—Verá, madre, ya sé que es de noche y que su merced está descansando, pero… es que… no me encuentro bien. Tengo la frente ardiendo, noto calor, temblores y de vez en cuando, me dan muchas ganas de vomitar.
—Dios mío, no entiendo cómo te ha podido pasar eso y de una forma tan rápida. Veamos, ¿te has palpado el cuello, las axilas o las ingles?
—No, mi señora. ¿Es necesario hacerlo? —preguntó aterrada la joven monja.
—Espera un momento, que he de asegurarme. Estate aquí y no hagas ruido. No hay por qué perturbar el descanso de la comunidad. Orad a Dios o a la Virgen o a ambos, si es posible. Será la mejor manera de atraer el amparo divino. Mientras tanto, voy a localizar a la hermana Concepción que está en la celda de al lado. Aguardad aquí un momento… y comenzad vuestras súplicas. En cuanto regrese, las tres nos iremos a la enfermería para examinaros.
Mientras que la novicia se arrodillaba y juntando sus manos comenzaba a rezar…
Dado lo intempestivo de la hora, el ruido generado por la conversación y el estado de alerta general que reinaba en el ambiente, varias monjas que dormían en otras celdas cercanas se despertaron y alteradas por el temor a los efectos de la peste, se asomaron al pasillo principal para comprobar lo que estaba ocurriendo en la habitación de la superiora.
—Que no se mueva nadie ni salga ninguna hermana de su celda —expresó con autoridad Verónica—. ¿Qué hemos dicho esta mañana acerca de mantener las distancias? Conservad la serenidad y encomendaos a la Virgen. La hermana Concepción y yo nos llevamos a la novicia Consolación a la enfermería para evaluar su estado. Al amanecer, seréis informadas de lo sucedido. Por favor, guardad las fuerzas y tratad de dormir. Vuestros cuerpos necesitan el descanso para afrontar mejor las próximas horas. Orad por todas y abandonaos al sueño. Que Dios nos proteja. Hágase su voluntad.
Todas las monjas que se habían asomado al pasillo cumplieron la orden de la madre, aunque conservaban una expresión de terror en sus dilatadas pupilas, sobre todo por la incertidumbre creada ante el mal estado en el que parecía hallarse la joven novicia. La línea que dividía la confianza del horror se hacía cada vez más difusa entre las religiosas que habitaban aquella construcción.
Tras llegar las tres mujeres a la enfermería, se encendieron varias velas para sortear la oscuridad de aquella noche profunda de luna nueva.
—Por favor, Consolación, echaos sobre la camilla —ordenó la enfermera—. Os voy a hacer una serie de preguntas para aclarar todo esto.
—Sí, hermana —contestó nerviosa la novicia—. Lo que vos digáis.
—¿Cuándo habéis empezado a sentiros mal?
—Un poco antes de acostarme. Después de la cena, estuve un rato leyendo en la mesa de la celda y comencé a notar las molestias que le he comentado a la madre. Pensé que, si me iba a la cama y me quedaba dormida, ese malestar desaparecería.
—De acuerdo. ¿Cuáles fueron esos síntomas?
—Fiebre, hermana. También deseo de vomitar y dolor de cabeza. Siento ese malestar en todo mi cuerpo. Fui incapaz de pegar ojo hasta que, alarmada, tomé la decisión de avisar a su merced, tal y como se nos indicó esta mañana en el refectorio.
—Está bien. Pues levantaos y quitaos el hábito que tengo que hacer algunas comprobaciones.
—¿Me vais a tocar, hermana enfermera? Por lo que se ha comentado hoy, el riesgo que corréis si yo estoy enferma es máximo.
—Pues es necesario, Consolación. Además, no advierto otra forma de descubrir lo que os aflige. Si queremos saber si estáis contagiada no veo otra opción.
Fue escuchar la última frase pronunciada por la enfermera y echarse a llorar la novicia. Desolada, se apreciaba a distancia que no estaba preparada para ese tipo de noticias. Los pensamientos más terribles empezaron a inundar su cabeza del modo más pesimista. En medio de la ansiedad…
—No, no, hermana. No nos arriesguemos. Por favor, no me toquéis. No quiero que os contagiéis por mi culpa. Salid de aquí y dejadme morir sola. No deseo ser la hermana que desencadene la tragedia y extienda la plaga al resto de la comunidad. No lo soportaría. Si esa es la voluntad de Dios, que se cumpla; yo me iré, pero no quiero llevarme a nadie conmigo. Por favor, madre, decídselo a la hermana enfermera. Y por favor, comunicadle a mi madre que supe morir en dignidad, a pesar de mi juventud. ¡Ay, mi Dios, que yo no me quiero ir tan pronto! —exclamó la joven mientras que medio desnuda se escondía debajo de la camilla que existía en la estancia.
—Pero, ¿qué estáis diciendo, novicia? Aquí nadie va a morir ni a sufrir el azote de la plaga. Os lo garantizo —comentó con toda seguridad Verónica.
Pese al ánimo que la superiora intentaba infundirle a la monja, esta quedó presa del terror y en segundos perdió el control de sus nervios.
—¡Virgen de la Inmaculada, sálvame, que aún no he cumplido ni los veinte años! —exclamó agobiada la novicia—. No quiero despedirme de este mundo cruel tan pronto. Por favor, os lo ruego… orad conmigo por mi salvación.
Ante los gritos desesperados de la jovencita y al comprobar que esta no iba a recuperar la calma, Concepción tomó rápidamente una palangana que había allí llena de agua y se la arrojó a la cara de Consolación, para que así se recompusiera. Esta, que no esperaba semejante acción, reaccionó con sorpresa y de repente, se quedó callada y sin saber qué decir.
—Mirad, novicia, perdonad que os haya lanzado el agua al rostro, pero es que habíais entrado en la histeria y el sinsentido. Y ahora mismo, eso es lo último que necesitamos. Precisamos tener la mente clara, no enturbiada por los instintos. Y ahora, con más calma, voy a examinaros.
…continuará…

