Diario de un «obsesor» (3)

Advertí de pronto que conforme pasaban los segundos, cada vez me costaba más trabajo permanecer de pie por lo que me introduje en mi coche y me senté.

—¡Piénsalo, Eusebio, por favor! —expresó la bella dama—. Pasa aquí la noche y mañana lo verás todo desde un punto de vista diferente. Hazme caso, amigo.

—Pero ¿quién se creerá esta lista que es para darme órdenes? —exclamé para mí mismo mientras que intentaba ponerme de pie para contemplarla de nuevo.

Cuando me erguí, allí no había nadie. Esa mujer había desaparecido como por arte de magia. No podía entenderlo. Estábamos en un espacio abierto del motel que constituía su aparcamiento. Hice un esfuerzo por buscarla mirando hacia un lado y a otro pero no observé ni rastro de ella.

—¡Bah! —manifesté mirando hacia arriba —. ¡Tonterías! Debo haberme imaginado la escena con esta señora para compensar la pérdida de mi relación con Carolina. ¡Qué peligrosa es la mente! Además, con las copas que me he tomado… vaya día… qué absurdo es todo esto… me largo de aquí.

Arranqué y tomé una ruta hacia no se sabe dónde. Qué más me daba a la izquierda o a la derecha, de frente o hacia atrás, lo importante en ese momento para mi voluntad era completar kilómetros y kilómetros para alejarme de la impresión de lo vivido o quizá de mí mismo. Pasado un buen rato que para mis cálculos debió ser un soplo de tiempo, me hallaba eufórico, no paraba de reírme de mí mismo y hasta de lo ridículo de las circunstancias. Atrapado por los vapores etílicos, carcajeándome por lo sucedido durante la tarde y perdido en una especie de nebulosa tóxica que habitaba en mi mente, pisé el acelerador más y más, como queriendo notar las pulsaciones de mi corazón y mi sangre golpearme por las venas.

Una curva peligrosa y muy cerrada me hizo volver por instantes a la cruda realidad. Demasiado tarde. La fuerza centrífuga me empujó hacia fuera, haciéndome perder el control hasta impactar contra un grueso árbol que debía llevar allí plantado siglos. Fue el testigo silencioso de mi tránsito, en una noche en la que una fina lluvia había empezado a caer en la zona donde abandoné mi silueta sobre la triste tierra que me acogió.

Había sido tan imbécil que no me había puesto ni siquiera el cinturón de seguridad. ¡Qué inconsciencia! Salí proyectado como un vulgar maniquí atravesando el cristal delantero de aquella máquina de la muerte en la que me subí. ¿Qué tiempo transcurrió? No lo sé. Debieron ser horas. La mañana era brumosa y todavía chispeaba ligeramente. El cielo permanecía encapotado por completo y solo se veía el horizonte pero con dificultad. Era una jornada triste y gris, muy acorde al tono de mi proceder. Cuando recuperé el sentido solo pude contemplar a unos policías que estaban elucubrando sobre las causas del accidente y sobre el estado de aquel coche absolutamente destrozado que permanecía allí volcado junto a la carretera. Me extrañó escuchar mi nombre varias veces y fue entonces cuando reconocí mi cartera junto a mi documentación en las manos de uno de esos agentes. Cuando el hombre que parecía mandar aquel destacamento retiró la manta del cadáver para realizar una inspección ocular, sufrí un auténtico “shock”. Era yo sin duda, o mejor dicho, lo que quedaba de mí. Reconocía mi vestimenta y mis zapatos como propios pero sobre todo tenía la cabeza abierta y sangre por todas partes, tal debió ser la huella marcada sobre mi cuerpo tras el brutal choque.

Quise llorar y no pude. No me salían las lágrimas. Solo atiné a decir varias veces “¿por qué, por qué?”. Para no continuar sufriendo, tras la atroz prueba a la que me había expuesto, decidí huir de aquel maldito escenario. No podía soportarlo. Tenía unas terribles arcadas pero por más que intentaba vomitar, no conseguía hacerlo. Aquello era como una ilusión de la mente, una trágica pesadilla de la que pretendía despertar a toda costa. Me di por vencido y tuve que admitirlo: no era un sueño, estaba sucediendo de verdad por más que moviera mi cabeza en sentido negativo. Era la segunda vez en pocas horas que me volvía a escapar de los acontecimientos como un cobarde asustadizo. En vez de enfrentarme a los hechos, de nuevo volvía a retirarme de la batalla.

Corrí y corrí como un perturbado por la llanura, sin orden ni dirección; de repente me paré, porque me di cuenta de un factor esencial. Siempre me había dado mucha rabia mojarme; en el pasado era inseparable de mi paraguas y de mi gabardina cuando se acercaban esas nubes grises que vertían aguas y sin embargo, llevaba ya un buen rato diluviando y ese aspecto había dejado de importarme por completo. ¡Dios! ¿Qué estaba sucediendo? Tenía que poner orden en mi cabeza o esta me estallaría.

Me quedé pensativo. Al poco, decidí sentarme bajo un gran árbol que había por allí. Me mantuve absorto en mis cavilaciones. Lo veía todo tan turbio que me entregué al ejercicio de aclarar por todos los medios mi mente. ¿Qué hacía allí en medio del campo en vez de estar trabajando? A esas horas mis jefes y mis compañeros deberían estar echándome en falta en la oficina. Además, no tenía recuerdos de haber dormido en casa ni de haber hablado con Carolina. Hice todo lo posible por tranquilizarme. Hubo un momento en que ya no sabía si me encontraba sobre tierra o sobre agua, pero eso poco importaba ahora. Tras darle vueltas y más vueltas, una idea se me vino al pensamiento. Me acordé de haber leído hacía años una novela acerca de un hombre que había muerto y que a través de un médium contaba lo que le había sucedido tras esa extrema experiencia. No sé cómo pudo llegar a mi entendimiento la memoria de lo contenido en esa curiosa obra, pero confieso que me vino muy bien para descifrar la confusa coyuntura a la que debía plantar cara sin la mayor dilación.

De ese modo, empecé a ir hacia atrás, a tratar de encajar las piezas desparramadas de un puzle que debía reconstruir. Cerrando los ojos, ya con más calma, me introduje en mí mismo y la claridad se posó sobre mis hombros. Me concentré cuanto pude hasta recomponer la estampa de mi vida. Sentimientos encontrados se cruzaron en mi interior. Por un lado, la enorme tristeza por no pertenecer ya a una dimensión que había sido la mía, por saber que a partir de ese día, mi relación con Carolina y con mis amigos tendría que ser diferente. Y por otra parte, me veía como liberado. Una gran verdad que hasta ese momento se había mostrado como un colosal enigma se había despejado ante mi vista. A pesar de que recordaba la silueta de mi cuerpo totalmente destrozado sobre el suelo y cómo mi respiración se había cortado tras el lamentable accidente, no pude por menos que sorprenderme porque ¡podía seguir pensando y sintiendo!

…continuará… 

 

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