—¡Eh, no vayas tan rápido, Carlos! Que tú sabes librarte de todo. Antes de hablar del contenido del testamento, respóndeme a una última pregunta.
—Bien, no perdamos las formas. Si es tu última pregunta no me importará contestar.
—Claro. Solo deseo conocer si durante tu fugaz visita a «Los olivares» te cruzaste con Rosario Gallardo. Dime «sí» o «no» y déjate de ambigüedades y tonterías.
—En efecto, me crucé con ella.
—¿Y qué te ocurrió con la muchacha? ¿Hablasteis o solo os saludasteis?
—Apenas nos saludamos. Ya sabes que esa jovencita y yo no nos hablamos. No sé por qué insistes tanto en esa cuestión.
—¿De veras que no sucedió nada entre vosotros? Verás, la información de la que yo dispongo y que resulta ser de una fuente totalmente fiable, me aseguró lo contrario.
—Mira, me tienes harto, hermana —afirmó Carlos con un gesto de rabia en su cara—. No me he desplazado hasta aquí para hablar de una estúpida sin importancia. Corta el tema y charlemos de lo nuestro. Y si no quieres, pues me largo y punto. ¿Sabes? Los domingos están para descansar y no para perder las horas en discusiones estériles.
De pronto, Alicia realizó un movimiento inesperado. Con rapidez, se dirigió a una ventana del salón tapada por una gruesa cortina que estaba a unos dos metros de distancia y por sorpresa, extrajo del alféizar una escopeta de caza oculta en aquel espacio. Estaba claro que su decisión de colocarla allí obedecía a un plan premeditado.
—¡Oye, Alicia! ¿Qué está pasando aquí? Por favor, baja ese arma y deja de apuntarme. No entiendo nada —expresó el hombre echando su cuerpo hacia atrás en un ademán reflejo.
—Tranquilo, hermanito y permanece sentado. ¿No pretenderás encontrarte con una sorpresa desagradable? ¿Verdad?
—Sí, sí, cálmate. Aquí me quedo. Solo te pido que me expliques qué diablos está sucediendo y a qué viene todo esto.
—Pues es muy sencillo y pienso que lo comprendes a la perfección. Aparte de ordenar un asesinato hace ya unas fechas —indicó la hija del marqués mientras que se persignaba con rapidez—, cometiste la peor tropelía que un hombre puede efectuar sobre una mujer. Mira, tú tendrás infiltradas en «Los olivares» a personas afines a ti y a tus intereses. Yo también tengo a mis espías en tu entorno, a gente de mi confianza. ¿Qué? ¿Asombrado, hermanito? ¿Creías que me chupaba el dedo como una imbécil? No tengo dudas, simplemente fue la propia afectada la que me lo contó todo aquella misma noche con pelos y señales. Para su desgracia, no se olvidó de un solo detalle de tu ataque ruin y repugnante. Y desde este mismo instante, te ruego que dejes de expresar estupideces y de disimular. ¿Quieres hacer el favor de una puñetera vez de admitir lo que hiciste? Ten la gallardía suficiente de reconocerlo o… ¿ya no te queda nada de eso?
—Esto es una encerrona, una confesión obtenida bajo amenaza de disparo. Una persona que está siendo encañonada puede reconocer todo lo que quiera el que empuña el arma. Venga, sé de derecho. Es mi campo profesional.
—Ya vamos por buen camino —estableció la hija del marqués mientras que no dejaba de apuntar al pecho de Carlos con la escopeta—. Te recomendaría que no intentases nada. Ya sabes por las partidas de caza que gozo de una excelente puntería. Sé de tus tretas verbales. El arma está cargada y puede que se dispare o no en función de tu actitud. Imagina las consecuencias para ti. Solo es cuestión de apretar este gatillo. ¡Qué sencillo! ¿Verdad?
—Sí, sí, tranquila.
—Estoy muy, pero que muy tranquila. ¿Entonces… por dónde íbamos? Ah, sí. Ya recuerdo. Lo cierto es que agrediste con saña a Rosario. Vamos, que el caballero es un violador de mujeres cuando se lo propone. Es que de tan solo pronunciarlo… me das asco, Carlos.
—Alicia, puedo admitir lo que te dé la gana. ¿Acaso estoy en condiciones de negociar?
—Quiero oír la respuesta de tus labios, ¡desgraciado!
Ante las dudas de Carlos en reconocer la aberración que había cometido… la mujer se aproximó a su hermano hasta quedarse a un metro de él y apuntarle directamente al corazón…
—Está bien. Discutimos, me imprecó con insultos, como a ella le gusta hacer, yo estaba alegre por el vino y es verdad, me calentó tanto que, al final, me dejé llevar por el impulso y me vi obligado a forzarla, entre otras cosas, para bajarle los humos, que se cree la señorita Gallardo que forma parte de la aristocracia. Y eso no se lo voy a perdonar nunca. Es que hay gente que no sabe estar y a cada uno le corresponde un sitio en la vida que ella no respeta.
—Así que la penetraste hasta hacer que perdiera su virginidad.
—Sí, entre lo enfurecido que me había puesto y sus bravatas arrogantes, no tuve más remedio. Ya sé que suena un poco a salvaje, pero… es que tendrías que haber estado presente en la situación. Solo así lo entenderías al completo, Alicia. Créeme que lo siento hermana, que ya sé que te llevas bien con ella, pero entre la bebida y la presión que sentí, me dejé llevar y a veces, ocurren cosas imprevistas.
—O sea, que no era tu intención, y como todo sucedió de improviso, es por eso por lo que tuviste que drogarla antes para que la pobre se quedara sin voluntad y a tu disposición. Uy, no sé con otros, pero a mí te está costando más trabajo engañarme. Debe ser que nos conocemos desde niños.
—Empezamos conversando con amabilidad, pero las cosas se torcieron. Tienes que creerme.
—Bien, era todo lo que necesitaba oír. Mira, antes de proponerte esta reunión, lo medité en profundidad. Puedes respirar tranquilo, porque no voy a matarte, Carlos. Me siento indignada, aún más después de escuchar y de observar lo rastrero y falso que eres, pero no he perdido el juicio ni mucho menos. No me apetece pasarme toda la vida en prisión, aunque cualquiera, examinando bien los hechos, consideraría tu muerte como un acto de justicia, una actuación adecuada y proporcional acorde a la gravedad de tu comportamiento nauseabundo.
—Por favor, hermana, no te obceques. Yo no tengo la culpa de que padre adoptase a esa niñata mal criada. Él la puso en mi vida para fastidiarme.
—Te lo repito, no soy una homicida, por mucho que te lo merezcas. Sin embargo, vas a recibir el castigo justo al que te has hecho acreedor. Creo sinceramente que, sin mi presencia, te irías de este mundo sin pagar por tus crímenes. Mírame a los ojos, canalla, para eso estoy yo, para hacer justicia.
…continuará…


Alícia é destemida e o grande advogado levou um grande susto. Será que vai parar de mentir? de ser mal caráter, maldoso e traiçoeiro?
Sim, parece que Alicia está muito chateada com seu irmão pelo seu comportamento y sua trajetória. Beijos, Cidinha.