Después de la emotiva despedida, Beatriz y su familia abandonaron el edificio. Todas las monjas permanecieron cerca de la celda de Verónica, quien vivía ya sus últimas horas en la existencia física. No dejaron de orar por su priora en ningún momento. Ella cayó en un sueño profundo, reconfortada por aquella maravillosa experiencia, del que parecía que no iba a despertar.
La hermana Consolación, de vez en cuando, acercaba su oído al pecho de la mujer para cerciorarse de que seguía respirando; otras veces, usaba un pequeño espejo para comprobar el rastro de su aliento.
Al acercarse la noche, el cuerpo de Verónica realizó una contracción brusca. La mujer abrió los ojos de repente y, aún con un leve pulso en sus muñecas, tuvo fuerzas para decir:
—Fátima, hija mía… —pronunció con un tono débil, casi apagado—. ¿Ves lo que yo veo?
—¿El qué, mi señora? —preguntó la monja, tratando de fijar su vista en la pared de enfrente.
—¡Mira… ella está ahí! Ha traspasado el muro y se acerca llena de luz…
—Fátima, ¿de quién habla la madre? —preguntó Martina, al otro lado de la cama.
—Pero… ¿acaso no la veis? ¡Si es Beatriz de Silva, nuestra fundadora! Ha venido a recogerme… Dios mío. Se ha presentado para llevarme con ella. Doy gracias al Señor y a la Virgen. ¡Qué gran honor… qué gran dicha!
—Claro que sí, madre —susurró la hermana Fátima, con los ojos húmedos—. Disfrutad de tan bello momento, mi señora.
—Espera, hija… —insistió Verónica con un hilo de voz—. Noto a alguien más a sus espaldas.
—¿Quién es, su merced? —quiso saber la monja.
—Pero… pero… ¡es maravilloso! Es mi bendita madre… Catalina de Guzmán. Me está sonriendo y me extiende su mano. Ahora lo entiendo todo… Voy con vosotras. Esperadme…
Fueron las últimas palabras que salieron de la boca de la superiora.
En un gesto inconsciente, estiró el cuerpo y alzó el brazo para alcanzar una figura invisible para las demás. Incluso señaló con el dedo índice un espacio indeterminado en la pared blanca de su celda, como si quisiera convencer a las presentes de cuál era el lugar por el que habían acudido aquellas dos mujeres: las que venían del más allá para llevársela de la vida terrenal.
De pronto, el brazo de Verónica cayó sobre las sábanas.
Y, en aquel preciso instante, dejó de respirar.
Fátima la miró con infinita ternura, la besó en la frente y le cerró los ojos. Movida por una intensa intuición, se atrevió a decir:
—Hermanas… tocad las campanas. Incluso en esta hora amarga, la luz ha brillado en este convento. Verónica de Nebrija ha vuelto a la verdadera vida. Ha resucitado como nuestro Señor Jesucristo… y nosotras continuaremos con su bendita labor. Que Dios y la Virgen nos acompañen siempre.
El resto de la comunidad se arrodilló en señal de respeto. En voz baja, Fátima dirigió entonces las oraciones por el alma de aquella gran mujer.
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—Amada Virgen Inmaculada —dijo la madre Fátima—, te doy gracias por haberme permitido contar esta historia: un testimonio que perdurará para las generaciones venideras. La biografía de una mujer de bien que habitó en este monasterio y que nos sirvió de ejemplo a todas.
—Yo también doy gracias, madre Fátima —intervino la hermana Genoveva—. No sabéis cuánto me alegro de haber sido vuestra escribana durante todas estas semanas de emocionante relato. Aunque conocía algunos datos generales, me he sorprendido con detalles que ignoraba por completo. Ha sido una gran ventaja escuchar toda esa historia con vuestra propia voz: la de alguien que compartió tantos años con una monja excepcional que, sin duda, vivirá en el cielo junto a nuestra admirada Beatriz de Silva. Admito que, cuando debía corregir algún fallo del texto, mi mente se recreaba volviendo a releer vuestras revelaciones.
—Yo diré lo mismo que expuso mi preceptora cuando conoció a su hija ya adulta, casada y con cuatro hijos: «Ahora ya me puedo ir en paz». Este era mi último servicio que quería ofrecer a la comunidad… y, desde luego, a la madre Verónica, que dejó su huella en cada piedra de este convento.
—Mi señora —preguntó entonces Genoveva—, ahora que ya habéis terminado la narración… ¿qué se supone que debo hacer con este legajo?
—Buena pregunta, hermana. Te concedo plena libertad para que hagas con ello lo que consideres oportuno. Guárdalo. Ponlo a buen recaudo para que resista el paso ineludible de los años. Quién sabe si, algún día, es hallado por la persona adecuada y ve la luz para otros lectores… otras criaturas que deseen saber lo que sucedió entre estos muros tan antiguos y henchidos de historia: testigos mudos de todas las crónicas de las monjas que por aquí pasaron.
—Su merced, esa tarea constituye un gran honor para mí, sobre todo por la confianza que depositáis en mí. No os defraudaré. Lo ordenaré y lo corregiré todo. Luego, lo custodiaré en el mejor de los lugares: oculto para los fisgones, pero accesible para los corazones inquietos de sabiduría, aquellos capaces de descubrir el tesoro escondido en estas memorias.
—Hermana —concluyó Fátima—, nosotras hemos sido testigos de auténticos prodigios. No los propiciados por la maldad de los hombres o por algunas almas grises, sino los nacidos de pensamientos claros e inspirados por las fuerzas celestiales.
…continuará…

