La bendita Navidad de un espíritu

Confieso que hace años, cuando era propietario de un cuerpo como el vuestro, le tenía un poco de “manía” a la celebración de la Navidad. Todo ese tipo de festejos que se organizaban alrededor de esa fecha me perturbaban. Os hablo bajo la experiencia propia de un ciudadano de la vieja Europa Occidental, sociedad en la que la tradición navideña lleva asentada siglos y siglos en todas las personas, sea cual fuere su condición.

Todos esos anuncios de televisión avisándote de que había que preparar una reunión familiar idílica para la gran cena de esa noche. Toda la propaganda alrededor de una compra compulsiva de regalos para entregar a los parientes o amigos que estuvieran a tu lado. Salir a las calles bajo los sones de melodías repetitivas y con luces intermitentes que me impedían disfrutar del silencio de las últimas tardes de otoño. O simplemente, no poder caminar a gusto por las avenidas de mi ciudad, dada la gran congestión de gentes que nerviosas, ultimaban con prisas sus preparativos para un ágape nocturno de dimensiones pantagruélicas o apuraban los minutos en los comercios atestados de almas para adquirir los obsequios de última hora, me fastidiaba como no os podéis ni imaginar. Pero ¡qué rabia me producía el que interrumpieran mi rutina de todos los días!

Sin embargo, con ser este citado fenómeno enojoso para mis adentros, lo que colmaba mi paciencia era la irritante insistencia en la obligación de ser no ya feliz, sino felicísimo por la llegada de la Navidad. El constante bombardeo de películas navideñas en la televisión con final dichoso alrededor de una mesa y en el que todos los reunidos se abrazaban con lágrimas en sus ojos. La incitación de las ondas sonoras de la radio que proporcionaban el anticipo de una velada maravillosa y genial en compañía de los seres más queridos. Y sobre todo, el interminable parloteo de la parentela, de los amigos y compañeros de trabajo o del vecindario informándote con detalle de los exquisitos manjares que iban a degustar en la Nochebuena, de los magníficos presentes que iban a dar o recibir y del número ilimitado de personas que iban a concurrir en casa en una encantadora noche sin parangón en todo el año, me sacaban de quicio.

Sí, en efecto, la palabra “felicidad” asomaba por todas partes, como si hubiera permanecido oculta en la cima de una montaña o en las profundidades del océano y de pronto, como por arte de magia, estaba en la boca de todo aquel con quien me cruzaba. Era tal la saciedad a la que llegaba con la dichosa palabreja que para mí, perdía por completo todo su sentido. Como mi carácter siempre resultó muy rebelde frente a los convencionalismos y demás costumbres sociales, aquel día ya no era fuente de satisfacción, como al parecer ocurría en los demás, sino de disgusto. Merced a esa indomabilidad tan arraigada en mí, yo me decía: “si la sociedad quiere obligarme a ser feliz esa noche, entonces me empeñaré en permanecer enfadado. Nadie me va a dictar cuál debe ser mi estado de ánimo en tal fecha”.

Así fue como empeñado en desarrollar una predisposición en contra, alcancé el momento en que conforme se aproximaba la Navidad, empezaba a cabrearme con el mundo entero, con los que me rodeaban y con cualquiera que me citara directa o indirectamente lo que tenía preparado para esa jornada que yo había pintado de color negro en el calendario. Una vez transcurrida toda esa fiebre de festejos y de supuesta alegría que yo no percibía por dentro, me sentía como renacer, como si me hubiera librado de una fatigosa carga de piedras que la tradición me obligaba a soportar sobre mis hombros una vez que se acercaba el solsticio de invierno. Y todos los años lo mismo, en cada ocasión peor, cada fecha más y más amargado y más insubordinado ante el peso de una costumbre que parecía incluso más antigua que la de andar hacia delante.

