Retazos del pasado

Queridos amigos: hoy me disponía a escribir sobre otro tema pero al haber tenido una agitada noche espiritual, he optado por alterar el guion del discurso y por supuesto, me apresto a transcribir todos los datos que aún restan en mi mente, antes de que los lazos que unen al espíritu con el soporte material de mi memoria se aflojen aún más.

Me fui a la cama sobre las 3.00, ya de madrugada, hora muy tardía a la que no estoy acostumbrado, deseando completar un trabajo en el ordenador que tenía pendiente. Lo cierto es que no pude, al menos de forma completa, porque las fuerzas físicas me abandonaron y ya casi no podía concentrarme. Después de tumbarme en mi dormitorio, estuve al menos más de una hora dando vueltas y más vueltas, quizá porque mi organismo no se habituaba al cambio horario al que me había sometido o tal vez porque seguía cavilando sobre cómo darle forma a esa tarea aún por finalizar.

Perdí la noción del tiempo pero os puedo asegurar que el recuerdo del sueño que experimenté fue tan vívido que me ha impelido a meditar sobre la importancia del mismo. Súbitamente, resulté transportado a Cádiz, localidad tres veces milenaria del Sur de España y fundada por los comerciantes fenicios en torno al año 1000 a. C. Estaba mediada la tarde y a lomos de un impresionante caballo de color marrón, el que os habla, cabalgaba por el espacioso camino que sirve de acceso a sus murallas. Reconocía perfectamente la época en la que me situaba. Vestía uniforme militar resplandeciente, probablemente de oficial del ejército tanto por las características del atuendo como por los saludos que me dirigían otros compañeros de armas con los que me cruzaba durante el trayecto. Mi edad rondaba los cincuenta años y por la ambientación tan minuciosa que observaba, increíble amalgama de colores y sonidos percibidos, el episodio debía suceder en torno al siglo XIX. Cual cámara moderna que retransmite un acontecimiento en directo desde todos los ángulos, podía permanecer como privilegiado espectador sobre aquella extraña escena que ante mis sentidos espirituales continuaba desarrollándose. Esto me llamó la atención, ya que para mí no es tan frecuente disponer de sueños tan plenos de detalles y en los que tienes la absoluta seguridad de que la secuencia que revives está produciéndose de forma tan palmaria.

Para los que desconozcan cómo es esta ciudad, se trata de una reducida porción de península unida a través de un estrecho camino a España. Al final de esa senda de unos tres kilómetros de longitud se vislumbra Puerta Tierra, que no es más que una fortaleza de gruesos muros que servía de protección a la vieja población frente a sus invasores y a través de las cuales se ejercía el control de acceso a la misma. Más allá de esta se extiende el antiguo Cádiz constituido en una especie de círculo irregular a modo de taza, ante el que se nos muestra su bullicioso puerto de mar y el resto del baluarte que protege a sus habitantes de los ataques costeros de las naves enemigas. Si no fuera por ese diminuto istmo, podríamos hablar claramente de una isla.

Realizada esta aclaración, reanudo el relato de lo que allí estaba ocurriendo. Conforme cruzaba ese sendero de tierra que hoy constituye su amplia avenida de entrada a la capital, divisaba al fondo la silueta de Puerta Tierra a la que, cabalgando en tan majestuoso caballo, me aproximaba por momentos. Podía notar cómo el personaje que encarnaba era respetado, especialmente por la forma en que las personas con las que me encontraba me iban saludando, aunque advertía una sensación ambivalente en esos seres y que oscilaba del temor a la admiración, aunque me sentía muy satisfecho a pesar de las emociones encontradas (increíble lo prolijo de este sueño).

Al cabo de un tiempo, concluí mi paseo por ese camino sobre el firme y traspasé los espesos muros que indicaban que ya me hallaba en el recinto de la población. Todo hasta ese momento había resultado bastante tranquilo e incluso familiar, como si ese escenario y lo que había observado hasta ese instante me resultara muy usual, a imagen de una rutina que debía cumplir habitualmente.

Una vez descendí por la Cuesta de las Calesas, que es una avenida con cierta pendiente desde la que se baja desde las murallas hasta el puerto, contemplé el muelle atestado de pequeñas embarcaciones de madera y aspiré el aroma a sal tan típico de la zona por la que me movía. A continuación, me introduje en el complejo laberinto de calles estrechas y sinuosas de las que se compone la capital gaditana. Por aquel instante, la noche ya se había echado encima y yo con mi vestimenta y cierto porte orgulloso, proseguí a lomos de la cabalgadura penetrando cada vez más por los recovecos de aquel entramado de pasadizos sumidos en penumbras.

Al rato, tras abandonar una confluencia en la que se vislumbraban algo más las paredes de las casas por la tenue luz allí reinante, el sonido de la montura se acrecentó debido al evidente silencio, dejando tras los pasos del animal un ligero eco de cascos golpeando sobre el adoquinado. Me adentré en un callejón oscuro y aún más silente. La voz instintiva de mi conciencia comenzó a sacudir el interior de mi pecho, de modo que sentí con nitidez cómo el bombeo de mi corazón aumentaba su velocidad al tiempo que presionaba con inusitada intensidad el armazón de mis costillas. Hasta el noble animal relinchó de inquietud, lo que barruntaba un mal presagio. Guiado por el instinto, di inmediatamente media vuelta y retorné a la zona anterior donde de manera perpendicular cuatro angostas calles se atravesaban.

