LAS TRES VIDAS DE MARÍA (6) El cuerpo decide

«Es mejor matarse en la intimidad. Sin dar espectáculo».

María apretó los labios al pensar en ello.

«¿Qué diría mi Tony cuando llegara de clase? Me vería destrozada en mitad de la calle… toda esa gente mirando, cuchicheando… compadeciéndose de mí y de él. Un huérfano infeliz al que le han quitado a sus padres: uno atropellado… y la otra, una desgraciada que decidió suicidarse».

Negó lentamente con la cabeza.

«No. No aguantaría esos cotilleos. Esas miradas. Esas preguntas estúpidas sobre por qué lo hice».

Su respiración se volvió más densa.

«No soy así. Ese no es mi estilo. Sí… sería rápido. Tirarse y ya está. Pero… no. No me convence. Demasiado ruido. Demasiada sangre. Demasiado público».

Un gesto de rechazo cruzó su rostro.

«No quiero llamar la atención de esa panda de hipócritas. Y odio dar pena».

Dudó un instante.

«Y… ¿y si fallo? ¿Y si no muero? ¿Y si me quedo viva… pero rota? ¿En una silla de ruedas?».

Un escalofrío le recorrió la espalda.

«Entonces sí que estaría perdida».

Apretó los puños.

«Toda la carga sería para mi hijo. Y con una madre así… ¿qué haría? ¿Se quedaría? ¿O se iría? Quizá acabaría huyendo… o peor, metiéndose en cualquier mierda para no pensar».

Cerró los ojos con fuerza.

«Y yo… yo terminaría en una residencia. Como esos ancianos a los que cuido cada día. Sola. Esperando».

Negó con rabia.

«Ni de broma. No. Me voy a matar, sí… pero a mi manera».

El pensamiento cambió de pronto.

«Vaya… Antonio».

Su rostro se tensó.

«Ahora apareces tú».

Una mezcla de tristeza y confusión se instaló en su mirada.

«¿Qué pasa? ¿Es que creo que voy a encontrarte? ¿Vamos a recuperar el tiempo perdido estos años?».

Una sonrisa amarga.

«Dios… qué tonterías digo. Si no existe el más allá. Ni nada de eso. Bueno… no lo sé. No tengo pruebas. Nadie las tiene».

Miró al vacío.

«Pero si existe algo… no puede ser peor que esto. Digo yo. Aunque claro… ¿quién puede demostrar nada?».

De repente, como si necesitara cortar aquel pensamiento, María cerró la ventana del balcón con un golpe seco. El estruendo fue tan fuerte que por un instante pensó que el cristal se rompería, pero no ocurrió nada. Ella, en cambio, estaba completamente alterada. No podía estarse quieta. Se dirigió al cuarto de baño. Abrió un pequeño cajón con llave bajo el lavabo y sacó uno de los fármacos para la ansiedad. Se quedó mirando su reflejo en el espejo.

No se reconocía. O tal vez sí… pero no quería hacerlo. Aquel rostro desencajado, apagado, ajeno… no parecía el suyo. Y los pensamientos volvieron.

«Será mejor calmarse un poco. Aún tengo tiempo».

Observó las pastillas.

«Me tomaré una. Así se me pasa la crisis. Bueno… mejor dos. Así hará más efecto. No. Haré lo que dijo el médico».

Tomó aire.

«Debajo de la lengua. Se absorben mejor… más rápido».

Se quedó unos segundos en silencio.

«Maldita sea… en este estado no puedo hacerlo. La angustia me bloquea. No pienso con claridad. Así no se toman decisiones. Tengo que estar tranquila. Los ansiolíticos me ayudarán».

Y lo hizo. Colocó las pastillas bajo la lengua. Esperó. Después, bebió un poco de agua y las tragó. Al cabo de unos minutos, comenzó a notar el efecto. Una ligera relajación. El cuerpo empezó a aflojarse. Caminó por el pasillo, despacio. Pero enseguida notó cómo las piernas le fallaban. Necesitaba sentarse. Entonces pensó en su habitación. En la cama. Se asomó. Estuvo a punto de entrar. El sueño la llamó con fuerza.

«No seas imbécil, María», se dijo con dureza. «Es lo que quieres. Lo que te pide el cuerpo… pero no puedes acostarte».

Se pasó la mano por el rostro.

«No has dormido en toda la noche. Es normal que estés así. No. Si me tumbo, me duermo. Y a saber cuándo me despierto. Tony ya habrá vuelto… y no puedo aplazar esto».

Su pensamiento se volvió más tajante.

«No voy a ser tan miserable como para hacerlo con él en casa».

Se quedó unos segundos inmóvil. Y entonces decidió.

«Ya está. Me sentaré en el sofá. Solo un momento. Para calmarme».

Se convenció a sí misma.

«No pasa nada. Solo descansar un poco. Si me duermo… será una cabezadita».

Pero en cuanto se sentó, perdió el control. Casi sin darse cuenta, agarró un cojín y se lo acomodó bajo la cabeza. Luego tomó una manta cercana y se cubrió. El cuerpo eligió por ella. Se acurrucó. Se dejó ir. La medicación hizo el resto. Antes de cerrar los ojos, murmuró en voz alta:

—Solo un ratito… necesito dormir…

Y se durmió.

Cuando despertó, lo hizo aturdida, desorientada. Le costó varios segundos comprender dónde estaba. Se frotó los ojos con torpeza. La mente reaccionó de golpe. Buscó el reloj. Cuando vio la hora, la sangre le subió al rostro. Casi las tres de la tarde. Había dormido cerca de cinco horas. La noche en vela y los efectos de las benzodiacepinas habían hecho su trabajo. Y con ello, su plan se había detenido. La rabia volvió con fuerza.

«Estoy harta. No se puede ser más irresponsable».

Se incorporó de golpe.

«El día más importante de mi vida… y me quedo dormida. ¿Pero qué me pasa?».

Respiró con agitación.

«Aún puedo hacerlo. No queda mucho tiempo. Y ahora… sin miedo».

Se levantó.

«Vamos, María. Déjate de dudas. De estupideces».

Apretó los dientes.

«Ahora o nunca».

Miró a su alrededor.

«Tony vendrá sobre las cinco… y esto no dura ni un minuto».

Se obligó a avanzar.

«No hay nada más que pensar. Porque si pienso… no lo haré».

Y entonces, como un eco lejano, una frase surgió en su mente. La había leído años atrás. Shakespeare: «Julio César».

«Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes solo prueban la muerte una vez».

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

AS TRÊS VIDAS DE MARIA (6) O corpo decide

Dom Abr 19 , 2026
“É melhor se matar na intimidade. Sem fazer espetáculo.” Maria apertou os lábios ao pensar nisso. “O que o meu Tony diria quando chegasse da escola? Ia me ver destroçada no meio da rua… toda aquela gente olhando, cochichando… sentindo pena de mim e dele. Um órfão infeliz a quem […]

Puede que te guste