alcohol. Trastornado por el efecto de la bebida y maldiciendo su suerte, tuvo una ocurrencia de lo más arriesgada. Tomó su coche deportivo y potente y se dispuso a conducir sin destino. Huía de sí mismo o de las circunstancias o ambas cosas, pero eso no le importaba. Tras más de una hora de conducir a gran velocidad por una autopista, en un intento destructivo por acabar con su presente, decidió adentrarse en una carretera secundaria donde las curvas y el trazado suponían un mayor peligro para su integridad.

Después de conducir como un loco y de manera imprudente, se salió de la carretera hasta estrellar el vehículo contra un árbol. Por fortuna para él, solo tuvo rasguños y un gran susto. Dominado todavía por el impulso que le llevó a aquella enajenación, abandonó el coche y comenzó a andar por un camino que se adentraba en el campo. Pasó una hora donde se obsesionó con una figura blanca que cual sirena en el aire, voladora, se le aparecía en intervalo de minutos unos metros delante de él. Empeñado en esa especie de persecución, tal vez producto de su imaginación o atribuible al efecto traumático del accidente, llegó un momento en que aquella criatura misteriosa desapareció. Lanzó al viento un “¡Nooo!” desesperado y antes de inclinar sus rodillas sobre la tierra, tuvo la oportunidad de vislumbrar a lo lejos la silueta de una gran construcción que parecía abandonada. Se sentía tan exhausto que se tendió sobre el trigo primaveral.

Un tiempo después, un campesino que andaba por allí, logró despertarle de su sueño. Agotado, sin saber exactamente lo que le había ocurrido, aquel hombre le ayudó a incorporarse y le invitó a permanecer en su humilde casa al menos para descansar esa noche y recuperarse, con la intención de marcharse a la mañana siguiente. Durante la frugal cena que siguió, nuestro hombre se mostró muy interesado por saber de aquella edificación que había logrado distinguir en el horizonte. Tras las oportunas preguntas, dio con la información que precisaba. Se trataba de un antiguo castillo que había sido abandonado hacía más de un siglo y que por diversas razones, había pasado de unas manos a otras sin que nadie hubiese invertido lo suficiente como para renovarlo y recuperar su antiguo esplendor.

Durante las jornadas posteriores, una vez en su hogar, no pudo dejar de pensar en aquella visión de aquel ser de luz y tampoco en la silueta medieval del castillo que apareció en su vista. Algo estaba sucediendo en la mente de este hombre, pero él aún ignoraba adónde le conduciría aquella impactante experiencia. En una noche posterior, todo se resolvió. Nuestro personaje tuvo un sueño de lo más real, tanto que cuando despertó por la mañana era incapaz de olvidarlo. Y fue que de madrugada, se contempló a sí mismo viviendo en aquella misteriosa edificación, vistiendo nobles ropajes en varias escenas de un enigmático pasado en el que tomaba decisiones junto a otros personajes que surgían. El final de aquel sueño le atravesó el corazón, pues contempló a su desaparecida esposa, en el rostro de una joven sirviente por la que se sentía muy atraído. Sin embargo, los rigores de la época y la radical separación entre clases sociales le privaron de profundizar en su conocimiento, lo que no impidió miles de miradas cruzadas en el silencio.

Finalmente, aquel hombre, obsesionado por la vivencia de aquel accidente pero también impactado por la fuerza de su sueño, tomó la decisión más arriesgada de su triste existencia en aquel momento. No podía ignorar el sentido que pudiese tener toda aquella experiencia. De este modo, invirtió la mayor parte de su fortuna, casi toda generada por los derechos de autor de las novelas de su exmujer, en adquirir aquella fortaleza medieval para restaurarla y devolverla casi a su estado original.

Tras más de dos años de intenso trabajo, el castillo quedó preparado. Todo fue tan calculado que estaba listo incluso para ser habitado, gracias a su reciente mobiliario respetuoso con pretéritas épocas y a su acondicionamiento para las diferentes épocas del año. Y ahora, ¿qué? Una tarde, después de comer, nuestro hombre se quedó como medio adormecido en el sofá y cuando se levantó, un extraño mensaje se había grabado en su mente: debía pasar al menos una noche en aquella construcción que él mismo había encargado rehabilitar. De nuevo, pudo percibir claramente cómo la criatura que le había dado aquel recado se correspondía con la figura blanquecina que había divisado aquella jornada, tras el accidente con su vehículo después de embriagarse.

El sábado que siguió al sueño, se contempló dispuesto a cumplir con aquel plan. Metió en su coche lo necesario y tras unas dos horas de conducción llegó a aquella fortaleza de la que se había hecho dueño y señor. Transcurrió casi todo el día paseando por las distintas estancias, muy satisfecho de cómo habían quedado las obras de recuperación e incluso caminó por los alrededores de la construcción pensando en qué árboles plantaría por aquella zona de campo para darle una mayor majestuosidad al castillo.

Tras una cena ligera y antes de acostarse, pasó al menos una hora leyendo la última novela de su esposa, un libro que había sido un éxito de ventas, no solo por su calidad literaria sino también porque los lectores la habían adquirido en gran número debido al fallecimiento de la autora. Era el particular homenaje que el público le brindaba a su escritora favorita aunque por desgracia, desaparecida del mundo literario por la fuerza de los hechos.

Algo así como dos horas después de apagar la luz para dormirse, nuestro protagonista sintió en su espalda y en su cabeza como un leve roce, algo suave y cálido que le había tocado a piel como si una mano extraña le acariciase. Confuso y medio adormilado, no le dio más importancia a tan curiosa sensación y se giró al otro lado en la cama para continuar con el sueño. No pudo precisar cuánto tiempo pasó, pero algo más tarde, pudo notar con nitidez cómo su nombre era pronunciado en su oreja. Cuando aquella extraña percepción volvió a repetirse, esta vez con mayor fuerza, no pudo aguantar más y al incorporarse, se quedó sentado en la cama.

…continuará…

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