Ya en el zaguán, antes de que los criados la condujeran a la cámara preparada para su descanso, Verónica se volvió:
—Monseñor… —El arzobispo alzó las cejas—. Si un día os detenéis en nuestra portería, no llaméis a trompeta. Llamad a la puerta pequeña. Os aguardará un puchero sencillo y una oración.
—Ciertamente —respondió él, esbozando una mueca risueña—. Y quizá un paseo sin postres. —Se llevó la mano al pecho, esta vez con un gesto de enmienda—. No habrá segunda advertencia del cielo.
Se despidieron con una reverencia breve. En el corredor, las losas devolvieron a Verónica su propio paso. La condujeron a una estancia amplia donde una lámpara de aceite dejaba una luz de pan caliente sobre la colcha. Antes de tumbarse, se acercó a la ventana. Sevilla dormía con un rumor de astros y de patios. Bajo aquel cielo de humo leve, la abadesa cerró los ojos y dijo, sin mover los labios: «Beatriz, madre, guiad el regreso». Le pareció, o creyó que le parecía, que la habitación se volvía azul un instante, como si un manto la cubriera. Después, el cansancio —por fin— venció a la vigilia.
En el salón, el arzobispo permaneció un rato más sentado, con las manos entrelazadas sobre la mesa vacía. Llamó al ayuda de cámara.
—Mañana al alba —dictó—: dos carruajes, escolta discreta, y avisad al maestro de capilla para que mande un responso en San Jorge. —Hizo una pausa—. Y retirad el dulce de membrillo de la despensa. Desde hoy, pan, caldo y fruta.
El criado inclinó la cabeza. Cuando la puerta volvió a cerrar, Domingo Pimentel elevó una breve oración sin palabras. No pidió nada. Dio gracias. Afuera, en el patio, la fuente siguió su salmodia. Dentro, en la lámpara, la llama tembló una vez y se aquietó, como si la casa —entera— hiciera propósito de enmienda.
A la mañana siguiente, todos emprendieron el regreso. En Sevilla, las campanas tocaban vísperas; el Guadalquivir, ajeno a sentencias y prodigios, seguía su curso.
El traqueteo del carruaje, primero áspero y desconcertante, fue volviéndose un pulso regular que domaba los nervios. Al dejar atrás las murallas de la ciudad, el aire del campo entró por la ventanilla entreabierta con olor a heno húmedo y tierra removida. El sol de la mañana se quebraba en los lomos de los caballos; dentro, las dos mujeres se miraban de reojo sin atreverse a romper el silencio que había quedado como una bruma después de la sentencia.
Martina fue quien, al fin, se decidió.
—Disculpadme, madre —dijo, y la voz sonó más humilde de lo que pretendía—. Hay algo que no alcanzo a entender. ¿De quién partió la idea de que viajásemos juntas? ¿Del señor arzobispo, quizá?
—No —replicó Verónica, con la serenidad de quien ya ha resuelto sus cuentas por dentro—. Se lo pedí yo. Fue un favor personal. Y su excelencia, agradecido por lo que ocurrió, lo concedió sin titubeos.
Martina apretó los dedos sobre el regazo.
—No acabo de comprenderlo, su merced. Al menos quedaréis desagraviada cuando me veáis encerrada seis meses. Será duro, sí, pero lo sobrellevaré. Supongo que os resultará una venganza aceptable… medio año, ciento ochenta días, si os parece más expresivo.
Verónica la miró de frente por primera vez desde que el carro se puso en marcha.
—¿Venganza, decís? ¿De qué venganza habláis, hermana?
—De la que buscan los ofendidos —respondió Martina con una sonrisa que se le quebró—. Para eso se dictan las penas, ¿no?, para resarcir a la víctima a través del castigo al culpable.
—En vuestro caso no habrá ni venganza ni castigo. Conviene que lo sepáis ahora, antes de que el camino nos devuelva a casa.
La palabra «casa» hizo una grieta en la coraza de Martina. Aun así, mantuvo el gesto.
—Me tenéis desconcertada, madre. Entonces… ¿cómo será mi vida al llegar al convento?
—Como la de cualquier monja —contestó Verónica, sin dureza—. Haréis vuestras tareas, cumpliréis con los oficios, volveréis a la regla que compartimos. Nada más, y nada menos.
—Pero… —balbuceó Martina, buscando en el suelo de tablas una lógica que se le escapaba—. ¿Y la sentencia del tribunal? ¿No será aplicada?
—El arzobispo me ha dado plena autonomía para administrarla. Ha dejado en mis manos su cumplimiento. De mí depende.
Un brillo, mezcla de esperanza y desconfianza, pasó por los ojos de Martina.
—Entonces, ¿no permaneceré aislada? ¿Ni siquiera un tiempo?
—No os impondré restricción alguna. Decidme: ¿qué ganaría mi alma ante la mirada de la Virgen Inmaculada si os apartase como a una apestada? ¿Qué se gana castigando cuando se puede corregir sirviendo?
Martina soltó una risita nerviosa para esconder el temblor.
—Ah, ya entiendo. Lo hacéis para no sentiros culpable conmigo.
—No —repuso Verónica, sin alterarse—. Lo hago para permanecer cerca de Dios y del espíritu de nuestra fundadora. La misericordia no es debilidad; es obediencia. Si os cerrara la puerta, me alejaría de ese ideal.
El carruaje salvó un bache; los dos cuerpos se mecieron al unísono. Fuera, un mochuelo cruzó como una piedra gris sobre los trigales.
—He de admitir que, al menos, es una noticia agradable —dijo Martina, y esta vez no hubo ironía, solo cansancio.
—Cuanto antes volvamos a la normalidad —prosiguió la abadesa—, antes hallaremos sosiego y la comunidad respirará en paz. No deseo más ruido en nuestras celdas. Bastante estruendo ha habido.
—De acuerdo —musitó Martina, y bajó la cabeza. Permaneció así un instante, como si se examinara por dentro—. Solo puedo daros las gracias por vuestra actitud.
—Me alegra oírlo. Y permite que te sugiera algo —añadió Verónica, eligiendo el tuteo como quien tiende una mano—: deja que esto pase como pasa el polvo por el camino. Yo he pasado página. Estoy cansada, Martina. Necesito volver a casa. Necesito volver al trabajo callado, a la campana de tercia, al olor de la cera, a las voces en el coro. Te invito a volver conmigo como una hermana más, sin rencor.
…continuará…

