MARÍA, LA RATA Y LA FLOR AMARILLA (IV)

 

—Ja, ja, qué ocurrencia más absurda. Es que no creo que su afecto se pueda comprar o vender, aunque ya te digo que mi sentimiento por él es infinito, no habría manera de ponerle precio de lo grande que es…

—Vale, sigamos. Ahora piensa en Marcelo.

—¿Cómo? ¿Te refieres al compañero que en clase siempre se sienta detrás de mí?

—Exacto.

—¿Ese imbécil que se cree el ombligo del mundo, que solo se preocupa por sus músculos y nada por su inteligencia? Es un bruto que solo da valor a la fuerza, a su apariencia física y nada a sus palabras… casi mejor que permanezca callado porque si abre la boca, la tragedia se consuma… ¡Ah, qué idiota! Ha sido nombrarlo y entrarme náuseas, sobre todo comparándolo con mi Andrés. Ni por todo el oro del mundo me menciones más a ese estúpido. Es un engreído, un necio que cree que me va a impresionar por sus espaldas anchas o por sus brazos robustos…

—Muy bien. Ya he comprobado que no te cae precisamente bien. Y ahora, vayamos un poco más allá con este ejercicio mental. Imagina que él te hablase y te dijese que te quiere con absoluta sinceridad. Tú te negarías, como es obvio, pero él te ofrecería un maletín repleto con billetes de gran valor a cambio de tu afecto. La pregunta es… ¿te plegarias a sus deseos y le abrirías tu corazón?

—De ningún modo, “mente constructiva”. Mi amor no se compra ni con todos los tesoros de este mundo reunidos ante mis ojos. ¿Quién se ha creído ese Marcelo que es?

—No te enfades, muchacha, se trataba tan solo de un ejemplo…

—Pues no me gustan esos ejemplos…

—Como te decía, para desarrollar toda la potencia de la flor era preciso que hicieses algo…

—Ah, sí, estábamos con ese tema… ¿El qué, exactamente?

—Te lo diré. Cada vez que te enfrentes con lo que tú consideres un problema o una dificultad, deberás efectuar una operación con tu pensamiento.

—¿Me estás hablando de lo que acabamos de hacer?

—Muy bien, ya veo que captas la esencia de mi mensaje. Ante cualquier problema, toca ligeramente la piel de la flor amarilla y tu mente se iluminará para pensar y dar así con una solución. En verdad, lo que estamos haciendo es actuar justamente al contrario de lo que tú haces.

—¿Al contrario? ¿Cómo?

—Durante los últimos tiempos has sido, mi querida muchacha, un torbellino de emociones, un mar donde siempre reinaba la tormenta y el cielo estaba negro; nunca se veía brillar el sol. Eso ha ocurrido sencillamente porque te has dejado arrastrar por tus sentimientos más primitivos, no has “actuado”, tan solo te has limitado a “reaccionar” ante los acontecimientos. Así, como Andrés no se fija en ti, te enfureces y te pones a rabiar de impotencia. Como te miras en el espejo y te gustaría tener otro aspecto, te maldices, sitúas tus rodillas en la cabeza y te echas a llorar como una cría de cinco años que sufre un berrinche. ¿Acaso has actuado para cambiar el curso de los acontecimientos o simplemente te has conformado con renegar de tu destino? ¿Notas la diferencia?

—Claro que la noto, no soy idiota, pero no puedo evitarlo. Es que es mi forma de ser… así de sencillo.

—Claro que puedes evitarlo. Dime, ¿por qué motivo no podrías cambiar esa actitud? ¿Por qué no tratas en adelante de pensar primero y luego de reaccionar? Aprende a discernir y vencerás tus limitaciones. Eres libre, ya tienes una edad, no puedes ser por más tiempo esclava de tus emociones, tú decides qué hacer ante las dificultades, las presentes y las que habrán de llegar… Ya te adelanto que los problemas seguirán porque forman parte de la vida. Es un “precio” muy razonable que hay que pagar para crecer…

—¿Crecer? Supongo que no estarás hablando de estatura física. Me siento muy contenta con mi tamaño…

—Claro que no, querida, me refería a tu crecimiento como persona.

—Ah, eso me agrada más, me encanta esa expresión, “mente constructiva”…

—Gracias, mi niña, me alegro que te haya gustado. Ahora, he de irme. Quisiera quedarme más tiempo pero es que tengo otros asuntos que resolver. Aunque no te lo creas, hay muchas personas a las que debo atender…

—Ah, comprendo. Y una pregunta… ¿el resto tiene las mismas trabas que yo?

—Parecidas. Al fin y al cabo todos formamos parte de esta gran familia que es la humanidad.

—Entonces y por resumir, cuando me enfrente a un problema, lo primero que he de hacer es tocar la flor amarilla que me has regalado y luego, con tranquilidad, ponerme a pensar sobre ese asunto y esperar a ver qué sucede…

—En efecto, María, lo has resumido a la perfección. Veo que has estado brillante. Te falta tan solo poner en práctica este mecanismo. Ya sabes que las cosas, cuanto más se practican, más se perfeccionan.

—Sí, eso dice mi padre…

—En cuanto me vaya, debes colocarte tu preciosa flor amarilla en alguna parte de tu ropa, un lugar accesible a tu mano. No te despistes o todo este trabajo no habrá servido para nada…

—Claro que no me voy a olvidar. Te estoy tan agradecida por tus consejos y por tu regalo que…

—Gracias, María, pero se trata de mi trabajo y disfruto con mi labor.

—Perdona ¿puedo hacerte una última petición?

—Desde luego.

—¿Podría abrazarte a modo de despedida?

—Claro que sí, me sentiré muy honrada porque lo harás desde tu corazón.

—No, te voy a demostrar que he asimilado tu lección. Primero he pensado que te lo merecías y luego, mi corazón se ha apretado en mi pecho y me ha dicho… “¡Adelante, dale un abrazo a “mente constructiva”!”.

—Ja, ja, ja… —rio con fuerza la rata—.  Magnífico, María. Qué bien…

…continuará…

 

 

 

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