La mujer no supo cuánto tiempo permaneció en aquella posición. Sentada en el suelo, con la cabeza inclinada, repasó mentalmente fragmentos de la conversación que acababa de mantener con Antonio. Sus engaños. Sus errores. Su arrepentimiento. Tony.
Y, sobre todo, aquellas últimas palabras: «solo tú puedes apartar esa cuerda».
Un soplo fresco rozó de pronto su cuello. María levantó ligeramente la cabeza.
El aire volvió a acariciarla. No necesitó más.
—¿Ángel? —preguntó en voz alta—. ¿Eres tú? ¿Estás ahí?
Una voz conocida respondió casi de inmediato.
—Vaya. La señora empieza a acostumbrarse a mi presencia.
María se incorporó y buscó con la mirada el origen de aquella voz. Ángel se encontraba a poca distancia.
—Ya eres capaz de reconocerme antes incluso de verme —añadió con una sonrisa—. Estás desarrollando ciertas sensibilidades que hace unas horas ni siquiera imaginabas.
María sonrió débilmente.
—Te he dejado un tiempo a solas —explicó Ángel—. Necesitabas asimilar lo sucedido sin que nadie interfiriese. ¿Ha servido?
María miró hacia el punto donde Antonio había desaparecido.
—Ha sido un golpe tremendo, pero quizá necesario —añadió ella—. Supongo que necesitaba pasar por todo esto para reaccionar.
—¿Y has reaccionado?
María tardó unos segundos en contestar.
—Creo que empiezo a comprender algo.
Ángel sonrió.
—Eso suena prometedor.
—Durante mucho tiempo me he dejado arrastrar por las circunstancias. Una cosa mala llevaba a otra y después a otra. Dejé de luchar porque estaba cansada y, cuanto menos luchaba, más difícil me parecía todo. El abandono alimentó mi desesperación y la desesperación terminó convenciéndome de que no existía ninguna salida.
Ángel la observaba sin interrumpir.
—Ahora veo que quizá el problema no era solamente la tormenta.
—¿La tormenta?
María asintió.
—Se me ha ocurrido una imagen mientras estaba sola. Imaginaba a un capitán al mando de una nave.
Ángel ladeó ligeramente la cabeza.
—Cuando el mar permanece tranquilo, puede permitirse cierta relajación. El barco avanza casi solo y apenas necesita corregir el rumbo.
—De acuerdo.
—Pero si aparecen nubes oscuras, el viento comienza a soplar y las olas empiezan a golpear el casco, ese capitán ya no puede permanecer sentado esperando que todo pase. Tiene que levantarse. Sujetar el timón. Dar órdenes. Cambiar las velas, corregir el rumbo o hacer lo que sea necesario para impedir que la nave se hunda.
Miró directamente a Ángel.
—Creo que eso fue lo que dejé de hacer. Me senté a contemplar cómo llegaba la tormenta y terminé convenciéndome de que el naufragio era inevitable.
Ángel sonrió.
—Muy buena metáfora.
—No está mal, ¿verdad?
María pareció satisfecha durante unos segundos.
—Diría que estamos avanzando —añadió Ángel.
—Espero que sí.
—Tanto es así que ha llegado el momento de continuar.
La expresión de María cambió inmediatamente.
—¿Continuar?
—Sí.
Ángel adoptó un tono más serio.
—Nos dirigimos hacia tu tercera prueba.
María abrió los ojos.
—¿Tercera?
—Y última.
Ella soltó el aire con fuerza.
—Perdona, Ángel, pero ¿no crees que ya he tenido bastante?
—Comprendo que estés cansada.
—Acabo de descubrir que mi marido llevaba una doble vida, he contemplado su muerte, he hablado con él después de cinco años y acabo de despedirme otra vez. No sé qué más necesitas para aprobarme.
Ángel sonrió ligeramente.
—No se trata de aprobarte yo.
—Ya empezamos.
—Eres tú quien tiene que aprobarse.
La respuesta hizo que María guardara silencio.
—Todo este proceso tiene una finalidad —continuó Ángel—. No serviría de mucho que ahora estuvieras convencida durante unos minutos y que después, cuando regresaran el miedo y las dudas, volvieses al punto de partida.
—Quieres asegurarte de que la lección ha calado.
—Prefiero decir que necesitas asegurarte tú misma.
María frunció el ceño.
—¿Y qué vais a comprobar ahora?
Ángel la contempló con una expresión mucho más grave.
—La verdadera medida de tu templanza.
El comentario no le gustó.
—Eso suena francamente mal.
—No necesariamente.
—Cada vez que dices algo parecido termino metida en algún escenario que me destroza por dentro.
—Te advertí desde el principio de que las pruebas aumentarían progresivamente su intensidad.
—Sí, ya me acuerdo. Gracias por recordármelo.
—Esta será la última.
María suspiró.
—¿Y si me niego?
—Puedes hacerlo.
La respuesta la sorprendió.
—¿Así de fácil?
—Siempre has conservado tu libertad. Pero si has llegado hasta aquí, quizá merezca la pena terminar el camino.
—Es como leer una novela y cerrarla cuando faltan diez páginas para el final.
—Una comparación muy apropiada tratándose de ti.
—Está bien. De aquí no voy a salir sin alcanzar la última página.
—Eso quería escuchar.
—Además, después de todo lo que he vivido, tengo una sospecha.
—¿Cuál?
—Si estamos siguiendo más o menos el modelo de Cuento de Navidad, ya he conocido algo parecido al pasado y al presente. Así que ahora debe de tocarme el fantasma de las Navidades futuras.
—Veo que Dickens te está ayudando bastante.
—Pues te confieso una cosa: conozco al fantasma que se me va a aparecer, pero no tengo ninguna gana de ver lo que piensa enseñarme.
Ángel sonrió con serenidad.
—El futuro todavía no está escrito de una sola manera, María. Depende, entre otras cosas, de lo que hagas después de verlo.
María sintió un escalofrío.
—Cada vez consigues tranquilizarme menos.
—No pretendo tranquilizarte.
—¿Entonces?
—Prepararte.
Se produjo un silencio. María miró hacia la oscuridad que se extendía delante de ella. Pensó en doña Ana. En Antonio. En Tony. En su cuerpo suspendido todavía entre la vida y la muerte.
Después cerró los ojos unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.
—Está bien, Ángel.
—¿Estás segura?
—No.
Él arqueó las cejas.
—Pero supongo que el valor no consiste en no sentir miedo.
Ángel sonrió.
—Continúa.
María respiró profundamente.
—Consiste en avanzar, aunque lo tengas.
La sonrisa de Ángel se ensanchó.
—Entonces creo que estás preparada.
María dirigió la mirada hacia el lugar donde intuía que aparecería un nuevo umbral.
Hizo una breve pausa.
—Quiero conocer mi última prueba.
…continuará…

