—¿Será posible? Usted es una mujer sabia, doña Ana. Me ha dado tanta alegría reconocerla que estoy a su disposición. Aunque hay algo que no logro comprender: ¿por qué es usted la única persona que ha conseguido verme?
—Es fácil de responder, aunque no tan sencillo de explicar.
—¿De veras? Estoy deseando escucharla.
Doña Ana guardó unos segundos de silencio antes de hablar.
—María, la vida me ha golpeado con saña. He tenido muchos disgustos, y eso, al final, deja huella. No sé si alguna vez llegué a confesártelo, pero yo perdí a las dos personas que más quería en este mundo.
La anciana lo dijo con una serenidad melancólica, como quien habla desde una herida muy antigua.
—Pero… yo no sabía nada de eso —respondió María, sorprendida—. Creo que nunca me habló de esa parte de su vida. Me gustaría conocer esa historia.
De repente, unas risas sonaron a su espalda.
María se giró sin poder evitarlo. A pocos metros, varios empleados hablaban entre ellos.
—Ja, ja, mira —dijo uno de ellos—. Ya está la vieja de la 19 con sus chácharas en soledad. Desde que se fue la chiflada esa que se ahorcó, cada vez habla más sola. Será que la echa de menos.
—¿Y qué quieres? —intervino una cuidadora—. Habrá que verte a ti con su edad. Debe de andar cerca de los noventa. Luego, después del almuerzo, le pides que te recite la tabla del nueve. Igual hasta se atreve.
Un tercer empleado, que andaba por allí, se detuvo al escuchar aquello.
—Oye, tú —dijo con visible molestia—. Te has pasado bastante llamando «chiflada» a María. ¿Acaso la conocías?
El primero se encogió de hombros.
—Bueno, por encima. Alguna vez coincidimos aquí en el trabajo. Solo quería decir que parecía una persona con mucha ansiedad. No sé, quizá tenía una depresión o algo así.
—Claro —replicó el otro—. Y con eso ya nos permitimos emitir sentencias como si lo supiéramos todo. Yo sí era amigo suyo, ¿sabes? Nos llevábamos bien. A veces me contaba cosas de su vida.
El hombre dio un paso hacia él, indignado.
—Hablar es muy fácil. ¿Sabías que se quedó viuda con treinta y tres años? A su marido lo atropellaron en mitad de la noche.
—No tenía ni idea.
—¿Sabías que su hijo de quince años la preocupaba mucho porque andaba con malas compañías?
—No.
—¿Y sabías que en su familia había antecedentes depresivos y que su madre murió de un cáncer de páncreas fulminante?
—Pues tampoco.
—Entonces, ¿para qué hablas de lo que ignoras? Eso se llama faltar por faltar. A mí su pérdida me afectó mucho. Así que tenle más respeto a esa mujer, porque los muertos no pueden venir aquí a defenderse.
El empleado movió las manos en un gesto de rabia contenida.
—Vaya tela…
—Vale, vale —respondió el otro, más bajo—. Tampoco sabía que os llevarais tan bien. Y yo qué sabía de su historia. Estábamos en turnos distintos y nos veíamos poco. A mí nunca me contó nada.
—Claro. Porque no todo el mundo va contando sus intimidades al primero que se cruza. La próxima vez piensa antes de hablar, que eres un bocazas.
Después de aquella discusión, los ánimos fueron calmándose y los empleados regresaron a sus tareas.
Doña Ana miró a María con seriedad.
—¿Ves, querida? ¿Comprendes ahora por qué a veces no merece la pena revelar todos tus secretos?
María asintió despacio, todavía afectada.
—Sí, la entiendo. Al menos Alfonso me ha defendido. Me llevaba muy bien con él. Teníamos buenas conversaciones. Del otro… prefiero no hablar.
—Como te decía —continuó la anciana con entereza—, yo también me enfrenté a dos experiencias de esas que te desgarran por dentro y te cambian el destino. ¿Estás preparada para escuchar mi relato? Creo que, dadas tus circunstancias, puede hacerte bien.
—Sí, desde luego. Empiece cuando quiera.
Doña Ana acomodó las manos sobre su regazo.
—Verás, María. Yo me casé joven, y lo hice por amor. Fui feliz, inmensamente feliz. Mi marido era militar, capitán del Ejército, y estaba destinado en el norte. Después de varios intentos, conseguí quedarme embarazada. La noticia de que esperábamos un hijo fue la más hermosa que habíamos recibido nunca.
—Perdone, doña Ana —la interrumpió María—. Recuerdo de nuestras charlas que usted era una mujer muy culta. Había obtenido una plaza como profesora de Historia en un instituto.
—Sí, es cierto. Con mucho esfuerzo y una paciencia enorme, logré aprobar las oposiciones poco antes de quedarme embarazada. Curiosamente, mi primer destino fue en el sur. Mi marido no quería estar separado de mí, así que removió cielo y tierra para acercarse. Debió de hablar con alguien con influencias, porque, al poco tiempo, después de ascender a comandante, lo destinaron a un cuartel cercano al instituto donde yo impartía clase.
La anciana sonrió con suavidad.
—Los dos estábamos de acuerdo en algo: después del empeño que había invertido para conseguir mi plaza, yo no podía renunciar a mi condición de funcionaria. En resumen, querida, no podía pedirle más a la vida.
—Es verdad, doña Ana. Un marido que la respetaba, un hijo deseado, una profesión conseguida con esfuerzo… ¿a qué más se podía aspirar?
La anciana bajó un instante la mirada.
—Con los años aprendí que una vida sin problemas no es realmente una vida. Si a mi alrededor veía sufrimiento, ¿por qué no iba a tocarme también a mí? ¿Acaso iba a ser yo una privilegiada?
Su voz se volvió más honda.
—Será porque en las dificultades una madura. Es imposible probar la resistencia de tus piernas si el camino no se empina. He conocido a muchas personas que solo querían caminar por terreno llano. Pero la vida no funciona así.
…continuará…