Algún ruido seco debió alarmarme pues descendí del corcel apresuradamente, como forma de permanecer más cerca del suelo y mantenerme alerta ante una coyuntura de la que nada veía pero todo intuía. Negros nubarrones aparecieron sobre mis pensamientos y a lo lejos, divisé la silueta de un extraño hombre de mediana edad pero con un aspecto poco tranquilizador y que tras examinarme durante unos segundos, viró sobre sí mismo para desaparecer entre la lobreguez.

Presintiendo un inminente peligro, a pesar de no haber cruzado palabra con aquel enigmático personaje, me acerqué a la fachada de una minúscula iglesia que se situaba a escasa distancia de mis espaldas y allí, de pie y presto, aguardé acontecimientos. Al poco, aquel individuo de ponzoñosa mirada estaba de regreso, pero tras él, tres sombras de siniestra catadura y de similar aspecto al primer sujeto, se aproximaron hacia mí con aviesas intenciones al tiempo que giraban sus cabezas lentamente de un lado a otro, como queriéndose asegurar de que nadie iba a merodear por allí para interferir en sus funestos propósitos.

Presagiando el eclipse de mis días, ni siquiera adopté postura de defensa pese a mi condición, tan solo quedé dispuesto y resignado a mi suerte, a la espera del fatal desenlace y únicamente y para sentirme más seguro, apoyé mi espalda en el grueso muro de aquel templo encalado de blanco y que le permitía relumbrar algo más entre las tinieblas de aquella nefasta noche. Acaso quisiera exhalar mi último adiós cerca de algún símbolo religioso. Era tal el convencimiento de que había llegado mi hora que ni siquiera pedí explicaciones.

El sueño era tan evidente que no solo estaba allí; había penetrado en el pensamiento de aquel militar, me había identificado con su persona, vestido con sus ropas y cabalgado en su montura, respirado el aire decimonónico de tan antigua villa, advertido el color de sus rincones y el sentir de sus gentes…

Fue todo tan real y palpable que no me detuve a contemplar el remate de tan doloroso asunto. Al término de la tragedia, permaneció en el recuerdo fresco de mi memoria la sensación quemadora del afilado cuchillo, impresión abrasadora que cualquiera evoca cuando sufre un tajo en la mano o en uno de sus dedos. No sé ya si en el mismo sueño o en estado de aletargada lucidez, intenté traer a mi cabeza respuestas a tan conmovedora historia. ¿Por qué no luché por mi vida? ¿Cómo fue que renuncié a defender mi integridad? ¿Por qué no hui de tan arriesgada encrucijada? ¿Por qué anticipé en aquella cabalgadura de forma tan meridiana el término de mis días? ¿Qué había hecho o en qué circunstancias me desempeñaba para resultar víctima de tan triste conjura? ¿Qué daño pude infligir yo anteriormente a aquellas manos asesinas? ¿Qué había realizado aquel militar en vida para acabar con el cuerpo ensangrentado, agujereado, besando con sus labios morados los sucios adoquines de tan sombrío empedrado, perforado por punzantes estiletes a modo de vulgar coladero?

¡Quién sabe! Algún día recibiré respuestas, mas nadie puede hacerme olvidar la relevancia y el significado de esas imágenes revividas con la fuerza de la autenticidad. No resultó un sueño cualquiera. He estudiado esta cuestión durante años pues forma parte de mi trabajo y sé diferenciar aquellos sueños producto de reelaboraciones de la realidad y que son los más comunes, de aquellos otros que presentan un sello muy particular, muy personal. Estos últimos, precisamente, son los más elocuentes y conforman aquellas visiones de las que guardamos un nítido recuerdo, aquellos que por su especial simbolismo mantenemos retenidos en el espacio de la memoria, aquellos en definitiva, que nuestros hermanos del “otro lado” pretenden que conservemos, a fin de obtener las lecciones adecuadas para aclarar los puntos oscuros de nuestro rastro por el mundo. Esta es la esencia y el porqué de la custodia de estos fenómenos oníricos, cuando desprendidos temporalmente de la carne y aflojados los lazos que nos unen con nuestro cuerpo, el espíritu accede a su dimensión natural, la que le es propia, y entonces descubre una rica gama de datos valiosos que le aportan información sobre su pasado y su devenir. ¡Qué sabio el Creador al permitir todas las jornadas nuestras escapadas nocturnas al otro lado de la realidad!

Simplemente y aunque pretendía reflexionar sobre otras cuestiones, tengo más que claro que la pasada noche mis compañeros del otro plano persiguieron llamar mi atención, de modo que hoy os hiciera llegar a vuestros sentidos lo ocurrido y al tiempo tomara conciencia de ciertos episodios de un misterioso pasado. Cada uno de nosotros posee un ayer que ya no puede cambiar, pero del cual puede aprender. Doy gracias a los buenos espíritus por su don de la oportunidad y me dispongo en la soledad de mi más recóndito silencio, a extraer las conclusiones más idóneas sobre ese viaje en el tiempo que es la evolución.

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