LAS TRES VIDAS DE MARÍA (13) Al otro lado de la puerta

—Don José, ¿usted nunca ha tenido una experiencia fuera del cuerpo, como la que yo le estoy contando?

—Como la suya, desde luego que no —respondió el psicólogo—. Sí he escuchado relatos de personas que aseguran que, durante el sueño, pueden abandonar sus cuerpos, verse a sí mismas tumbadas en la cama, caminar por sus casas o incluso comunicarse con otros individuos que también se encuentran dormidos.

—Sí… no debe de ser un fenómeno tan extraño. Conozco a gente a las que les ha sucedido algo parecido.

—No obstante, me reafirmo, María. Lo que usted está narrando va mucho más allá de una experiencia curiosa. Daría para escribir un diario.

—Bien. Ahora creo que he recuperado las fuerzas. Se están tan bien aquí. Si le parece, cerraré los ojos para concentrarme mejor y continuaré contándole lo que sucedió después de encontrarme con aquel señor, espíritu o lo que fuese.

—Me parece muy bien.

María se acomodó de nuevo en el diván. Cerró los ojos y dejó que el recuerdo regresara.

—Pienso que mi cuerpo, colgado de aquellos cordones deportivos, quizá ni siquiera se enteró de lo que estaba ocurriendo. Debió de ser mi alma, como sucede en algunos sueños, la que salió de aquella prisión que era el organismo y tomó conciencia de todo.

Después de beber un poco de agua, el psicólogo la animó con suavidad:

—Adelante. La escucho. Cuente con detalle todo lo que recuerde de aquella jornada de “muerte” y “resurrección”.

*******

El ambiente se había relajado.

Pese a los momentos de tensión provocados por la negativa de María a regresar a su cuerpo, ahora parecía haberse abierto entre ella y Ángel un canal de comunicación más sereno. Lo demostró la sonrisa que ambos compartieron justo antes de iniciar aquel extraño experimento.

—Supongo que debo seguir tus instrucciones —dijo María—. No quiero perderme. Todo esto es desconocido para mí.

—Así es —respondió Ángel—. Vamos a avanzar por el pasillo de tu casa hasta llegar al fondo. Pero antes debes olvidar cómo era tu vivienda y cómo funcionaba tu antiguo plano terrenal. En mi mundo, las estructuras responden a otros parámetros.

María lo miró con atención.

—Será mejor que lo aceptes así —añadió él—. De lo contrario, intentarás explicarlo todo con las viejas reglas, y eso solo te confundirá.

Se hizo un breve silencio.

—Dentro de poco —prosiguió Ángel—, dejarás de pensar en los recuerdos asociados al mundo físico y comenzarás a adaptarte a esta nueva dimensión. Nada ocurre por azar, María. Lo que estás a punto de vivir responde a razones muy concretas. Quizá ahora no puedas entenderlas del todo, pero más adelante lo harás.

El espíritu le indicó con la mano que avanzara hasta el final del pasillo.

—Presta atención al fondo. Dime qué ves.

María obedeció. Entrecerró los ojos y observó aquel punto con creciente extrañeza.

—Es… una puerta oscura. Pero en mi piso no hay ninguna puerta así. ¿Cómo es posible?

—Recuerda lo que acabo de decirte. No apliques tus antiguos esquemas. Esa puerta no pertenece a tu casa tal como la conocías. Es una entrada, una de las muchas que permiten acceder a otros espacios de mi mundo.

María tragó saliva.

—¿Y tengo que cruzarla?

—Solo si estás dispuesta a cumplir nuestro pacto.

Ella guardó silencio unos segundos. La inquietud se mezclaba con la curiosidad.

—Tengo miedo —admitió—, pero sé que debo hacerlo. Me juego mucho. ¿Me pasará algo malo?

—No. Esta experiencia ha sido preparada para ti. Cruza sin miedo.

María avanzó hacia el umbral.

A medida que se acercaba, la puerta fue perdiendo su apariencia sólida. La madera oscura se volvió difusa, casi vaporosa, hasta transformarse en una neblina blanquecina que parecía respirar ante ella. Al atravesarla, sintió en la piel un cosquilleo extraño, suave, indoloro. Después, la niebla comenzó a disiparse.

Cuando al fin pudo ver con claridad, se quedó inmóvil.

—Dios mío… ¿adónde me han traído?

Miró a su alrededor, desconcertada.

—Este lugar… me resulta familiar.

Poco a poco, las formas fueron ordenándose ante sus ojos.

—Claro… Son mis compañeros de trabajo. Y aquel reloj… marca casi el mediodía.

Su sorpresa fue dando paso al reconocimiento.

—Estoy en el patio interior acristalado de la residencia de ancianos. A esta hora solemos sacar a los viejos para que tomen un poco el sol y respiren aire de fuera antes del almuerzo.

María avanzó unos pasos, todavía asombrada.

—Están las plantas de siempre… Nunca me había fijado en ese verdor. Qué bonitas están. Qué bien cuidadas.

Su voz se suavizó.

—Así los viejecitos disfrutan más. Siempre les venía bien estar aquí un rato antes de comer. Yo creo que algunos esperaban este momento desde que se despertaban.

Durante unos instantes, María se recreó en la escena. Sus ojos fueron recorriendo las mesas, las sillas de ruedas, los maceteros, los rostros conocidos. Todo parecía tan real que casi podía sentir el olor de la residencia, esa mezcla de desinfectante, comida caliente y colonia barata.

Entonces dio un paso hacia una de las trabajadoras.

—¡Uy, perdona, Macarena! —exclamó de repente—. Casi tropiezo contigo. Es que voy un poco despistada.

Macarena no respondió.

Ni siquiera pareció verla.

María frunció el ceño.

—¿Macarena?

Nada.

La mujer continuó su tarea como si María no existiera.

Extrañada, María se dirigió entonces hacia una anciana sentada en una silla de ruedas.

—Disculpa, Macarena. Voy a saludar a Gertrudis, que muchas veces me he encargado de ella.

Se inclinó hacia la anciana y acercó la boca a su oído, sabiendo que oía mal.

—¿Cómo está usted, Gertrudis? ¿Ha descansado bien esta noche? Últimamente nos llamaba a cualquier hora.

La anciana tampoco respondió.

Siguió inmóvil, abstraída, con la mirada perdida en el cielo que se filtraba a través del cristal.

María se incorporó lentamente.

—Bueno… ya van dos que no me hacen ni caso.

Su voz adquirió un matiz de inquietud.

—Esto empieza a escamarme. Aquí pasa algo raro.

De pronto, levantó la cabeza y vio a Valeriano, uno de los cuidadores más veteranos de la residencia. Le tenía aprecio. Después de varios años trabajando juntos, entre ambos había surgido una amistad tranquila, de esas que nacen entre turnos largos, cansancio compartido y pequeños favores cotidianos.

María dio un paso hacia él.

…continuará…

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