—Me explicaré mejor, María. Todo potencial suicida se ve inmerso en unas circunstancias muy concretas, en un contexto que le provoca un sufrimiento profundo. Ese malestar no afecta solo a lo emocional, sino también al cuerpo. Por ejemplo: deja de alimentarse correctamente, duerme mal, se siente triste, desarrolla una sensación de impotencia constante y pierde la capacidad de reconducir una realidad que percibe como hostil. Y, lo más importante, deja de ver una salida.
—Creo que lo está describiendo a la perfección, don José —asintió la mujer, abriendo ligeramente los brazos, como si se reconociera en cada palabra.
—Esa situación puede volverse tan estresante, tan angustiosa, que el individuo termina buscando una forma de aliviar ese dolor. Y, a veces, ya sabemos cuál es la opción que aparece como una salida extrema.
—Muy bien. Entonces permítame decirle algo —añadió María, clavando su mirada en él—. ¿Qué pensaría si yo fuera exactamente esa persona que acaba de describir? Si estoy hoy aquí, en su consulta, es precisamente por eso.
José guardó unos segundos de silencio antes de responder.
—No hace falta ser adivino para comprender que ha sido usted quien ha protagonizado un intento de suicidio. Afortunadamente, no llegó a consumarse. Por eso estamos aquí, hablando de ello.
Se hizo entonces un silencio denso, cargado de significado. Ambos permanecieron callados, pensativos, como si aquella confesión hubiese desplazado el eje de la conversación hacia un terreno más delicado. En el aire flotaba una tensión contenida, como si el sentido mismo de aquel encuentro, inesperado y tardío, necesitara ser reformulado.
Fue el psicólogo quien tomó de nuevo la palabra.
—María, quiero insistir en algo que le dije hace un momento.
—¿A qué se refiere exactamente, doctor?
—A que, en mi experiencia, el suicida no desea tanto morir como dejar de sufrir. Ahí reside la clave para entender la magnitud real de este problema, que se extiende en nuestra sociedad como una auténtica lacra. No se trata de un impulso irrefrenable hacia la muerte, sino de un deseo desesperado de poner fin al dolor.
María lo escuchó con atención, aunque su expresión no terminaba de relajarse.
—No parece una tendencia fácil de revertir.
—No, no lo es —admitió él—. Y no pretendo simplificar algo que es profundamente complejo. En ello intervienen factores personales, emocionales, sociales… Pero intento expresarlo con claridad para que podamos avanzar. Creo que ahora es un buen momento para que me explique qué ocurrió exactamente y hasta qué punto se reconoce en lo que le acabo de describir.
María respiró hondo antes de continuar.
—Tiene usted razón. Necesito contárselo todo. Explicarle cómo llegué a ese punto… a ese momento en el que una se rinde, en el que todo pierde sentido. Supongo que ahora entenderá por qué irrumpí en su consulta sin avisar, la urgencia que me empujó hasta aquí. No me habría sentido capaz de explicarle esto de pie, en la sala de espera.
***
María había buscado en Internet la manera de morir con el menor sufrimiento posible.
El método por el que terminó inclinándose no podía ser más simple… y, al mismo tiempo, aterradoramente eficaz. No quería arrojarse desde la azotea de su edificio ni lanzarse a las vías del tren. Aquellas imágenes le resultaban demasiado violentas, demasiado expuestas.
También había considerado llenar la bañera con agua caliente y cortarse las venas, dejar que la vida se le escapara lentamente mientras perdía la conciencia. Pero, tras analizar una y otra vez las distintas opciones, se decidió por la asfixia.
Según había leído, al dificultarse la entrada de aire en los pulmones mediante una cuerda ajustada al cuello, el cuerpo entraba poco a poco en una especie de sopor. La conciencia se desvanecía gradualmente, como si la falta de oxígeno actuara como un anestésico silencioso.
Aquella idea la tranquilizó lo suficiente como para convertirla en su elección definitiva.
Esa mañana, en cuanto Tony se marchó al instituto, poco antes de las nueve, María se quedó sola en casa. Tomó un café en ayunas. No probó nada sólido. Sentía el estómago cerrado, como si su cuerpo se negara a participar en lo que estaba a punto de suceder.
Había pasado una de las peores noches de su vida.
Apenas había logrado dormir. Tan solo breves intervalos de descanso, interrumpidos por un estado constante de nerviosismo. Durante horas había permanecido despierta, dando vueltas en la cama, pensando —una y otra vez— en lo que haría al amanecer. Ni siquiera el ansiolítico que tomó antes de acostarse logró apaciguar su inquietud.
Al levantarse, no encendió la radio. No le interesaba saber qué ocurría en el mundo.
—¿Para qué? —se dijo en voz baja, casi murmurando—. ¿Qué importa nada cuando una ha decidido marcharse?
Tampoco encendió la televisión. Ni debates, ni documentales, ni esos programas sobre naturaleza que tanto le gustaban. Todo aquello pertenecía ya a otra vida, a otra María.
A los pocos minutos, retomó el ritual que había planeado con minuciosidad.
Se acercó a un pequeño mueble donde guardaba sus zapatos. Sus ojos se detuvieron en unas zapatillas deportivas. Se agachó despacio, como si cada gesto tuviera un peso específico. Con cuidado, extrajo los cordones. Eran largos, resistentes. Los sostuvo entre las manos unos segundos, evaluando su longitud, su textura… su utilidad.
Después los unió con un nudo firme, asegurándose de que no cediera.
Ya tenía lo esencial.
Aquello que, en su mente, se convertiría en el instrumento final.
María comenzó a caminar por el pasillo. Iba y venía con pasos rápidos, nerviosos, como si necesitara ordenar mentalmente cada movimiento antes de ejecutarlo. Era una especie de ensayo silencioso, un intento de imponer lógica a lo que, en realidad, no la tenía.
Finalmente, se detuvo frente a la puerta de la estancia más pequeña del piso.
Y, tras un instante de duda, la abrió.
…continuará…

