La cena, tan sobria como digna, fue quedándose en silencio hasta que las cucharas reposaron a un lado de los platos. Afuera, el rumor amortiguado del Guadalquivir llegaba como un susurro constante; dentro, la luz de los candelabros temblaba entre los dorados del artesonado y hacía brillar el anillo episcopal cada vez que Domingo Pimentel alzaba la mano para subrayar una idea. El prelado, encajado en la silla, se incorporó cuanto le permitió el peso y, con la madera quejándose bajo su cuerpo, habló sin grandilocuencia, con ese tono grave que abre y cierra puertas:
—Permitidme otra franqueza. Lo de hoy no lo cantaré en plazas ni en corrillos. No por negar lo obrado, sino por guardarlo del ruido. La Iglesia conoce la delgada frontera entre veneración y superstición. Mas sabed que, de ahora en adelante, vuestra casa tendrá mi amparo. —Alzó un dedo, casi paternal—. Y mi médico obedecerá en lo tocante a dietas.
—Os lo agradezco, su Excelencia —respondió Verónica con una leve inclinación—. Que el bien se haga en silencio no lo vuelve menos bien.
El arzobispo sonrió, cómplice; los ojos, aún humedecidos por la conmoción del día, se le volvieron jóvenes por un instante.
—Y ahora —prosiguió—, si no os cansa una petición más, pedidme algo vos. Lo que esté en mi mano.
—No deseo otra cosa —dijo ella— que paz para mi comunidad y respeto para el nombre de la hermana Concepción. Que no se manche su memoria en boca de ignorantes.
—Tendré cuidado de la palabra —prometió él, y la seriedad de su voz no admitía duda—. En mis dominios no se escarnecerá a la difunta. —Guardó un segundo de silencio, como quien sopesa un decreto—. Mi querida señora, pedís, al igual que habláis, con sabiduría; y vuestra nobleza no procede de la sangre, sino de lo que os ha inspirado esa ilustre señora que habéis traído a la mesa. Os reitero mis gracias. Mañana, al despuntar el día, pondré a vuestra disposición y a la de vuestro hermano un carruaje para el regreso. Así el camino se os hará más liviano.
—No esperaba menos de un corazón tan grande como el vuestro.
—Sí —bromeó con una sombra de ironía—, un corazón tan grande que ha estado a punto de romperse. No lo olvidéis, madre.
—Será lo primero que haga en la primera misa: pedir por vuestra salud y completo restablecimiento.
—Pues que Dios escuche vuestras oraciones.
Callaron un momento. En el patio, una fuente dejó oír su hilo de agua; el aire de la noche traía un frescor de aljibes y azahares tardíos. Verónica deslizó entonces la voz, casi un ruego:
—Abusando de la confianza, su Excelencia, me gustaría añadir otro favor.
—Os escucho.
—Quisiera que, en el viaje de vuelta, además de Francisco, me acompañasen otras dos personas. En primer lugar, aunque haya sido condenada, la hermana Martina. Creo que el trayecto será ocasión para conversar y limar asperezas.
El prelado abrió las manos, sorprendido y conmovido a partes iguales.
—De veras que sois una santa. Y pensar el daño que os ha infligido esa mujer con sus calumnias… Ha estado a punto de quebrar vuestra fama y vuestra casa. Solo un alma templada por la Virgen podría obrar con tal caridad. ¡Que Dios os bendiga!
—También yo erré —admitió Verónica—. Debí ir a su celda antes de que la amargura creciera. Me faltó vista, y quizá humildad. Con las caídas, una aprende dónde pisa.
—¿Y la segunda persona?
—No puedo, ni quiero, abandonar Sevilla sin el cuerpo de mi querida hermana Concepción. Dejarla aquí sería traicionar la misericordia que le debo. Quiero que regrese con nosotras.
El arzobispo entornó los ojos. No fue un gesto de recelo, sino de prudencia de pastor.
—Pensadlo. Ha cometido un pecado grave, cercenar el don de la vida. Conocéis lo que disponen los cánones sobre los suicidas.
—Lo sé, Monseñor. Mas Dios mira los matices. Ella se hirió para protegerme, para que mi absolución no se enturbiase. Y fue una mujer torturada. ¿Cómo habría actuado yo en su lugar? No me atrevo a juzgar con severidad lo que solo Dios conoce en hondura. Él siempre perdona: su amor no tiene medida. ¿Quiénes somos nosotros para negar la clemencia?
Domingo Pimentel no respondió al instante. Miró las manos de Verónica, claras sobre el mantel, y luego sus propios dedos gruesos, marcados por los años. Cuando habló, lo hizo con una mansedumbre nacida de la convicción:
—Desarmáis mis argumentos con palabras celestiales. Daré orden para que el ataúd con su cuerpo marche tras vuestro carruaje. —Se inclinó hacia ella, y su voz bajó un punto—. Y concederé dispensa para que reciba sepultura en tierra bendecida. No habrá pompa, mas sí oración. La caridad pesa más que la letra cuando la letra hiere.
Verónica entrelazó las manos, agradecida.
—Que el Señor os lo retribuya. Procuraremos honrarla con silencio y con trabajo. Su ausencia será una llaga, pero también una semilla.
El prelado posó sus palmas sobre las de la monja. Durante un latido no fueron arzobispo y abadesa, sino dos criaturas que se reconocían frágiles ante el misterio de la existencia.
—Aquella niña que conocí camino de Osma —murmuró él, con emoción— se ha hecho mujer en Dios. Lleváis la paz donde otros siembran ruido.
—La paz solo florece cuando se riega con obediencia —dijo ella, y en sus ojos pasó el reflejo de una memoria—. Mi madre me enseñó a callar antes de herir, y Beatriz de Silva me enseñó a servir antes de hablar.
—Una última recomendación, madre —añadió Pimentel al despedirse, alzándose con esfuerzo—. No volváis a entrar en un torbellino sin vuestro hermano al lado. Los tribunales son como molinos: lo muelen todo.
—Lo tendré presente. Dios nos conceda prudencia.
…continuará…

