Lucio y Reinaldo: dos caminos diferentes, un mismo destino (I)

 

Lucio y Reinaldo nacieron el mismo día y en el mismo lugar, una ciudad no demasiado populosa donde no abundaba el anonimato entre las almas, pero no tan pequeña como para ejercer un velado control sobre sus habitantes. Pertenecían a familias distintas y sin vínculos de sangre, aunque unidas por un origen similar: la escasez de medios materiales, la lucha por la supervivencia diaria y la sencillez en los usos y costumbres.

Ambos eran vecinos, por lo que asistieron durante su infancia a la misma escuela. Ya desde sus primeros pasos se vislumbró una especial conexión entre ellos, trabándose una bella amistad dibujada en el lienzo de las horas compartidas y de tantas jornadas de actividades en común. Aunque sus familias no tenían mucho trato, salvo el gobernado por las más elementales normas de educación y por la cercanía de sus domicilios, tanto Reinaldo, que era el mayor por unas horas, como Lucio, practicaban en la calle sus juegos favoritos llegando a pertenecer al mismo equipo deportivo, factor que vino a consagrar sus ya de por sí intensos lazos de proximidad.

Sin embargo, la libertad del ser humano, capaz de separar hasta las sendas de los más viejos espíritus, decidió alterar con ayuda de una terca voluntad, el destino de esta armoniosa pareja de niños. Fue llegar la adolescencia y todo cambió de raíz. No fue en un día, semana o mes, sino en el lento transcurrir del tiempo, cuando aquellos nudos tan firmemente atados por vibraciones de afinidad comenzaron a soltarse por diferencias cada vez más insalvables. Así, el rendimiento escolar de Lucio inició un descenso alarmante mientras que las calificaciones de Reinaldo, sin ser sobresalientes, siempre se mantenían en un listón más que notable. Por otro lado, las amistades de ambos muchachos empezaron a distinguirse tanto como la noche del día. Mientras que los amigos del mayor de ellos resultaban escasos en número pero escogidos entre chicos de sanas inquietudes, las compañías del más pequeño se caracterizaban por su acentuada rebeldía y por un incipiente desprecio al prójimo.

Las ausencias del instituto por parte de Lucio se hicieron más frecuentes, hasta que se llegó a una situación insostenible en la que los profesores hubieron de entrevistarse con sus padres, al objeto de ponerle al corriente de los hábitos cada vez más preocupantes del joven. Aunque aquellos adoptaron diversas medidas para intentar reconducir la actitud de su vástago, los desvelos resultaron infructuosos. Las cosas iban cada vez peor, con escapadas nocturnas y actos conflictivos tanto dentro como fuera del hogar, a los que Lucio no aportaba explicación. La coyuntura de un sufrimiento incrementado a cada amanecer, se hizo tristemente habitual en la rutina de ambos progenitores, los cuales buscaban desesperadamente respuestas al doloroso desafío desplegado por su hijo.

Pasó el tiempo y una tarde, Reinaldo caminaba tranquilo meditando sobre sus asuntos por una de las calles de su barrio, dejándose llevar por la suave caricia de la brisa en su rostro, ya que paseaba muy cerca del puerto de la ciudad. Fue entonces cuando observó la presencia de un coche destartalado y de aspecto sospechoso a la vista, apreciando cómo se detenía en una de las esquinas de la avenida. Cuál no sería su sorpresa cuando vio al mando del mismo y con el volante entre sus manos a su antiguo compañero de infancia, su otrora querido Lucio. Uno de los “viajeros”, algo mayor que su amigo, se apeó del vehículo por la puerta del copiloto para entretenerse en breve conversación con un sujeto de mediana edad y de aspecto poco recomendable que permanecía en aquel rincón de la calle, donde los más negros presagios extendían sus brazos sobre los cuatro jóvenes que se desplazaban en aquel auto. Transcurridos no más de algunos segundos, el chico que había descendido entregó unos billetes al adulto, recibiendo a cambio una pequeña bolsa de plástico en la que se intuía que podía haber cualquier cosa menos algo bueno, dada la catadura de las dos personas que habían practicado el trapicheo.

Sin pensarlo mucho y movido como por un oculto resorte, Reinaldo atravesó la calle corriendo y se inclinó hasta ponerse a la altura de la ventanilla por la que divisaba el rostro de su viejo compañero de juegos.

—¡Pero Lucio! —exclamó—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo puedes conducir este carro si tan solo tienes quince años?

—¡Déjame en paz, Reinaldo! —contestó el chaval con actitud ansiosa—. Pareces mi padre, continuamente con el mismo discurso. Siempre quisiste controlar mis movimientos. Ya no entro en ese juego ¿sabes? Dime, ¿quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer o no?

—¡Eh! ¡Ya sé que no soy tu viejo! —gritó el mayor de los antiguos camaradas, dado el elevado volumen de la ácida música que provenía del interior del coche—. Pero te digo que no me gusta lo que veo, te estás dejando arrastrar hacia la perdición, amigo…no hay que ser muy listo para darse cuenta de ello.

—¡Olvídame ya de una vez! —respondió con furia el adolescente, mientras golpeaba el volante con la fuerza de su puño—. ¡Ya te he dicho que no quiero más discursos!

—Pero, Lucio, ¿no te das cuenta de que no eres tú? ¿Qué has tomado que estás tan agresivo conmigo? Y estos dos que van detrás contigo ¿quiénes son? Me parece que quieren aprovecharse de ti —vociferó Reinaldo mientras miraba con atención el semblante de los “viajeros” de atrás.

