—Sin duda, madre. Concuerdo con ese mensaje. Si me lo permitís, voy a cubriros un poco. Comprendo la alegría por haber concluido vuestro relato, pero parece que ha refrescado. Quién sabe… esas nubes de esta mañana quizá ya sobrevuelen el pueblo. Vos debéis cuidaros, que lleváis demasiado tiempo postrada en la cama.
—Sí, es cierto. La dicha me ha empujado a una imprudencia. Dios mío… si no tengo fuerzas ni para incorporarme del lecho. Estoy agotada, Genoveva, pero el Señor me ha concedido la voluntad y el ánimo suficientes para llegar a este punto de satisfacción, el que se corresponde con la sensación de la misión cumplida.
—Me parece muy bien, su merced. Si no os importa, iré a la cocina a traeros un poco de leche caliente y una torta. Está bien relatar hechos, pero también hay que alimentarse. Tras el esfuerzo conviene llevar sustento al estómago.
—Está bien, hermana. Os lo agradezco. Antes de iros, quisiera pediros un favor especial. ¿Es posible?
—Por supuesto, mi señora. Decidme.
—A lo largo de todos estos años… en concreto desde 1681… ¿creéis que he sido una buena madre para este monasterio? Como nos conocemos desde hace tiempo y conservamos verdadera confianza entre nosotras, sed sincera, os lo ruego.
—Vaya… con ese tono tan solemne, cualquiera habría pensado que os estabais despidiendo para siempre. En fin, trataré de responderos desde el corazón.
—Después de anotar atentamente esos hechos de los que fuisteis testigo principal… pienso que habéis recogido el legado que nos transmitió la madre Verónica y que, a esa primordial herencia, le habéis sumado vuestras propias cualidades, que son muchas, madre. Ninguna monja de esta casa podría discutirlo. Esa ha sido la esencia de vuestro mandato: haber respetado la mejor fórmula para gobernar esta comunidad, donde la convivencia y la paz no siempre son fáciles de sostener. Pensadlo: somos más de veinte mujeres de clausura, cada una con sus virtudes y defectos, con su carácter, con su pasado a cuestas. Mantener el equilibrio de todo eso requiere de templanza, prudencia, paciencia… y, sobre todo, de amor.
Se produjo un breve silencio entre ambas; era como si cada una meditase con rapidez lo dicho, extrayendo sus propias conclusiones.
—Agradezco de veras vuestra sinceridad. Creo que la verdad ha hablado por vuestra boca… y eso me llena de serenidad, que es lo que más preciso en mis circunstancias.
—Madre… recordad que llegasteis aquí en un capazo, tan blanca como la nieve de vuestra inocencia: una niña recién nacida y hermosa que, por motivos que jamás supimos, fue abandonada a la aventura.
—Tenéis razón. Es imposible olvidar mis orígenes.
—Quién sabe lo que hubo detrás. Tal vez fuisteis fruto de una relación prohibida; quizá de un abuso; una hija no deseada; o una boca más que alimentar que sobrepasaba los recursos de una familia angustiada. Pero desde que aparecisteis aquí, recibisteis la mejor tutela: nada menos que los cuidados y la educación de una mujer excepcional que os tomó como hija adoptiva. Esa herencia que la hija del conde de Valcárcel os legó fue su gran regalo: el tiempo, la atención y el amor que no pudo ofrecer a su hija Beatriz. Estaba escrito en el cielo que vos estabais destinada a regir durante años nuestros destinos.
Tras una breve pausa, Genoveva añadió con dulzura:
—Su merced… he dicho lo que sentía. Espero que mi respuesta os haya aliviado el espíritu, aunque solo se trate de mi opinión. Yo, en particular, os estoy agradecidísima… y más después de haberme permitido escuchar, de vuestra propia voz, las vivencias de toda una época en este convento. Eso ha sido una gran muestra de confianza depositada en vuestra más humilde servidora.
—Claro que sí, Genoveva… claro que confío plenamente en vos. Por eso os dicté esta historia: para demostraros la intimidad que nos une y también como muestra de gratitud por vuestro incansable trabajo, el que habéis desempeñado desde que os conocí. He abusado tanto de vuestra paciencia… que no sabría cómo pagaros.
—Tranquilizaos, madre. Ha sido una tarea que ambas hemos realizado de mutuo acuerdo y con satisfacción. Eso es lo importante. Aguardad un instante. Estoy de vuelta con la comida en un santiamén.
Pasado un rato, la hermana Genoveva llamó con suavidad a la puerta de la superiora.
—Madre Fátima… os he traído lo prometido: un cazo con leche caliente y la torta de harina con almendra. Con permiso…
Sin embargo, la abadesa no contestó.
Durante el tiempo en que Genoveva había estado ausente, la madre Fátima —aquella cría abandonada a las puertas del convento concepcionista tras la gran plaga de peste de 1649— había entregado su alma al Todopoderoso.
La monja cumplió con un ritual ya conocido: dejó la bandeja sobre la mesa, le cerró los ojos con delicadeza y luego, con todo el cariño del mundo, le dio un beso en la frente. Después le cruzó los brazos y le entrelazó las manos sobre el pecho.
Recitó un Ave María en la intimidad por el descanso de quien ya no estaba allí y, con la esperanza reflejada en el rostro, se despidió de la mujer que había regido aquel monasterio durante tantos años.
—Ahora comprendo de veras vuestra determinación, madre… —susurró Genoveva mirando, emocionada, la figura yacente de la superiora—. Ha sido todo tan extraordinario en vos… que hasta para abandonar el mundo habéis sido delicada y humilde. Ya habéis entrado en la historia, al igual que lo hicieron antes que vos Beatriz de Silva y Verónica de Nebrija. Era vuestra cita: la hora perfecta para abandonar este valle de lágrimas y cruzar el umbral hacia la auténtica vida, la espiritual. Dios mío… Virgen de la Inmaculada Concepción… enviad a vuestros emisarios para que la recojan, os lo ruego. Y conservad este convento bajo vuestra mano serena. Que así sea.
Antes de dirigirse al pasillo para tocar la campana que avisaría a la comunidad de la novedad que todas esperaban, la hermana Genoveva tomó una vela. Se acercó al último cuaderno donde había escrito aquellas memorias, lo firmó y anotó la fecha de la jornada.
En esta villa de Osuna, a treinta de abril de mil setecientos y once.
FIN