¿Y qué podía hacer yo frente a eso? No podía modificar el orbe ni tampoco tenía aspiraciones para que ese día desapareciera del mapa. No, por más que insistiera, la gente que me rodeaba, los medios de comunicación y la sociedad no se iban a saltar el veinticinco de diciembre del almanaque. ¿Estaba yo chiflado por ir en contra de la corriente general de opinión? ¿No resultaba absurdo que yo pretendiera ascender como un salmón loco por el curso de un río cuando todo el personal descendía a gran velocidad por el mismo? ¿Qué precio estaba pagando por no cumplir con el famoso ritual navideño? Llegué a convertirme en un “elemento distorsionador” para los más cercanos. Lógico. Cuando no te empapas del ambiente, de la atmósfera que reina entre el grupo de personas con las que vives, acabas por transformarte en un componente extraño, en un verso suelto, en alguien  que puede resultar bastante incómodo y que resta en vez de sumar. Cada vez me sentía más “bicho raro” incluso entre los míos. Lejos de abandonar mi posición, me había transmutado en un grano enconado de esos que duelen con tan solo mirarlo.

Aunque alguien pueda imaginarlo, yo no era ni me parecía al inolvidable personaje de la inmortal novela de Charles Dickens, es decir, a Míster Scrooge. Es verdad que me consideraba un ser introvertido, celoso de mi independencia y poco dado al jolgorio. Sin embargo, no era un ogro y cuando tenía que ayudar a alguien lo hacía. Lo que me mataba eran las celebraciones sociales, no solo la navideña, sino cualquiera de ellas. Pero quería compartir esta reflexión con vosotros, ahora que me hallo en el mundo espiritual, porque nos disponemos a festejar esa fecha tan señalada.

Tengo que deciros que yo no llevo mucho tiempo en este plano al que tarde o temprano y gracias a Dios, estáis destinados a comparecer. Por eso, os cuento que no hace mucho sucedió el prodigio que me empujó a realizar un cambio de perspectiva. Debió ser un auténtico milagro y así lo interpretaron los más próximos a mí. En aquella Nochebuena imposible de olvidar, recibí un mensaje en mi teléfono móvil que me conmovió profundamente. Por más que comprobaba el número del remitente, no lograba recordar de quién se trataba. El recado de pocas palabras que me había sido enviado me hablaba acerca de la felicidad de ese instante, pero no por los preparativos que la gente hacía, ni por las grandes cenas, ni siquiera por las reuniones convocadas entre familiares y amigos. Sencillamente, ese ser anónimo que se había acordado de mí, me invitaba a compartir su dicha más íntima porque esa noche se conmemoraba el aniversario del nacimiento de alguien que había alterado el curso de la Historia. Ni más ni menos. ¿Qué me importaba a mí en aquel momento que esa fecha proviniera de una festividad de la época romana que anunciaba los Saturnales y en la cual se intercambiaban regalos? Lo que se celebraba no era la exactitud en el origen de tan magno acontecimiento sino el espíritu que moraba tras ese suceso, lo que se escondía tras lo ocurrido en una madrugada cualquiera, de un establo cualquiera y de una aldea cualquiera perdida entre los montes de una remota Judea.

De pronto, se me hizo la luz. Así, como una lámpara que se enciende, se me vino a la cabeza la imagen del desconocido que me había transmitido aquel prodigioso aviso. Había sido uno de mis jardineros, un individuo tan noble como eficaz en su faena, una persona que un día, con lágrimas en sus ojos me comentó que debía dejar su puesto de servicio en mi casa porque le habían ofrecido otro trabajo en unas magníficas condiciones y con un salario irrenunciable. Tan honesto era que no sabía el hombre cómo decírmelo para que yo no me molestara. Por supuesto que le deseé la mejor de las suertes en su nuevo empleo, aunque eso supusiera perder de vista a una criatura tan digna en el trato como competente en su labor. Era ley de vida, porque nadie debe rechazar las oportunidades de progreso que se le ofrecen.

Pude recomponer su rostro en mi memoria y la alegría que me provocó el que después de tantos años, ese jardinero fiel se hubiera acordado de mí mandándome su recuerdo de amor me afectó muchísimo. Lloré en silencio, como un crío que en su inocencia descubre el secreto más grande de su vida. No sé lo que pasó por dentro de mi ser, era como si una gran conmoción se hubiera apoderado de mí y justo en ese momento, supe y sobre todo, sentí en su totalidad lo que significaba el verdadero sentido de la Navidad. De repente, ya no me importaba cómo cada uno llevaba a cabo la celebración de esa fiesta, dejaron de preocuparme las conversaciones recurrentes, la composición del menú de la cena, las compras compulsivas de obsequios, la música por la calle o la propaganda de los medios de comunicación para que nos sintiéramos bien durante esas jornadas.