Súbitamente, como deseando la fatalidad consumar los tristes vaticinios que por allí rondaban, uno de los individuos ubicados en el asiento posterior se bajó del vehículo a toda prisa abriendo con brusquedad la puerta. Asiendo entre sus manos una cadena de gruesos eslabones, descargó un fulminante golpe en el rostro de Reinaldo que le hizo perder el conocimiento, al tiempo que este se desplomaba en aquel trágico lugar de la vía pública. Ante lo aparatoso de la sangre, que manaba en abundancia de la frente de nuestro personaje, el agresor se introdujo con rapidez en el coche al tiempo que le chillaba a Lucio: “¡Acelera, imbécil, vámonos ya!”.

Mientras, el joven que estaba de pie junto a la esquina, al oír el sonido estridente realizado por las ruedas humeantes del auto y ver cómo se alejaba aquel de allí, echó a correr con ímpetu hasta ponerse a su altura y en un arriesgado y suicida movimiento, ejecutó un salto con el que logró penetrar a través de la ventana delantera hacia el interior de la máquina ruidosa que huía a toda velocidad de aquel maldito escenario.

En aquella miserable hora, en la que la violencia de un ruin impulso logró imponerse sobre el silencio de una desdichada tarde, el cuerpo de Reinaldo quedó tendido sobre el asfalto en mitad de un charco carmesí, mientras su espíritu tentaba como un ciego un obstáculo, a la búsqueda de una explicación para tan injusto y sangrante acontecer.

Cuando Reinaldo pudo despertar, no se reconocía. En mitad de una habitación que destilaba luz por sus poros, sus manos se movieron instintivamente a su cabeza como queriendo palpar su cara. Sin embargo, tan solo pudo apreciar la mitad de su piel descubierta, pues la otra parte se hallaba completamente vendada a modo de protección frente al feroz suceso al que se había enfrentado. La hinchazón y el agudo dolor que sentía en torno a su frente denotaban el atropello del choque sufrido. Quiso recordar y recordar, para poner orden en unas ideas que llovían sobre su mente de forma torrencial. En aquella soledad angustiosa y pensativa, llegó a la conclusión de que lo que más le afligió no fue el golpe con la cadena recibido ni su faz lacerada, sino el golpe moral propiciado por Lucio, en una coyuntura en la que tan solo pretendía advertir a su antiguo compañero sobre los peligros que le acechaban, sobre el infausto devenir de sus actos. En aquel instante de horribles confusiones, no podía entender el significado de lo ocurrido. Su cuerpo respondía exclusivamente a los daños traumáticos del impacto mientras que su alma se dejaba invadir por la desazón moral que la discusión con su amigo le había provocado.

Reinaldo no pudo precisar qué período exacto transcurrió inmerso en sus cavilaciones, pero notó con claridad su vuelta a la consciencia. Aunque todavía aturdido por aquella situación, al abrir sus ojos, sintió a dos personas allí que le observaban con atención. La primera de ellas portaba una impoluta bata blanca, estimando nuestro personaje su condición de doctora y cómo esta evaluaba el estado de su herida, medía su pulso y examinaba sus pupilas. Tras unos cuantos segundos de espera, oyó las palabras de aquella mujer que mientras le miraba a los ojos le dijo: “¡Chaval, ha sido duro, pero saldrás de esta!”.

Más extrañeza le causó la presencia del otro personaje, que justo detrás de él y pegado a su coronilla le traspasaba con su resplandeciente mirada. Además del brillo de aquellas retinas que le escudriñaban y que no había visto antes en toda su vida, lo que más le maravilló fue que aquel hombre le hablara sin abrir la boca y sin mover lo más mínimo sus labios. Fue entonces cuando escuchó la nítida voz de esa figura desconocida en sus adentros y que se repetía como un eco incesante resuena en la montaña: “Perdona a Lucio, sé compasivo con él. Su destino está en tus manos, él depende de ti. Reinaldo, hermano, grábalo en tu memoria, todo va a ir bien, velamos por ti”. Cuando nuestro personaje, que permanecía tumbado sobre una cama, quiso incorporarse para mirar de frente al ser que le había dado su mensaje en lo más recóndito de su ser, a su espalda ya no había nadie, era como si se hubiera evaporado.

Perdidas las fuerzas por el impulso de levantarse, quedó de nuevo postrado en el lecho. No entendía nada, tan solo recordaba los discursos de su padre cuando a veces le comentaba que existen aspectos en la vida que nada más pueden contemplarse desde la perspectiva del tiempo, aquella que nos proporciona la verdadera dimensión de las cosas. Una emoción de enfado se apoderó repentinamente de Reinaldo cuando vino a su mente el porqué de estar allí lánguido y dolorido, pero de forma inesperada sintió en su cabeza una sensación de agradable calor que se fue extendiendo por todo su cuerpo sumiéndole en una atmósfera de paz y tranquilidad. Ensimismado en embarullados pensamientos y sin poder determinar cuánto tiempo llevaba allí, su sorpresa fue total y su entusiasmo mayúsculo, cuando pudo observar cómo sus padres, llorosos de alegría, penetraban en aquella estancia hospitalaria prestos a abrazarle.

…continuará…

2 Replies to “Lucio y Reinaldo: dos caminos diferentes, un mismo destino (I)”

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