SOMBRAS DE DIOS (39) La gran decisión

—Cómo se nota vuestra sabiduría y temple, madre. Vuestras palabras han calmado mi ansiedad interna, que es una muestra de mi inseguridad y posiblemente, de mi falta de fe en los asuntos del cielo.

—Os diré algo, Verónica. Es probable que esa angustia que sentís constituya el preludio de algo grande. Tal vez se aproxime el momento de demostrar quién sois; la ocasión se halla más cerca de lo que imagináis. Esa es mi intuición y así os lo advierto.

—¿Estáis segura, su merced?

—Desde luego. A menudo, he tenido pálpitos que me demostraban que no andaba errada. Bien, ahora y como os dije antes, os voy a contar un aspecto al que llevo dándole vueltas desde hace semanas.

—Adelante, señora. No sabéis la suerte que tengo de haber mantenido esta esclarecedora y honda conversación con vos. Mi ánimo parece recobrarse.

—Pues lo que acabamos de hablar se halla en relación con lo que pienso deciros. Se ve que todo está íntimamente conectado y ahora lo entenderéis. Os lo comento por el escaso tiempo que me resta para decir adiós a mi existencia física. Es por ello por lo que no quiero demorar por más fechas una decisión que tarde o temprano debía tomar.

—¿Decisión, madre? ¿A qué os referís? Además, debe ser grave por el gesto serio de vuestro rostro.

—En breve, pues mi alma tiene prisa por cambiar de lar, presentaré al consejo una propuesta formal y razonada de a quién recomiendo yo como mi sucesora. Se trata solo de mi humilde opinión. Después, cada hermana votará en conciencia, ejercerá su libre albedrío y a partir de ahí, como se suele decir, que sea lo que Dios quiera y lo que nuestra admirada Virgen Inmaculada decida.

—¡Dios mío, su merced! ¡Cuánta responsabilidad dejáis en nuestras manos! Seguro que con la experiencia que acumuláis y la maestría que siempre habéis mostrado, mis queridas hermanas aceptarán vuestra proverbial sugerencia. Y… decidme, su reverencia… sin pretender pecar de aventajada, pero es que me mata la curiosidad, ¿podría saber a qué experimentada hermana de las veinte que somos propondréis como nueva responsable de este digno convento?

La madre Juana posó su mano de forma delicada sobre el hombro de Verónica y dirigiéndole una tierna mirada, unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de la anciana. Al clavar sus intensos ojos azules en la hermana…

—¿Cómo? ¡No puede ser, mi señora! ¿Es cierto eso que me estáis apuntando con vuestras pupilas?

—En efecto, hija mía. A pesar de tu sorpresa, considera que no se trata de una decisión repentina. Esto viene de muy atrás y tiene su origen en aquella proverbial conversación que antes mencionabais. No fuisteis solo vos quien quedó marcada por el encuentro con Beatriz de Silva. Aquello resultó una señal tan reveladora que jamás la había presenciado antes y que me hizo reflexionar. Conforme iba envejeciendo, cada vez lo tenía más claro en las paredes de mi alma. Verónica, sí, vos sois la elegida. Esa es mi convicción y estoy persuadida de que es vuestro destino.

La joven no podía salir de su asombro tras la confesión sincera de Juana. Como si una pesada carga de responsabilidad hubiese caído sobre sus hombros, dijo:

—Pero, madre —expuso la chica balbuceando y presa del nerviosismo—, existen muchas hermanas más experimentadas y sabias que yo en nuestra comunidad. Alguna de ellas podría dirigir esta abadía con una mayor competencia y madurez que quien os habla.

—Hija, la sabiduría no es solo una cuestión de sumar años, es también un camino que surca por el corazón. Fijaos si creo que vos sois la designada que el motivo que observo detrás de todo esto es que habéis sido elegida por nuestra madre fundadora. Esa es mi impresión y a ella me atengo. Mi querida Beatriz de Silva y Meneses, ante la que me inclino, sabe lo que hace y aunque hayan transcurrido diez años de aquella impresionante escena, ella no ha olvidado el compromiso al que llegó con vos. Os digo más; si yo estuviese en un engaño de mi propia mente, si esa no fuese su voluntad y de la nuestra Madre la Virgen, esa mentira pronto se descubriría. En ese caso, creo que las hermanas escogerían a otra y no a la mujer en la que yo he pensado. Creedme, ni soy infalible ni pretendo serlo.

—En ese caso, mi señora, hallo que tenéis toda la razón. Solo se cumplirá lo que esta comunidad desee en el interior de su corazón, aunque su reverencia proponga recomendarme. No quiero ser osada, madre Juana, pero voy a daros mi opinión más sincera. Cuando hagáis esa reunión no propongáis a nadie. Por favor, dejad que sean las mismas hermanas las que decidan. Pase lo que pase, yo aceptaré su voluntad en mi espíritu y eso será lo correcto. No me gustaría asumir una responsabilidad tan inmensa sin contar con el beneplácito de mis compañeras. Y, aun así, os manifiesto todo mi respeto y gratitud —indicó emocionada Verónica mientras que se arrodillaba y le besaba las manos a la anciana.

—Andad, levantaos rápido y dadme un abrazo. Vuestra reacción ha sido acorde a vuestra humildad. Dios mío, ¡qué gran madre seréis! Está bien, acepto lo que decís. No diré nada en esa reunión: que sean ellas mismas las que elijan. Seguro que la fundadora y nuestra santísima Virgen tocarán sus corazones. Doy gracias a Dios por esta charla: aquí he visto una prueba irrefutable que aligerará vuestra carga y que os servirá para despejar esas dudas que atenazaban vuestra alma. Contáis con veintisiete primaveras, estáis en la flor de la vida y pese a vuestra juventud, os veo perfectamente capacitada y preparada. ¿Por qué si no Beatriz se iba a fijar en vos? Dejemos que el juez supremo que es el tiempo ponga las cosas en su sitio. El Señor ha situado una llama sobre vuestra cabeza. Brille esa luz sobre vos y sobre la comunidad. Te pedimos, señora Inmaculada, que se cumpla vuestra voluntad.

Un ligero viento fresco se levantó en aquel crucial momento en el claustro de la orden concepcionista, como dando por finalizada aquella sustancial conversación que afectaría en el futuro tanto al convento como a sus integrantes.

…continuará…

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SOMBRAS DE DIOS (40) «Llegó tu hora, Verónica»

Sáb Jun 21 , 2025
Cuando aún no habían transcurrido tres meses desde aquella importante charla mantenida entre la veterana responsable del convento y la hermana Verónica, Juana llevaba postrada en la cama de su celda varios días aguardando por su despedida del mundo terrenal. —Concepción —expresó con gravedad la hija del conde de Valcárcel—. […]

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