SOMBRAS DE DIOS (107) El miedo cruza el umbral

Un rato más tarde, Verónica se inquietó: hacía demasiado que no veía a la adolescente. Fátima rara vez se alejaba de su mentora; parecía como si un hilo invisible, anudado desde el cielo, las mantuviera juntas. Entró en la cocina, donde varias hermanas ultimaban el almuerzo, y preguntó en voz alta:

—Por favor, ¿alguna de vosotras ha visto a Fátima? Resulta extraño: hace un buen rato que no sé de ella.

—Su merced —respondió una hermana—, la vi salir de la biblioteca donde se encontraba estudiando y vino aquí para pedir un cesto. Dijo que iba a recoger naranjas de los árboles del claustro para guardarlas en el almacén.

—Gracias, hermana. Me acercaré a ver si la encuentro por allí.

A Verónica le roía un presentimiento y no era precisamente halagüeño. Vivían en comunidad, sí, dentro de muros firmes; pero no haberse cruzado con su «niña» desde la mañana le apretaba el pecho. Apresuró el paso hacia el claustro: ni rastro de la muchacha. Enseguida se dirigió a la alacena donde guardaban las frutas, las verduras y otros productos de la huerta de los que se proveían. La puerta, entreabierta —algo inusual, pues solía cerrarse para que no entrasen gatos ni pájaros—, le acrecentó la sospecha. Encendió una vela y penetró en la penumbra.

A los pocos pasos tropezó con algo que parecía un bulto y estuvo a punto de caer. Bajó la llama: era el cuerpo de Fátima, inmóvil, aún sin recobrar el sentido. Acercó la luz a los cabellos rubios, la llamó por su nombre, le dio suaves palmadas en las mejillas. Nada.

El temple le falló. La ansiedad se apoderó de su cuerpo y, sobre todo, de su alma. Salió al pasillo, tomó la campanilla de alarma y la agitó con toda su fuerza:

—¡Socorro, socorro! ¡Acudid todas!

La visión de la joven tendida en el suelo le había nublado el sentido de la racionalidad: presa del pánico, ni siquiera había comprobado el pulso o la respiración de la joven.

—¡Ay, Dios mío, que me la han matado! ¡Que venga Consuelo, deprisa! ¡Hermanas, por caridad!

Acudieron muchas a la vez, entre ellas Consolación —que había heredado las funciones de la añorada hermana Concepción como enfermera—. Al ver a la superiora pálida y desencajada, preguntó:

—Madre, ¿qué sucede?

—Entrad conmigo —contestó Verónica, tratando de recobrar el aliento—. Fátima está en el almacén, tendida, y no responde. No sé qué ha ocurrido, pero no puede ser bueno.

—Calmaos, madre —pidió Consuelo con voz firme—. Veremos qué es y esperemos que sea solo un susto.

Con ayuda de otras hermanas alzaron con cuidado a la joven y la llevaron a un espacio con luz. Consuelo se inclinó, tomó la muñeca, acercó el oído.

—Vive, madre. Tiene pulso y respira. Mirad cómo le sube y baja el pecho.

—¡Gracias, Señor! ¡Gracias, Virgen de la Inmaculada! —murmuró Verónica, besando las manos una y otra vez de la muchacha.

—Llenad un cubo del pozo —indicó Consuelo—. El agua fresca en el rostro ayudará.

El líquido templó la piel de la jovencita. Fátima parpadeó y, al reparar en las lágrimas de Verónica, se llevó instintivamente las manos al bajo vientre, con un gesto de dolor contenido.

—Madre… me duele mucho… —acertó a decir, confusa.

—¿Puedes ponerte en pie? —preguntó Verónica, sosteniéndola.

—Puedo intentarlo, pero me cuesta.

—Llevémosla a la enfermería —indicó Consuelo—. Allí valoraremos mejor lo que le ha pasado.

La tendieron en una camilla. La enfermera examinó con prudencia, revisó marcas en cuello y hombros, buscó señales de golpe o caída. Luego, con voz serena:

—Ya entiendo por qué ese dolor y el desvanecimiento. Madre… ¿os habéis fijado en los restos de sangre en sus zonas íntimas?

—Ya. Fue de las primeras cosas que observé.

—Veamos, Fátima, ¿qué recuerdas?

—Poca cosa, hermana… Entré en la alacena con una vela encendida porque estaba oscuro. Coloqué el cesto… y tuve una impresión extraña; sentí que alguien me miraba por la espalda. Del susto, la vela se me cayó. Noté unas manos poderosas en el cuello que me apretaban. Se me nubló la vista, me faltó el aire… y nada más. Creo que me desmayé.

Verónica tragó saliva.

—Entonces, ¿pensáis lo mismo que yo, hermana Consuelo?

La enfermera asintió con gravedad, eligiendo con cuidado las palabras:

—Veo señales de fuerza y un susto mayúsculo. No puedo asegurar más sin más pruebas; lo importante ahora es atenderla, protegerla y avisar solo a quien corresponda. —Miró a la comunidad—. Agua, paños limpios y silencio. La cuidaremos entre todas.

Verónica tomó la mano de la joven y, ya más dueña de sí, concluyó:

—Aquí estás a salvo, hija. Tienes mi palabra. Que nadie entre ni salga sin mi permiso. Y que la capellanía rece: Fátima nos necesita fuertes y en oración. Aquí termina el miedo; empieza el amparo.

…continuará…

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