MARÍA, LA RATA Y LA FLOR AMARILLA (y V)

 

La muchacha inclinó su rostro hacia la rata, puso sus manos sobre la espalda de la roedora y le dio un cálido beso en una de sus mejillas. María cerró sus ojos y cuando se dio cuenta, notó unas cosquillas entre sus brazos y una fragancia más que especial. Al abrirlos, “mente constructiva” había desaparecido de su habitación como por arte de magia… ¡Pero qué le importaba ahora aquel misterio a ella! Con calma, miró hacia su blusa, buscando el lugar óptimo donde situar la flor, pero observó que esta no tenía enganche ni nada parecido para sujetarla. Tras unos breves segundos y al recordar que era inmarchitable, se levantó del suelo y decidió guardarla en su bolsillo. No era cuestión de perderla y lo más importante era que estuviese a mano, en disposición de ayudarla en caso de necesidad.

De este modo, dio unos pasos y sintiéndose completamente distinta al permanecer convencida de la efectividad de la flor, se puso justamente delante del espejo que había en su cuarto. Fue un momento crucial en su corta pero intensa vida. Se fijó en su cuerpo y dio gracias en silencio por lo afortunado de su figura. Y después, con algo de miedo al principio y luego con decisión, levantó su vista y se concentró en su rostro, aquel que tantos problemas le había costado últimamente y por el que había derramado tantas lágrimas…

De pronto, al recorrer con detalle cada uno de los pliegues de su cara, sintió la necesidad de apretar la flor amarilla ubicada en uno de los bolsillos de su vestido. Analizó con atención el color miel de sus ojos e imaginando la tonalidad del cielo, de los mares, de los ríos y de los lagos, cayó en la cuenta de que el color azul que anhelaba era demasiado frecuente en la Tierra y que esto lo convertía en algo ordinario y poco apetecible. Una lágrima de alegría surgió de su pupila derecha…Entonces, se sonrió…

Tras un corto intervalo, se sintió muy alegre y apretando con su mano la flor oculta en su bolsillo volvió a ver su faz reflejada en el espejo. Y se fijó en el tamaño de sus labios y de pronto llegó a la conclusión de que el hecho de que aquellos fuesen delgados la harían aparecer ante los demás como una persona llena de determinación, perseverante, capaz de cumplir los objetivos que se propusiera y reacia a rendirse frente a las adversidades, tal y como había leído en algunas revistas de belleza y estética en las últimas semanas. Además, pensó que cuando algún día le diese un beso apasionado a un hombre, sus labios no se quedarían pegados a la piel del otro, al ser más finos. Y de pronto, comenzó a reflexionar sobre el aspecto distinguido que le aportaba a su cara el hecho de tener unos bellos labios tan finos. Y se emocionó con sus cavilaciones y se notó como muy feliz por dentro. Y se sonrió…

Al poco, su mirada se situó en el centro de su rostro y logró recorrer la forma de su nariz más bien grandecita, aquella que habitaba entre sus dos ojos de miel y encima de sus delgados labios. Y tras unos segundos durante los que estuvo apretando con su mano la flor amarilla de su vestido, percibió que el tamaño de aquella le permitiría respirar mejor al retener con más éxito el polvo y la contaminación y que por supuesto, le daría un toque personalísimo a una cara con la cual se identificaba y a la que amaba cada vez más conforme los segundos transcurrían… De repente, se dio cuenta de que ya no necesitaba apartar sus ojos del espejo como antaño. Y encontrándose muy contenta y más satisfecha consigo misma que nunca en el pasado, se sonrió.

Y al ver reflejado su rostro en el espejo y sonreírse durante tanto tiempo, notó cómo su corazón palpitaba con fuerza y la sangre bailaba de júbilo por sus venas. Y advirtiéndose plena de deleite, ya solo contaba las horas para encontrarse con su amado Andrés, pues era la tarde del domingo y a la mañana siguiente vería al chico por el que suspiraba desde hacía meses. Y cayó en la cuenta de que había hecho exactamente lo que “mente constructiva” le había aconsejado: tocar con fuerza esa flor amarilla de efectos mágicos cuando surgiese una dificultad y pensar antes de dejarse
arrastrar por la tormenta de las emociones. Y al cerrar sus ojos para disfrutar por dentro de tan maravillosa experiencia, su grandecita y maravillosa nariz captó la estimulante fragancia que provenía de los dedos de su mano izquierda, esa que durante los últimos minutos había estado en contacto con la flor amarilla. Y entonces, se llenó de dicha y se sonrió…

Fue así como María, esa chica adolescente que mora en cualquiera de nuestros corazones, alcanzó a comprender que era tan única como la vida misma, tan diferente porque cada uno habla y crece a ritmos diferentes según la etapa por la que transita y tan semejante a los demás porque todos poseemos un alma sensible a la que necesitamos amar para sonreír al Creador y darle gracias por las dificultades que nos permiten avanzar, por nuestra libertad y por nuestra inteligencia para administrarlas. Y María, a la que le encantaba el cine y ver películas antiguas, se acordó de “2001, una odisea del espacio” y pensó que tal vez la flor amarilla que “mente constructiva” le había regalado fuese el equivalente de lo que el monolito representaba en aquel histórico filme. Y al meditar sobre ello, abrió de par en par sus ojos, como si la inspiración divina le hubiera rozado sus cabellos y se sonrió con su reflexión…

Y al día siguiente, ya en el instituto, saludó a su chico favorito con un efusivo “Buenos días, Andrés” mientras que pronunciaba aquel nombre con sus labios finos, mirándole a la cara fijamente con sus ojos de miel y respiraba profundo con su nariz grandecita de adolescente. Y mientras Andrés la contemplaba con cara de sorpresa por la intensidad en la mirada de la muchacha y el dulce tono de su voz, acertó a responder… “Buenos días, María, te noto diferente, cómo me alegro, se ve que has pasado un fin de semana estupendo, seguro que vamos a tener una semana genial…”.

—¡Dios mío! —exclamó el muchacho con entusiasmo—. ¿Es que no oléis ese perfume tan singular? Es fantástico… ¿De dónde vendrá? Parece que este lunes fuese diferente, especial…

Nadie en toda la clase, ni siquiera Andrés, se percató de que la muchacha tenía su mano izquierda metida en el bolsillo de los pantalones tejanos que vestía y dentro de los cuales agarraba con fuerza y amor una flor amarilla que como “monolito espacial” continuaba haciendo milagros…

Con todo mi afecto, a todos los adolescentes de este mundo…

 

 

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