EL ABRAZO DEL SILENCIO (y 2)

    

Sin saber por qué, se le vino al pensamiento que quizá alguien hubiese penetrado en la fortaleza, a pesar de que la alarma no se había activado. Ante la preocupación, se levantó para comprobar que todo estaba correcto aunque no lograba dar una explicación adecuada a ese sonido con su nombre que había oído hasta dos veces. Cuando se acercó al largo pasillo que unía aquella estancia con el resto de la construcción, no pudo creer lo que veía. Una forma fantasmagórica, idéntica a la que había percibido el día del accidente en el campo, estaba justo allí, a tan solo unos metros de él. El temor a lo desconocido le hizo recular, por lo que dio unos pasos hacia atrás hasta entrar de nuevo en su habitación. Al tropezar con la cama se quedó de pie, como paralizado, mientras que aquel espectro penetraba lentamente hasta el mismo lugar donde él se hallaba.

Sintiéndose frágil por el sobresalto, apartó levemente sus ojos hacia abajo, como pretendiendo evitar la mirada de aquella sorprendente figura, pero tras unos segundos de incertidumbre, notó una fuerza muy poderosa en su corazón que le invitaba a fijar su vista en la extraña criatura. Cuando vencido por el impulso así lo hizo, sus rodillas se doblaron hasta tocar el suelo y juntando sus manos se atrevió a decir:

—Mi señora, mi señora, qué gran honra teneros aquí, ¿qué puedo hacer por vos?

—Mi amor, levántate y vuelve al presente. Ya ha pasado mucho tiempo de eso, aunque hayamos regresado al mismo escenario.

Nuestro personaje no podía dar crédito a lo que había sucedido. Cerró sus ojos con fuerza y los volvió abrir, preguntándose cómo era posible que él mismo hubiese pronunciado aquellas palabras. ¿De qué remota región de su inconsciente habían salido? Al observar con mayor atención, pese a la oscuridad bañada por el leve reflejo de una dulce luna, numerosas lágrimas se deslizaron por sus mejillas, al admitir que la figura fantasmal coincidía plenamente con el aspecto de su amada antes de morir…

—Entonces, ¿eres tú, mi amor?

—Claro que sí, me han permitido venir hasta aquí para hablar contigo en la intimidad. Pero, por favor, antes de eso, quisiera darte el mayor abrazo de nuestros siglos de vida…

A continuación, la figura blanquecina se acercó a la silueta del hombre y rodeándole con la energía de sus manos, las dos formas se fundieron en un abrazo que hubieran deseado que no terminase nunca…

—Querido: tienes que escucharme con atención. He venido a este castillo en el que moramos hace mucho tiempo y que tantos recuerdos nos trae para proponerte un pacto.  Te prometo que más adelante, te daré las explicaciones oportunas que tanto necesitas sobre mi temprana marcha, porque sé que mi «despedida» te sumió en un mar de interrogantes y que aún no aceptas esa soledad. Solo me verás en este escenario, no fuera de él. Si acudes aquí de vez en cuando, yo me mostraré ante ti para que tú seas mi instrumento. Hiciste muy bien al seguir mi consejo: era perentorio que adquirieses esta construcción porque sería el lugar ideal para completar nuestra misión. De este modo, cada vez que vengas, yo te inspiraré para que continúes escribiendo más libros, como hacía yo antes de viajar a este mundo, pero a partir de ahora, no serán novelas de amor como antaño sino poesía y relatos de la espiritualidad, de mi nuevo hogar.

—¿”Espiritualidad”, mi amor?