Aquel mensaje sincero, breve pero pleno de magia, atravesó mi corazón como la flecha de Cupido, pero en este caso, para enamorarme definitivamente de Jesús. Mi vida se transmutó. No me hice persona extrovertida ni amante del bullicio. Simplemente, vivía en mi interior lo que para mí constituía el verdadero concepto de la Natividad. Pero ¿qué había ocurrido realmente esa noche? Restaban unos minutos para que forzado por las circunstancias, me sentara a la mesa con mi familia y fue entonces cuando llegó a mis manos ese asombroso mensaje que transformó mi forma de contemplar esa fecha del calendario. Lo recuerdo con todo detalle. Mirando de forma compulsiva el teléfono, leyendo esas palabras como si marcaran con tinta indeleble mi futuro trayecto, era como si alguien a quien no podía ver con mis ojos pero sí percibir con mi alma, me hubiera rodeado y me hubiera estrechado con sus brazos hasta hacerme sentir el ser más dichoso de la Tierra. Fue tal la compasión que me inundó que suspiré preso de la más emotiva ansiedad y os confieso que esa Nochebuena resultó la más radiante de mi paso por vuestro planeta. Los que me acompañaban se quedaron sorprendidos con mi reacción. No bailé, ni canté, ni me emborraché; no hizo falta. Tan solo me fundí con ellos, les transmití todo mi amor por cenar en compañía y sobre todo quise compartir con todos esa dulce ternura que se adueñó de mí cuando recordé lo que había implicado para la humanidad el nacimiento de Jesús.

Al año siguiente, tuve miedo. Yo había sido educado en el catolicismo pero lo cierto es que no había sido muy practicante desde que me hice adolescente. Creí que la inercia de tanto tiempo de amargura antes del solsticio de invierno retornaría a mis adentros. Sin embargo, a raíz de lo sucedido comencé a investigar por todos los medios quién era aquel hombre que había partido la Historia en dos, con un antes y un después de su aparición. Estudié su trayectoria, su mensaje, el contenido de su misión y le tomé un cariño que no podía compararse con ninguno de los que le profesaba a los seres más cercanos a mí. Mi admiración por él y por lo que había hecho por nosotros prendió tanto en mi pensamiento que desde aquella imborrable noche jamás volví a quejarme del veinticinco de diciembre.

Era como si él se hubiera apiadado de mi infortunio por no conocerle, de mi yerro por no saber realmente lo que había significado su venida al plano físico. Cuando lo pienso, estoy convencido de que aquel día, valiéndose de mi jardinero fiel al que nunca más volví a ver, envió a alguno de sus nobles mensajeros para que despertara en mí el verdadero sentido de la Navidad. Todavía hoy, cuando se acerca esa noche mágica, le doy gracias desde lo más profundo de mi espíritu. Confieso que me he convertido en un auténtico “cristiano” con todo lo que ello implica. Todavía no sé cómo pude permanecer tantos años ciego ante su figura. Pero llegó el instante, la ocasión propicia, y su presencia arraigó en mi corazón y echó raíces y jamás volví a ignorarle.

Me dirijo por último a todos aquellos que como me ocurrió a mí, aún no saben quién fue el humilde carpintero de Nazaret. No os preocupéis, el momento oportuno llegará. Mas no podemos aguardar la visita de tan excelso viajero si no tenemos abiertas las puertas de nuestra casa, esa que habita en nuestro rincón más íntimo. Seamos nobles posaderos del sublime Maestro, pues una vez que él penetre en nuestro hogar, jamás desearemos su marcha. Esta es la Navidad que verdaderamente nació en mi corazón aquella Nochebuena.

Y es que conocerte, Jesús, es quererte.

¡Feliz Navidad a todos, queridos hermanos!

 

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