—Sí, crónicas y versos en los que te hablaré de esta morada en la que ahora vivo y de sus habitantes. Esa era mi condición para poder abrazarte, para poder seguir en contacto contigo. Te dejo completa libertad frente a mi proposición, pues nadie puede obligar a nadie a realizar algo en su contra. Solo anhelo revelar todo aquello con lo que me he encontrado, las voces de los “muertos” que como yo tanto os amamos y tanto os esperamos, para así compartir con los lectores el mensaje del otro plano, el de unos seres que solo desean revelarse para manifestar su existencia y preparar a nuestros hermanos de la carne para los nuevos tiempos. Ese es mi encargo, el que te transmito esta noche con todo el afecto del mundo. Piensa en ello, mi amor, y en nuestro próximo encuentro aguardaré tu respuesta…

—Oh, mi buena amada, no tengo nada que pensar; mientras te escuchaba mi corazón palpitaba y mi alma te respondía desde el silencio. Cúmplase tu designio o el de aquellos que te han enviado. Si ellos te han permitido acudir hasta mí en esta nuestra casa, les estoy infinitamente agradecido. Es de justicia corresponder a esa confianza. Solo por estar contigo, por sentir tu aliento, yo escribiré páginas y páginas a través de tu voz. Seré tu mano y tu humilde servidor. ¡Qué regalo inmenso será saber de ti con frecuencia, saborear tu presencia desde la inspiración!

—Mi amor, sean tus palabras presagio de felicidad y que tu próxima visita a este lugar henchido de magia y de memoria se corresponda con nuestra siguiente comunicación. No guardes preocupación por cómo proceder con esas letras dictadas desde el cielo, que yo te guiaré para que sepas lo que hacer. Ahora, he de marcharme. Mi tiempo contigo es precioso pero como tal, limitado. Me voy para volver, para recopilar más y más datos de los que son mis hermanos. Piensa en mí y en mi felicidad, pues no existe un solo día que yo no lo haga por ti. Adiós con un beso en el alma…

Fue así como aquella sombra luminosa se fue difuminando en la noche hasta desaparecer. Nuestro personaje se sentía desconcertado por aquella fugaz visita que le había llenado de gozo, pero rápidamente se dejó envolver por una sensación cálida y afectuosa que empezó a notar dentro de su cuerpo, el recuerdo del inmortal abrazo concedido por su amada. Tras suspirar largamente, se introdujo en la cama, se tapó y detuvo su mirada en las piedras de la bóveda que cubrían su estancia, como esperando que aquella presencia volviese a penetrar en el castillo para susurrarle palabras de amor. Envuelto por la mágica atmósfera creada en medio de la madrugada, se quedó dormido…

Al año siguiente, le conocí en una reunión de personas que gustan de estos asuntos. Para mí resultó un gran hallazgo y para él, también. ¡Qué gran amistad hicimos y qué gran intercambio de experiencias realizamos! Fueron como vidas compartidas recorriendo el mismo camino… En aquel encuentro, le presenté a una amiga a la que le encantaban estos temas y aquello resultó un flechazo de amor, como saeta que impacta en la diana tras ser lanzada. Ellos fueron muy felices y yo siempre permanecí dichoso por haber contribuido a ese afecto; parecían hechos el uno para el otro, quizá porque su raíz ya hubiese sido plantada en un pasado común.

En la editorial no podían dar crédito al fenómeno que observaban. Él nunca les contó nada sobre su experiencia en el castillo, pero lo cierto es que los editores no podían distinguir entre el estilo literario de su antigua autora y el de nuestro personaje, su antiguo esposo. La temática de las novelas era algo diferente pero en el fondo, no dejaban de estar protagonizadas por el amor. Y por supuesto, se seguían vendiendo como éxitos, lo que aseguraba la continuidad en las publicaciones.

Hasta el día de hoy, conservo la amistad con la pareja y de vez en cuando, él me llama y me dice que la mujer de la fortaleza tiene unos versos o una historia para mí, aspecto que yo agradezco y que a través de él, escucho siempre con las puertas abiertas de mi corazón. La existencia de mi amigo cambió, pero acredito que desde aquel sábado misterioso, nunca ha dejado de acudir a su castillo a pasar el fin de semana en el que a menudo se le ve escribiendo sobre una mesa maciza de caoba decimonónica que le compró a un anticuario.

FIN

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *